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Don Álvaro, alquimista del toreo
Ignacio de Cossío
En pleno otoño se nos ha ido para siempre el rejoneador y ganadero más importante del último siglo, don Álvaro Domecq y Díez, todo un modelo de elegancia, caballerosidad y sabiduría propias de la vieja escuela de profesionales del toreo raptado de un mundo que le vio coronar rey del arte del toreo a caballo a lomos de una yegua nacida a orillas de la Janda.
Entre palmas y trompetas han vuelto a recibir a Don Álvaro con su Espléndida, en el centro del ruedo celeste bajo su garrocha campera y su sobrero gris plata, también le acompañan en el paseillo, Nuncio, Da Veiga, Domingo Ortega, Pepe y Antonio Bienvenida, su gran amigo casi hermano Manolete y hasta el propio Paquirri que se ha unido a la fiesta a última hora. Allí a lo lejos también se encuentra en el callejón ruidoso como no podía ser de otra manera, su fiel e imperecedero mozoespá Miguel Criado “El Potra” alumbrando el rincón del miedo. Ya se ha abierto el portón, sale el toro de Los Alburejos luciendo estrella y casta, nada parece cambiar ni el ambiente, ni la plaza ni el tendido que hoy luce mantón y mantilla desde el palco ganadero bajo cinco abanicos nuevos con nombres de mujeres que se suman al homenaje celestial. ¡Son ellas, grita don Álvaro mi mujer, hija y nietas que por fin las he encontrado! Por vosotras va mi faena llena de emociones y ensayos.
Nuca supo decir que no a nada, jamás una palabra más alta que otra, un sentirse joven en cada tertulia junto a sus rojos y picantes pimientos mejicanos en el comedor de su casa. Un solar ganadero éste, el de los Alburejos bajo el castillo de Torrestrella tapizado por cabezas de toros y carteles acartonados, espejos de la memoria y también del triunfo más glorioso. Temple y bondad, sabor campero y majestad académica, señorío y empaque, era y es el fin de una especie en extinción. Nunca supe cuando hablábamos de toros cuando empezaba el caballero y terminaba el ganadero, su amor por el caballo y el toro era tal que todo giraba en torno a ellos. Sus ojos claros se iluminaban por descubrir cada mañana un porto nuevo o un embrión de bravo rescatado por su hijo y nietos toreros, era un soñar despierto. Su mundo, su planeta era el de los toros y el campo enraizado a su memoria como el arzón de la silla de montar. Aquello parecía colmarle de satisfacciones como profesional y sobre todo como aficionado pues no concibió otra vida que la plena dedicación a la que fuera su vocación durante tantos años.
Largo sería enumerar su periplo como insigne rejoneador durante la década de los cuarenta; alquimista de bravura, creador y mantenedor de un encaste propio durante más de medio siglo; honorable político como alcalde de Jerez en los años cincuenta y presidente de la Diputación de Cádiz en los sesenta y reputado escritor con operas primas como El toro bravo enmarcado para los restos en la enciclopedia de El Cossío o Mi vereda al galope, bella antología biográfica de manos de toda una autoridad del arte de Marialva.
Nada puede reemplazarte querido maestro y amigo, son muchos tus discípulos y amigos envueltos en tu bondad religiosa que nunca agradeceremos lo mucho que has aportado para y por la fiesta, tan sólo nos quedará grabado en la memoria aquellas tardes soleadas de primavera en Los Alburejos cuando sonreías al ver tus recuerdos y creabas junto a tus toros el futuro pilar de la fiesta.
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