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La hora de Turquía

Pascual Falces
Pascual Falces
jueves, 6 de octubre de 2005, 02:13 h (CET)
El acuerdo para abrir negociaciones entre la UE y Turquía, con todos sus entrantes y salientes, es suficiente motivo para que en España se recuerde que sigue formando parte de Europa, y que votó afirmativamente, con promovido entusiasmo, una Constitución tan arrinconada como inédita al día de hoy. Quienes la redactaron y quisieron que fuese adoptada, al ver cómo se estrellaba en Francia, Holanda, e Inglaterra, y con dudoso auspicio para el resto de países de la Unión, se ve, que, contrariados, por el momento, parece como si la hubieran retirado del juego. Los eurodiputados, aparte de seguir cobrando sueldos y emolumentos, no son actualidad.

La confianza que se pudo tener en la gestión de la presidencia inglesa de este segundo semestre del año que concluye, se ha esfumado; a los pocos días de asumir esta responsabilidad, el premier inglés hubo de afrontar la pesadilla del terrorismo islamista que hizo mella en el metro londinense. Alemania entró en elecciones presidenciales, y los empates en los resultados obtenidos no permiten ver un horizonte despejado. Recientemente, Francia, atraviesa una notable crisis social que la tienen entretenida y está muy lejos de digerir el rotundo “no” que dieron los ciudadanos al proyecto de Constitución. El entusiasmo europeo-constitucional que se provocó en España sigue siendo motivo de extrañeza, aunque la vorágine estatutaria regional y las avalanchas sobre la “valla” con Marruecos, ha hecho que la mayoría de los votantes hayan olvidado la papeleta que depositaron en las urnas; la que tan frenéticamente promovió el Presidente del gobierno, y que compartieron, en mayor o menor medida, el resto de líderes políticos.

Más, el calendario es inexorable, y la fecha de apertura de transacciones con Turquía ha sonado, y se van a iniciar. El resquemor que provocan en algunos niveles europeos, se intenta calmar alegando cuán largas en años serán estas deliberaciones, que, inevitablemente, están sobre la mesa. La distancia económica con el resto de países ya integrados; las radicales diferencias socio-culturales y religiosas; la extensión de las fronteras que su incorporación supondrá, y que alcanzan hasta Iraq, Siria, y las antiguas repúblicas soviéticas de Asia Central, constituyen un reto de envergadura. Pero, ahí está. Los problemas internos de los constructores de la Unión Europea no favorecen, en modo alguno, la disposición conque afrontarlo. Y, el tiempo transcurre inexorablemente para todos. Aguardan dificultosos momentos, sin duda.

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