Quantcast
Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto. Noticias y opinión
Viajes y Lugares Display Tienda Diseño Grupo Versión móvil

Opinión

Etiquetas:   Cesta de Dulcinea   -   Sección:   Opinión

Mayorcísimos

Nieves Fernández
Nieves Fernández
sábado, 1 de octubre de 2005, 21:40 h (CET)
Será la soja (bálsamo de Fierabrás ahora descubierto, cuyas bondades nos llegan del saludable Oriente, junto a las estadísticas de longevidad del pueblo japonés), la causante de que a los mayores de la tercera edad, de la que nos dicen y deciden que entraremos con la tempranera cincuentena de años, estén no ya a la cuarta pregunta, sino en la cuarta edad, pues así se podría llamar a estos mayorcísimos que tienen por cuidadores a sus propios hijos, inmersos también en la tercera de las edades, dándose casos de que les sobreviven, fallece el hijo-cuidador de sesenta años, pervive el anciano-cuidado de noventa. O será por el incremento de esperanza de vida de la sociedad desarrollada o por la baja natalidad por lo que somos siempre pocos para cuidar a los mayores.

Partiendo de la base de que lo importante es el espíritu de cada uno y que se puede ser viejo con veinte años y con ochenta estar como un chaval, hay que reconocer que los años no pasan en balde. Si bien es cierto que hay mayorcísimos que lo mismo cuidan de sus nietos, se suben a la subvención de un viaje o practican gimnasia de mantenimiento, no es menos cierto que los millones de ancianos españoles necesitan de unos cuidados geriátricos, pues llegados a una determinada edad o proceso de enfermedad degenerativa, su cuidado requiere una dedicación constante que pocas familias sobrellevan.

Dicen que la cultura de los pueblos se mide por el cuidado prestado a los mayores. Me viene a la memoria una historia de campesinos chinos que leí hace tiempo, “La buena tierra”. Llama la atención cómo O-lang, la esposa de Wang Lung, tenía entre sus primeras obligaciones preparar el agua caliente de su anciano suegro, aunque no hubiera té, antes incluso de amamantar a sus pequeños o preparar el almuerzo de su esposo, y cómo esta vieja costumbre se respeta en la novela.

A pesar de que un gran porcentaje de mayores, según las estadísticas, prefiere vivir en sus casas o en la de sus hijos antes que en una residencia, y así se hace hasta ahora por ser el cuidado de los padres una tarea prioritaria de la mujer que ahora trabaja, surge la pregunta latente de qué hacemos con los mayores, a quién pertenece su cuidado, a las instituciones sociales, a los hijos cada vez con menos tiempo en el hogar por el trabajo, con menor espacio en las viviendas, con rápidos modos de vida que el abuelo rechaza, o la solución está en construir residencias públicas o privadas que se llenan de usuarios a ritmo de ladrillo. Ayer presencié cómo una furgoneta trasladaba a una señora en silla de ruedas desde su domicilio. Iba de ruta recogiendo a mayores para uno de los pocos centros de día que hay por cada mil ancianos. La auxiliar la trató con cariño pero con firmeza, el tráfico se detuvo, la joven se debía al grupo de discapacitados pues en eso se convierten los mayores con los años; la señora, como niña asustada, se quejaba en voz alta. El Alzheimer es drama y los cuidadores, siempre escasos, han de tomar la determinación de pedir ayuda donde la haya. Quien ha sido cuidador de un anciano lo sabe, es una labor que sólo tu “conciencia de O-lang” te reconoce.

Algunos mayorcísimos salen, van al cine, bailan, hacen manualidades o se juntan a charlar al sol en las plazas, pero hay otros que necesitan algo más que un beso semanal o una llamada telefónica familiar o de teleasistencia. Algunos mayorcísimos piden más que la asistencia domiciliaria o los cuidados de una inmigrante, pues en algunos momentos la desesperación es tan asfixiante que toda la ayuda para ellos es poca, venga de donde venga. Sólo luchando contra la soledad de los mayores se podrán evitar casos espeluznantes de muertes olvidadas, violencia familiar, mala salud, teleadicción, incomunicación, depresión o síndrome de Diógenes, más extendido de lo que imaginamos.

En un mundo en el que la arruga ya no es bella, el mayor debe recuperar su espacio y dignidad, porque es nuestra propia dignidad, y el espacio que ocupa o deja es nuestro espacio.

Noticias relacionadas

Sánchez en situación apurada

Casado exculpado por el fiscal

Los ejes sobre los que Hitler construyó el Nazismo

La historia que sigue después es conocida, y sin embargo sus promesas nunca fueron cumplidas

Una muralla para aislar el desierto del Sahara

Intelectuales de todo el mundo analizarán en Marruecos el problema de la inmigración que causa insomnio y desacuerdos en Europa

El discurso de la payasada

Cuatro artículos que me han ayudado a encontrar la mía

Heráclito

Es un filósofo presocrático que ha especulado acerca del mundo y de la realidad humana
 
Quiénes somos  |   Sobre nosotros  |   Contacto  |   Aviso legal  |   Suscríbete a nuestra RSS Síguenos en Linkedin Síguenos en Facebook Síguenos en Twitter Síguenos en Google Plus    |  
© Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto | Director: Guillermo Peris Peris