Quantcast
Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto. Noticias y opinión
Viajes y Lugares Display Tienda Diseño Grupo Versión móvil

Opinión

Etiquetas:   Caballo de Troya   -   Sección:   Opinión

El día sin coche

Vicente Sancho
Redacción
martes, 27 de septiembre de 2005, 02:54 h (CET)
El 22 de septiembre se ha instituido como el día en que se deja el coche aparcado o en el garaje y el ciudadano europeo se dirige a su trabajo a pie, en bicicleta…, o mediante un medio de transporte público urbano. A tal fin, las autoridades acostumbran a regalar los viajes que se puedan efectuar ese día en los medios de titularidad municipal o autonómica y, además, se exhiben en las televisiones, declarándose los más fervientes defensores de los desplazamientos colectivos a través de los autobuses o de los tranvías. Contaminan menos, dicen. Inclinarse por la bicicleta tampoco les queda mal y, en pos de su utilización, ese día, tan sólo ése, se montan en una de ellas y trotan por los adoquines de la ciudad con la sonrisa congelada en el rostro por si las cámaras comparecen a su paso y disparan.

Realmente todo esto estaría bastante bien (¿por qué ser crueles en los análisis?) si no fuera porque todo es una farsa. Al menos eso es lo que yo he constatado en mi ciudad: situada en España y bordeando los ochocientos mil habitantes.

El primer fenómeno chocante que se le viene encima a uno es la intensa circulación que abarrota las calles desde primera hora de la mañana de ese prometedor día sin coche. Casi ningún conductor está al tanto de la efeméride señalada. Los más enteradillos dicen que se acaban de enterar por la radio del coche que en Europa, alguien, en algún lugar, y para todos (como es costumbre en lo que se decide para Europa) había declarado el 22 de septiembre el día de… En fin, que sí, que si lo hubieran sabido antes… Pero para compensar, algunos de ellos prometían tener una charla sobe ese tema con sus hijos pequeños al volver a casa esa noche si para entonces aún estaban despiertos. Ante todo la educación, sentenciaban, mientras apretaban a fondo el acelerador de sus vehículos para avanzar tan sólo unos pocos metros. El día 22 no ha sido un día mediático, efectivamente, y los que más podían hablar de él se referían a que era la víspera de la entrada en Otoño.

Si no fuera porque uno es un tanto idealista (mi mujer lo más suave que me llama es iluso), ese día se hubiera reído de lo que se pretendía celebrar y hubiera sacado el coche como otros tantos miles de conciudadanos suyos. Pero uno, ya lo he dicho, aún cree en los grandes gestos, en los nobles posicionamientos capaces de redimir al género humano, y se lanzó a la calle en busca de la boca de un Metro. En su bolsillo palpitaba una de esas tarjetitas que garantizaban la utilización gratuita de ese medio de transporte durante el día sin coche. Uno se pensaba que las puertecillas de acceso al interior de los andenes se hallarían pomposamente abiertas para que el público fluyera con absoluta libertad. Pero no. Allí todo el mundo actuaba como de costumbre. Depositaban sus bonos sobre la ranura y aguardaban unos segundos a que apareciese de nuevo, aunque sellada, unos centímetros más allá. El desconcierto le abruma, entonces, a uno. Desolado, dirige su mirada hacia las taquillas. El empleado lo espía con el rabillo del ojo. Espera. No anticipa ningún gesto. Uno se le aproxima. Mire, le dice, creía que hoy, con esta tarjetita… El empleado no sonríe. Casi no respira. Pase, explota más que dice, mientras acciona la apertura de una de las puertas para que se cuele el atribulado gorrón. Porque eso es lo que le hace sentir aquel empleado: un gorrón, atento a la oferta del día; un ventajista sin escrúpulos que se destaca del resto de usuarios que, como siempre, siguen pagando sus billetes.

Confuso, hundido en un mar de dudas, el viajero se sienta ocupando tan sólo medio asiento. No se atreve a mirar a la cara a cuantos se hallan a su alrededor. Pasan los minutos y al fin se decide a hablar con quien, a su lado, ocupa silloncito y medio. ¿Usted también se ha dejado hoy el coche en casa?, le dice, mostrándole a medias la tarjetita del día. El interpelado no es un hombre hosco y responde, aunque no entiende muy bien adónde quiere llegar quien le habla: No; si yo me lo dejo todos los días. No tengo coche. Otro viajero, que ha oído la pregunta, parece que quiere contestar por todos los que están en el vagón y dice en voz alta: A buena hora iríamos como las ratas, metidos en este agujero, si tuviéramos un buen coche.

Uno ya no habla. Nota que empiezan a mirarle de reojo, como a un bicho raro. Se apea lo más pronto que puede. Sube las escaleras mecánicas mirándose las puntas de los pies. Frente a las puertas hay un empleado. Éste sí que parece risueño. Incluso lleva un montoncito de tarjetitas del día sin coche sujetas en una de sus manos. El sufrido viajero va hacia él. Le muestra su tarjeta. Espera que accione una de las puertas y que le dedique algún comentario agradable. Vaya, ahora querrá salir, le dice el empleado. Pero sigue sonriendo. Quiere demostrar que habla en broma. Sígame, le dice, aprovecharemos que esta señorita ha salido con su billete para colarle a usted por la misma puerta. Uno no sabe si está siendo objeto de una broma o a aquel empleado de uniforme le afloran, entre sonrisas, recónditos pensamientos que delatan su verdadero sentir.

Uno es un hombre que acostumbra a darle vueltas a las cosas y no entiende muy bien lo que está pasando. Ha viajado gratis, en efecto, pero tiene la leve sospecha de que se lo han hecho pagar de otro modo, de un modo magistralmente organizado para que no se le olvide jamás la lección recibida, y así, cuando dentro de un año comparezca de nuevo en el calendario el día sin coche, uno, que tonto es, pero sólo lo justo, se haga el despistado como los demás, o el olvidadizo, y coja su coche como un día más. Es la única forma de no experimentar atribuladas sensaciones que lo hundan a uno un poquito más de lo que ya está.

Noticias relacionadas

La Querulante

Cree que el mundo entero está contra él y por lo tanto se defiende atacando con contenciosos de todo tipo

Tras una elección histórica, comienza el trabajo de verdad

El Partido Republicano aumenta su mayoría en el Senado mientras que los demócratas logran obtener el control de la Cámara de Representantes

Extraños movimientos políticos que alertan de un invierno caliente

“El verdadero valor consiste en saber sufrir” Voltaire

Uno ha de empezar por combatirse a sí mismo

Obligación de vencer ese mal autodestructivo que a veces, queriendo o sin querer, fermentamos en nuestro propio mundo interno

Ataque al museo

Hay colectivos que van a terminar comiéndose las patas, como los pulpos.
 
Quiénes somos  |   Sobre nosotros  |   Contacto  |   Aviso legal  |   Suscríbete a nuestra RSS Síguenos en Linkedin Síguenos en Facebook Síguenos en Twitter Síguenos en Google Plus    |  
© Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto | Director: Guillermo Peris Peris