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Reflexión europea ante el reto turco

Pascual Falces
Pascual Falces
viernes, 7 de octubre de 2005, 02:19 h (CET)
La Unión Europea no atraviesa sus mejores momentos. Por lo contrario, parece como si el velo que, discretamente, la tuviera cubierta, se esté rasgando ante la llegada de la fecha pactada para abrir negociaciones con Turquía. De este modo, ha entreabierto una ocasión de ver lo que se pueden llamar sus miserias ligadas a los diferentes problemas internos de los estados motores; el Reino Unido con su atención puesta en el terrorismo doméstico, y la situación cada día más incómoda en Iraq; los crecientes problemas sociales en Francia; las tensiones estatutarias regionales, y la presión subsahariana y marroquí en Ceuta y Melilla, para España; la incertidumbre de las alianzas gubernamentales en Alemania, y un etc., que sería prolijo detallar.

No se pueden calificar estas tensiones, al igual que otras anteriores, como propias de crecimiento; crecederas, que se dice. La integración de los últimos diez países admitidos con pleno derecho, resulta, en consecuencia, ralentizada, y es un buen reflejo de lo ambicioso del proyecto. A ello ha venido a añadirse el hecho de tratar con Turquía, el país que desde los años veinte del siglo pasado y tras la derrota sufrida en la Primera guerra mundial, se esfuerza por europeizar sus estructuras de origen otomano, es decir, musulmán. Los quebraderos de cabeza en Bruselas y Estrasburgo son palpables y crecientes. Por otra parte, existe un matiz a tener en cuenta cuando se aprecia un grado de desánimo entre los impulsores de la Unión por estar en tela de juicio el modelo de Constitución que propusieron. Europa unida, que fue una idea promovida por un grupo en el Tratado de Roma de 1957 prosperó, y los estados que fueron integrándose mejoraron. De ser idea de unos pocos, pasó a ser la ilusión de futuro para millones de europeos, a la vez, que, un modelo formal y pionero de integración aplicable al desarrollo globalizador del resto del mundo. En la particular opinión de esta columna que recorre el mundo con su teleobjetivo al amanecer de cada mañana, fortalecer esa unión es la gran responsabilidad de la burocracia de eurodiputados.

No se puede abandonar el juego iniciado porque no se logren imponer las propias reglas. El consenso existente a escala ciudadana, por las ventajas de disponer de la misma moneda, abatir fronteras, y mantener los presupuestos estatales dentro de un orden, es total. Las contrariedades de los promotores no provienen por esa parte, sino por los mangoneos en la cumbre. Los máximos responsables han de mostrar generosidad; está en juego el porvenir de casi quinientos millones de europeos, y la esperanza de ser ejemplo para la unión solidaria y de cohesión, en otras áreas del mundo.

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