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Opinión
Etiquetas:   Cataluña   Política  

Puigdemont y los encantadores

Puigdemont ya no contempla sublimadoramente un horizonte de independencia pero sigue aduciendo turbias estratagemas
Diego Vadillo López
domingo, 10 de diciembre de 2017, 11:37 h (CET)
Como a don Quijote, al inefable Puigdemont le ha ido cambiando la percepción de los acontecimientos desde que principiara su iniciático trayecto. La evolución perceptiva de don Quijote se pone de manifiesto en el capítulo décimo de la Segunda Parte de la inmortal Obra cervantina, en el lance de las tres las labradoras, más concretamente, pues, como apuntaba Martín de Riquer: “don Quijote, ante la realidad vulgar y corriente, se imaginaba un mundo ideal y caballeresco. Hasta ahora lo normal ha sido que don Quijote sublime en valores de belleza y heroísmo lo que es corriente, anodino e incluso vil y bajo, y cuantos le rodeaban […] han hecho lo posible para desengañarle de su error y para hacerle ver que aquello que toma por gigantes, por ejércitos, por castillos o por un rico yelmo no son sino molinos de viento, rebaños, ventas y una vulgar bacía de barbero. Y ante esta disparidad don Quijote ha respondido que los malignos encantadores, envidiosos de su gloria y obstinados en dañarle, le transforman lo noble y elevado en vulgar y bajo” (1). Puigdemont, por su parte, se lanzó a la vida político-caballeresca apuntando enemigos que no eran tales y emprendiendo batallas y envites contra un Estado de Derecho que en ningún caso suponía amenaza o afrenta alguna contra el pueblo del que don Carles había sido instituido a dedazo “defensor”. Porfiado en su actitud, por más que los letrados del Parlamento Autonómico catalán le advertían de lo arbitrario e inconstitucional de determinadas acciones, él, preso de una enajenación nacional-secesionista, estaba convencido de que una serie de “malignos encantadores” querían malograr su más que libertadora epopeya.

Mas lo que parecía irreversible, un giro en las premisas perceptivas de ambos caballeros, el de ficción y el mediático, mira por donde, se acabó mudando, si bien de acuerdo con las respectivas conveniencias de uno y otro: cuando don Quijote se encuentra con las tres labradoras, por más que un Sancho “quijotizado” le refiere la visión de tres sofisticadas damas, ahora don Quijote ve lo que hay: tres mondas y lirondas labradoras. “Y naturalmente, la culpa la tendrán los encantadores, que sólo para don Quijote han mudado la realidad, pero ahora inversamente a como ocurría en la primera parte” (2).

Puigdemont en un primer momento se esforzó en convencer a correligionarios y a gentes aledañas a estos de que emprendían una aventura que grandes éxitos habría de granjearles; ahora bien, cuando hubo de marchar a Bruselas, dando comienzo a la segunda parte de sus andanzas, tras haber realizado una declaración de independencia “baudrillardiana”, ha empezado a percibir las cosas tal como son (justo cuando incluso los en principio más escépticos de sus seguidores habían empezado a comprarle el propósito) si bien sin abdicar de su planteamiento inicial: aducir que los encantadores (¿tribunales de distinto rango?, ¿empresas?, ¿Gobierno?, ¿Unión Europea?...) han trocado la realidad (ahora de manera inversa a la anterior) para contravenir su encomiable propósito.

Durante la manifestación que tuvo lugar el pasado siete de diciembre en Bruselas, mientras los manifestantes allí congregados, como Sancho, ya creían ver a tres inefables damas donde hay tres labriegas, el gesto de Puigdemont parecía conjeturar aquello que le compartiera don Quijote a su escudero tras la aventura de las mencionadas tres labradoras: “Sancho, ¿qué te parece cuán mal visto soy de encantadores? Y mira hasta dónde se extiende su malicia y la ojeriza que me tienen, pues me han querido privar del contento que pudiera darme ver en su ser a mi señora. En efecto, yo nacía para ejemplo de desdichados, y para ser blanco y terrero donde tomen la mira y asiesten las flechas de la mala fortuna. Y has también de advertir, Sancho, que no se contentaron estos traidores de haber vuelto y transformado a mi Dulcinea, sino que la transformaron y volvieron en una figura tan baja y tan fea como la de aquella aldeana, y juntamente le quitaron lo que es tan suyo de las principales señoras, que es el buen olor, por andar siempre entre ámbares y entre flores. Porque te hago saber, Sancho, que cuando llegué a subir a Dulcinea sobre su hacanea, según tú me dices, que a mí me pareció borrica, me dio un olor de ajos crudos, que me encalabrinó y atosigó el alma” (3).

Notas
(1) Riquer, Martín de: “Aproximación al Quijote”, Salvat, Estella, 1970, p. 105.
(2) Ibíd., p. 106.
(3) Cervantes, Miguel de: “Don Quijote de la Mancha II” (edición de Ángel Basanta), Anaya, Madrid, 1987, p. 128.
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