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Etiquetas:   Sálvese quien pueda   -   Sección:   Opinión

Un resumen

Joan Torres

sábado, 1 de octubre de 2005, 21:40 h (CET)
Tres atentados suicidas dejan decenas de iraquíes muertos y heridos al norte de Bagdad.

Mañana me muero. Hace semanas que lo sé. De hecho, hace mucho tiempo que espero este día. Curiosamente, cuando llega el momento, uno se para a vivir, precisamente vivir, el instante, a pesar de la paradoja. Pero es que a veces la muerte no se elige, no es democrática. Hay que solucionar eso, morirse a voluntad, como hablar, coger un objeto o rascarse la espalda. Pues ahora voy y me muero. Pues a algunos les ocurre todo lo contrario. Como en Irak. Ni vidas eternas, ni reencarnaciones, ni historias. Llega una bomba, mueren y sanseacabó. No hay nada más. Nada sigue. A que da mal rollo. Pues imagínense a ellos.

El tripartito y CiU dan luz verde al nuevo Estatuto catalán.

Hola, ¿te gusto? Sí, mucho. ¿Quieres venir conmigo? Pues a lo mejor, ¿qué me ofreces? Tengo de todo, lo que más te guste. Bueno, pues quiero lo que tú ya sabes, como a mí me gusta. Pues eso no puede ser, tiene que funcionar a mi manera. (Acaece una evidente pérdida de erección). Me corta. ¿El qué? Tanta gente, es que sois muchos. Sólo tres. Me gusta más sólo uno. Ya. ¿Y si lo dejamos un rato a tu gusto y otro al nuestro? Puede ser. ¿Lo probamos? Venga, vale. (Reaparece el mástil y una alegría desbordante fluye por todas partes. Love is in the air).

Uno de cada cuatro jóvenes reconoce emborracharse cada diez días.

Más estadísticas. El cien por cien de los políticos miente. Secundados por siete de cada diez periodistas. Dos de tres alcohólicos pegan a sus mujeres. El cien por cien de los supermercados vende alcohol. Tres de cada diez jóvenes fuma hachís o ha fumado cannabis. El cien por cien de la ley prohíbe el consumo de ninguna de las dos sustancias. Nueve de cada diez dentistas son unos cabrones torturadores. Dos de cada diez futbolistas fallan penaltis. Siete de cada diez árbitros ve visiones. Así, ad aeternam.

La policía nacional afirma que los marroquíes dispararon contra los inmigrantes.

Los malditos tenían que vivir en un laberinto de muros de seis metros con alambradas del que no podían escapar. Simplemente confiaban en ir saltando muros en línea recta para no perder tiempo buscando la salida. Tarde o temprano se terminarían. Los malditos se veían obligados a saltar barreras durante toda su vida, desde el mismo nacimiento. Su vida era un muro. A veces algunos llegaban, dice la leyenda, al penúltimo muro, pero completamente exhaustos y desmotivados. La salvación no existe, decían. A pesar de ello, dedicaban un último intento, un último salto. Sólo quedan dos muros. Sin embargo, justo cuando se encontraban en la cima, les pegaban dos tiros.

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