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Etiquetas:   Entrevista   Autores   -   Sección:   Libros

"Escribir sobre Antonio Aramayona me permitió explorar una parte de mi identidad que no sabía cómo abordar"

Entrevista al escritor Sergio del Molino
Herme Cerezo
lunes, 18 de diciembre de 2017, 23:18 h (CET)



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Sergio del Molino (Madrid, 1979) es un escritor y periodista conocido fundamentalmente por su novela ‘La hora violeta’, donde narró la enfermedad y muerte de su hijo Pablo. La obra obtuvo en 2013 el Premio El Ojo Crítico de Narrativa de RNE y, el mismo año, el XXXV Premio Tigre Juan, ex aequo con la novela de Marta Sanz ‘Daniela Astor y la caja negra’. Es autor también de los libros ‘Malas influencias’, ‘Soldados en el jardín de la paz’, ‘El restaurante favorito de Nina Hagen’, ‘No habrá más enemigo’, ‘Lo que a nadie le importa’. ‘La España vacía’ y ‘La mirada de los peces’. Del Molino ha sido reportero y columnista del diario ‘Heraldo de Aragón’ y de otros medios escritos y colaborador de radio y televisión.

Durante unos meses, el propósito de entrevistar a Sergio del Molino se transformó en una peripecia improbable, en un encuentro postergado por los avatares del tiempo y esas ausencias forzosas a las que nos somete la vida. Sin embargo, los primeros fríos de diciembre, a priori el momento más insospechado, se tradujeron en la fecha propicia para entrevistarle tras la publicación de su nueva novela, ‘La mirada de los peces’, editada por Literatura Random House, donde habla del suicidio de su antiguo profesor, Antonio Aramayona, de las circunstancias que lo rodearon y de su propia adolescencia, transcurrida en un barrio periférico de Zaragoza. Una mesa del concurrido Lounge Bar del Hotel Astoria de València, desacostumbrada, sin muchos focos, redonda, fue el escenario forzoso para conversar con el escritor madrileño, que reside en Zaragoza desde hace muchos años.


Sergio, como escritor al que entrevisto por primera vez, esta pregunta es obligada: ¿qué significa escribir para ti?

Escribir es algo que llevo tan interiorizado que no recuerdo cuando lo asocié a mi existencia. Tampoco sé atribuirle un significado, porque está ligado a mi forma de vivir. Creo que es mi modo de estar en el mundo, algo que relaciono más con un vicio o una patología de la que no sé prescindir.


O sea, que has escrito desde siempre.

Sí, no tengo conciencia de que exista un momento de revelación a partir del cual decidiera dedicarme a ello. Desde pequeño me recuerdo escribiendo, contando historias, de hecho si estudié Periodismo fue porque quería escribir, ya que la vocación periodística me llegó después.


Tras el éxito de tu anterior novela, ‘La España vacía’, que cosechó un gran éxito, ¿cómo enfrentaste este nuevo proyecto: con miedo, inquietud, tranquilidad…?

Es verdad que noté presión o tensión, pero procuré ignorarlas. En este sentido soy muy afortunado, porque mantengo una relación de amistad con mis editores y ellos no me transmiten esa ansiedad. Además conozco muchos amigos escritores en Madrid, así que si quiero relacionarme con ellos me marcho y si no, pues me quedo en mi casa de Zaragoza, lo que me permite distanciarme de todo lo que significa ese universo de expectativas que se generan. La verdad es que hasta ahora he hecho lo que me ha dado la gana con mis libros, sin preocuparme demasiado por el recorrido o la repercusión posterior que pudieran tener.


Independientemente de que recibieras el «encargo» por parte de Antonio Aramayona para escribir ‘La mirada de los peces’, ¿cómo surgió la idea inicial?

Bueno, este libro creo que lo habría escrito tarde o temprano, aunque probablemente no con este formato, ni con el «urgentismo» de algo tan ligado a lo que está sucediendo. Tengo claro que quería abordar la cuestión de la adolescencia, la de los maestros y la de la periferia urbana. En este sentido, todo se precipitó cuando recibí la llamada de Antonio. Tú lo has definido como encargo y me parece un término muy acertado, porque en buena medida yo funciono así, sin plan narrativo previo. Mis libros están ligados a las urgencias de mi vida y si no me hubiera telefoneado tal vez no lo hubiera escrito o lo hubiera hecho veinte años más tarde. Para escribir necesito una motivación muy fuerte, un motor inicial que me permita abrir ese universo narrativo y que, curiosamente, parece un gancho comercial pero que luego se comporta como un repelente. De hecho, si lees la sinopsis del libro, observas que funciona casi como un ahuyentador de lectores.


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Cuentas en el libro que le diste a Aramayona un avance de la novela para que la leyese, ¿cómo fue ese instante? ¿Te sentías juzgado?

No, no, en absoluto. Antonio conocía muy bien mi obra, estaba muy ligado a ella, habíamos vivido juntos muchas cosas y sabía lo que yo opinaba de él. Lo que leyó le gustó y yo hubiera deseado que lo hubiera podido leer completo y que se enfadase con algunas cosas suyas que cuento. Aún con su enfado, estoy seguro de que no hubiera puesto ningún impedimento al libro, porque tenía un concepto muy generoso del conflicto. Es más, necesitaba que lo leyese, que me diese su beneplácito. Era una necesidad casi jurídica de que quedase constancia documental de ello, en previsión de posibles problemas posteriores con su familia. En verdad, me daba más miedo entregarle el texto a su hijo que a él.


Al profesor Aramayona le gustaba poner en situación límite a sus alumnos, abocarlos al borde del precipicio, ¿por qué obraba de ese modo?

Ese era un rasgo de su carácter que resultaba especialmente molesto. Planteaba de modo continuo dilemas a los demás y convertía la convivencia con él en algo muy difícil. Antonio era alguien que te obligaba a manifestarte abiertamente. Eso le distanció de la familia, de sus hermanos, de sus hijos, de sus amigos. Entendía la pedagogía a través del conflicto, del cuestionamiento de la autoridad y trataba de inocular ese cuestionamiento en sus alumnos constantemente. Era su obsesión. Sin embargo, para nosotros, como la autoridad era él, no teníamos ningún interés en oponernos. Hay que aclarar que cuando tenía en mente el concepto de autoridad, él estaba pensando en los militares franquistas o en los curas, un tipo de personas muy represoras.


También trató de controlar su propio funeral, algo chocante si tenemos en cuenta que era ateo. Parece que tenía un cierto interés en perdurar…

Ese deseo de controlar algo es uno de los misterios y de las cosas más perturbadoras de su personalidad, en especial tratándose de una persona terriblemente atea que no aceptaba la trascendencia. Pero en este rasgo se manifiesta una de sus contradicciones, estaba lleno de ellas, y demuestra que sí creía en algo. Antonio tenía la sospecha de que vería nuestras reacciones en su funeral o ante la lectura del libro a través de una pequeña ventana. En el fondo no estaba convencido plenamente de que sólo seamos polvo.


Escribió un blog muy extenso, ¿era eso una especie de carta de despedida dilatada en el tiempo?

Desde luego que sí y además dilatada a lo largo de años, igual que sus artículos en el Huffington Post. En realidad su suicidio estaba anunciadísimo desde hacía tiempo, por lo menos desde 2014, pero nadie se lo tomó en serio. Antonio hablaba reiteradamente de su muerte y todos estos escritos constituyen una larga e inquietante despedida, porque no sabemos muy bien a quién va dirigida y desconocemos a qué obedecía esa obsesión suya. Este es otro de sus puntos negros, de sus misterios, ante los cuales la literatura no puede hacer otra cosa que bordearlos.


Dejar constancia de su suicidio por escrito, anunciarlo e incluso participar en el rodaje de un documental sobre su muerte, dirigido por Jon Sistiaga, ¿eran diversas formas de obligarse a hacerlo?

No creo, él estaba muy decidido, de hecho ya lo intentó y se echó para atrás porque su hijo tuvo un nieto y le pidió que no lo hiciera. Antonio trataba de encontrar la fórmula de llamar la atención de alguien que le permitiese crear una última gran performance con su suicidio. Él no deseaba hacer mutis por el foro sin más, quería irse a lo grande. En este sentido, el cortometraje de Jon Sistiaga le proporcionó la oportunidad de conseguirlo y se convirtió en un altavoz para difundir su muerte por todo el país.


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El suicidio es contagioso, ¿has tenido que tomar distancia o levantar alguna barrera para escribir ‘La mirada de los peces’?

No tengo ningún problema con el suicidio, ni con el tema de la muerte digna. Este es un debate que ya tengo resuelto y que la sociedad también lo tiene. Creo que todo el escándalo suscitado es algo artificial y que sólo es cuestión de tiempo para que escampe. Yo no utilizaría la literatura con estos temas, la necesito para explorar mis dudas y mis culpas. Con su llamada, Antonio me abrió la posibilidad de explorar una parte de mi identidad que no sabía cómo abordar.


El libro está escrito en primera persona. Borges decía que las cosas no le pasaban a él sino al otro, al narrador, que en este caso se llama también Sergio del Molino, ¿te sucede a ti igual que al autor argentino?

Siempre hay una elaboración literaria, pero la ortodoxia dice que has de hacer una lectura con distancia y diferenciar al autor del narrador. Sin embargo, a mí me interesa que se confundan, quiero obtener una primera persona ambigua y forzar la destrucción de esos límites tan cómodos para el lector. Lo inquietante es conseguir que las fronteras estén difuminadas. Yo asumo esa primera persona más allá de la estructura literaria, a pesar de que existe una evidente construcción del personaje, algo que todos llevamos a cabo constantemente, aunque no escribamos. Esto es la versión más sofisticada de lo que cada uno de nosotros hace cada día contando nuestra vida y proyectando lo que queremos enseñar de nosotros mismos.


Esa proyección diaria en la vida real es muy cierta.

Totalmente y, además, construimos muchos personajes: uno para los amigos íntimos, otro para el ambiente de trabajo, otro para la familia…


Un episodio curioso de la novela lo constituye ese sistema de comunicación, que estableciste con tu amiga Andrea, mediante notitas escritas. Sin duda fuisteis precursores del WhatsApp.

O del Messenger [Risas]. Creo que el hecho de que entonces no hubiera móviles nos obligaba a desarrollar un estilo literario, que se manifestaba no solo en esas pequeñas notas, sino también en los pupitres, que estaban llenos de mensajes escritos.


‘La mirada de los peces’ suena, tiene banda sonora, ¿qué significa la música en la vida de Sergio del Molino?

Desgraciadamente cada vez la escucho menos, porque no encuentro tiempo, pero es muy importante para mí. Últimamente oigo música clásica, porque me viene muy bien para mis nervios, pero mi gusto por el rock americano, basado en el folk, se mantiene. Sin embargo, estoy demasiado descolgado de modas y de los grupos que me atraen. En verdad, he de ponerme al día.


¿Qué poso o qué recuerdo te ha dejado la escritura de esta novela?

No vuelvo mucho a mis novelas, ni pienso en ellas. Me obligo a hacerlo en días como hoy, cuando tengo entrevistas o charlas, pero siempre se trata de reacciones mías a pensamientos de los demás. Siempre miro hacia delante, no sé si eso es bueno o no, y sólo siento una necesidad impulsiva de escribir. En verdad, el único libro que me ha dejado poso es ‘La hora violeta’ y percibo que mi relación con él va cambiando con el paso del tiempo. El resto trato de que quede atrás, no le veo sentido a pensar en su significado.


¿Tienes ya algún proyecto inmediato a la vista?

Sí, algo hay, en realidad llevo entre manos varias cosas a la vez.


¿Seguirás alternando ensayo y ficción?

En principio voy a intentar conseguirlo, veremos si lo logro.

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