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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

Botellón, incivismo y meadas

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
viernes, 7 de octubre de 2005, 02:20 h (CET)
Desde hace un tiempo algunas calles de las principales ciudades se han convertido en un vertedero y un gran urinario público. Pasear cualquier mañana del fin de semana entre las estrechas calles de los históricos y viejos barrios de la ciudad es hacerlo entre montones de deshechos y un fuerte olor a ácido úrico dejado por los habitantes de la noche. Los vecinos están hartos y con razón. Los que desde la periferia acuden a divertirse los fines de semana a los locales establecidos en el centro histórico les responden que es el peaje que tienen que pagar por vivir en el centro de la ciudad. Duro y costoso peaje al que las autoridades municipales no ponen coto.

Las estadísticas nos dicen que los jóvenes comienzan a beber alcohol cada vez más pronto y que es un alto porcentaje de ellos los que comienzan desde el estreno de la adolescencia a cultivar una cirrosis que a más de uno llevará a la tumba. Con la excusa de que las copas en los locales adecuados son caras- y en esto tienen toda la razón- se dedican al llamado “botellón”. Compran diversas bebidas, de acuerdo con su pobre poder adquisitivo, y aparcan sus cuerpos jóvenes en cualquier plaza para dar buena cuenta de ellas. El resultado ya se sabe: vomitonas, griterío sin control, música de percusión hasta el amanecer, ladridos de perros sarnosos, vidrios rotos y botellas vacías por el suelo y algún ingreso en urgencias por coma etílico. Una perfecta muestra de incivismo que mantiene insomnes a los desgraciados vecinos que tiene la “suerte” de convivir con estas perfectas manadas de cafres.

Todos tenemos derecho al ocio pero éste hay que compaginarlo con el derecho al descanso del resto del vecindario y aquí es donde radica el gran problema. Los vecinos se quejan de la proliferación de bares, los profesionales de la hostelería muestran su disgusto por unas acusaciones de las que, según ellos, no son culpables ya que el ruido está en la calle y las autoridades, generalmente, suelen mirar hacia otro lado. Por regla general los alcaldes y demás munícipes suelen vivir en zonas residenciales alejadas del ruido y el incivismo ambiental. Tal vez ha llegado el momento de resucitar aquella vieja asignatura de mi infancia llamada “urbanidad” y comenzar a enseñar desde el parvulario que convivir es respetar al que tienes al lado.

El grado de incontinencia urinaria de los amigos de la nocturnidad no se da tan sólo entre los aficionados al “botellón”. Más de una vez vemos a un ciudadano vestido con un terno impecable hacer el gesto de abrirse la portañuela y remojar las calles, sin pudor alguno, con el exceso de güisqui que lleva en el cuerpo, o alguna joven vestida con ropa cara y de marca agacharse entre dos coches, bajarse el tanga y dejar su óbolo en forma de charquito en las calles de la ciudad. Y todo esto recién salidos de un local de copas con sus correspondientes aseos. Quizás no querer hacer cola ante la puerta de los servicios- que siempre están llenos- o en algunos casos la suciedad de los mismos les hace dejar sus necesidades para ese urinario inmenso en que se han convertido las calles de nuestras ciudades. Los hosteleros de Barcelona mediante carteles colocados en los posavasos y en la puerta recuerdan a los usuarios que salgan a la calle meados. Su alcalde, ese Clos de eterna sonrisa, va más lejos y les recomienda salir de casa ya meados. La Sra. Barberá, alcaldesa de mi ciudad, ha tenido la genial idea de comenzar a baldear las calles y terrazas de los bares para espantar a los usuarios despilfarrando esa agua que su partido tanto reclama. Ambos han meado fuera de tiesto. Ni uno ni la otra han tenido a bien aplicar las ordenanzas y leyes que prohíben orinar en las calles o beber alcohol en ellas. Una buena multa es lo que haría falta. Cuando a uno le tocan el bolsillo se lo piensa un par de veces antes de continuar haciendo alarde de incivismo. Y tampoco estaría de sobra la colocación de mingitorios públicos en los que poder aliviar las urgencias de la vejiga a cualquier hora del día. Pero por encima de todo, educación y respeto.

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