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Etiquetas:   Cataluña   21D   -   Sección:   Opinión

Hipnosis colectiva

La capaña representa uno de los capítulos más esperpénticos
Jorge Hernández Mollar
jueves, 14 de diciembre de 2017, 00:00 h (CET)
“Todas las personas somos hipnotizables en situaciones normales pero hay que tener cuidado porque en juegos en los que se juega a hipnotizar pueden seducir a personas a ese estado y luego no saben volver a esa persona al estado normal y se produce el conflicto", Estas palabras las pronunciaba un psicólogo experto en hipnosis, José Elías Fernández, en el programa “Herrera en Cope” que analizaba las consecuencias de una hipnosis colectiva. Algo semejante a esto se me ocurre que les está ocurriendo a cientos de miles de catalanes que con un nivel de formación muy aceptable y un estatus social en muchos casos envidiable, parecen encontrarse colectivamente en un estado hipnótico que les ha trasladado al más puro estilo cervantino, a su isla republicana de Barataria.

Decir, por ejemplo, que si el fugado Puigdemont regresa a España sería “maltratado” o que la justicia belga ofrece más garantías al justiciable que la española es de una falsedad tal que solo lo pueden aseverar quienes se encuentren en un estado de shock postraumático después de haber sido alterada su mente con manipulaciones históricas, seducciones engañosas o irreales expectativas de un futuro inexistente.

No encaja dentro de los parámetros normales que la sorpresiva espantada de más de dos mil empresas afincadas en Cataluña, trasladando su domicilio social o fiscal a otras partes del territorio nacional, no haya provocado aún ninguna visible reacción de preocupación en la abducida parroquia independentista.

En cualquier parte del mundo una ciclogénesis económica, social o política como la que está sufriendo Cataluña provocaría una reacción inmediata para enfrentarse y detener la progresiva y alarmante destrucción de sus estructuras y medios de desarrollo más básicos y fundamentales como son el tejido empresarial, el empleo, el turismo, las inversiones productivas o la confianza de los ciudadanos y administrados en sus gobernantes y administraciones.

Sin embargo la irracional unidad independentista de una parte de la sociedad catalana, incluidos algunos pastores eclesiásticos que mercadean erróneamente con sus sentimientos religiosos, asombra al resto de España y a Europa por su pertinaz enconamiento y empeño en fracturar y debilitar un Estado que hasta ahora ha sido uno de los pilares más sólidos de la Unión Europea.

La asombrosa campaña electoral, repleta de candidatos investigados, encarcelados o fugados representa uno de los capítulos más esperpénticos y tristes no ya de la democracia española sino del conjunto de las democracias de nuestro entorno europeo. No es de recibo ni admisible que en el seno de la Unión Europea, un nacional de un Estado miembro atente y conspire contra su unidad e integridad desde el territorio de otro, como en este caso está ocurriendo con Bélgica.

Lo grotesco es que este país se haya convertido en la sede de campaña de un candidato prófugo y de su partido que tienen como objetivo la ruptura y desestabilización de España y por ende de un Estado de la Unión. Pero a mayor abundamiento, lo preocupante es que hasta el momento ninguna de las instituciones que se residencian precisamente en Bélgica, han reaccionado contra lo que puede constituir un serio y grave problema para la propia supervivencia de la organización supranacional que representan.

Decía Franklin Roosevelt que “los hombres no son prisioneros del destino, sino solo prisioneros de sus propias mentes.” No me cabe la menor duda que las mentes de una buena parte de los recalcitrantes catalanistas están hoy bajo un estado de hipnotización profunda que como entre unos y otros, no seamos capaces de revertirlos a la realidad, pueden generar un conflicto de dimensiones desconocidas-
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