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El crudo como factor de la política rusa

Yuri Filippov
Redacción
martes, 27 de septiembre de 2005, 02:54 h (CET)
La vertiginosa subida de los precios mundiales del crudo se ha transformado últimamente en uno de los factores que determinan el protagonismo de Rusia, a la cual le corresponde entre un 4 y un 6 por 100 de las reservas globales del petróleo, en el ámbito de la política internacional.

Claro que el factor petrolero no es el único que viene empujando a Rusia hacia las primeras posiciones del escalafón mundial. Visiblemente debilitada a raíz del colapso de la URSS, Rusia consiguió preservar sin embargo sus fuerzas estratégicas nucleares, su inmenso territorio y su influencia en las naciones limítrofes. La participación en la coalición internacional antiterrorista, formada a raíz de los atentados del 11-S de 2001, le ayudó a Rusia a recuperarse del choque postsoviético en el mismo grado que la favorable coyuntura configurada en los mercados globales de recursos primarios.

Con todo, el petróleo y, en el sentido más amplio, el factor de materias primas sigue siendo aquí uno de los fundamentales. Baste con recordar la agenda ya tradicional de todas las cumbres ruso-norteamericanas del período reciente, basada en tres cuestiones: la lucha antiterrorista, la no-proliferación nuclear con el recorte de los arsenales estratégicos y el diálogo en materia energética. En las relaciones con Europa, este último punto se promueve todavía más hacia el primer plano. El elemento central de la última visita que el presidente Vladímir Putin realizó a Alemania fue la firma de un acuerdo para la construcción de la tubería del Báltico, gracias a la cual el gas ruso podrá convertirse dentro de poco en un sustituto seguro de las reservas prácticamente agotadas del Mar del Norte.

La posición de Rusia como el mayor proveedor mundial de los recursos energéticos (hace un par de años, solamente Arabia Saudita podía competir con ella en la exportación del crudo) difícilmente podría cuestionarse incluso si los precios del petróleo no se hubieran disparado por las nubes. No obstante, la situación actual tiene elementos muy novedosos. Lo que ha crecido de manera vertiginosa no es sólo el valor absoluto del petróleo sino también su valor relativo, que no es expresado en dólares sino en otros productos.

La gente de la calle en Rusia se han percatado de este cambio mejor que nadie. Uno o dos barriles del crudo cuestan ahora casi lo mismo que un televisor portátil hecho en Japón, y hasta aquellos consumidores que viven por debajo del límite oficial de la pobreza pueden permitirse hoy esta compra. Hace un par de décadas, en los albores de la perestroika, la URSS exportaba el petróleo en cantidades equiparables a las de ahora pero una adquisición como ésta no siempre resultaba asequible incluso para un representante de la clase media. Los equipos de alta tecnología fabricados en Occidente - sueño dorado de los consumidores soviéticos - estaban fuera de su alcance básicamente a causa del alto valor relativo.

La informatización masiva en Rusia, que se ha consumado de forma prácticamente desapercibida en estos últimos diez o quince años, también es un éxito atribuible en parte a la exportación de las materias primas. Más de un tercio de los 147 millones de rusos tienen hoy teléfonos móviles, mientras que hace algunos años, cuando el precio del crudo no superaba ocho dólares por barril, la telefonía celular era prerrogativa de gente muy adinerada. En la actualidad se realisa el plan de asegurar la conexión en masa de los colegios rusos a Internet, y nadie aquí, ni siquiera la oposición, cuestiona que esta tarea podrá cumplirse en poco tiempo.

Si los altos precios del petróleo, y con ellos la tendencia a la apreciación del rublo, se mantienen durante un período lo suficientemente largo (probabilidad que muy pocos ponen en duda), Rusia podrá renovar radicalmente no sólo el repertorio de artículos del hogar y el armario de sus ciudadanos sino también los obsoletos fondos industriales heredados de la Unión Soviética.

Hay quienes califican este pronóstico de excesivamente optimista. El Gabinete ruso parece avergonzado a causa de la dependencia excesiva de la economía con respecto a la venta de recursos primarios. La producción nacional y la subsiguiente exportación de altas tecnologías han sido a lo largo de las últimas tres o cuatro décadas el sueño dorado y la consigna de todos los Gobiernos que se iban sucediendo en la Unión Soviética y luego en Rusia. Para producir tales bienes, es preciso comprar en el extranjero los equipos necesarios, las licencias, etcétera. Y en este contexto, el encarecimiento relativo de las materias primas podría hacerle un buen servicio a Rusia: cuanto parecía demasiado caro ayer, se vuelve bastante asequible hoy.

Esta situación fomenta ciertos recelos en Occidente. ¿Cómo se comportará Rusia ahora que su principal producto de exportación pasa a ser uno de los más caros y demandados? ¿No hará un intento por imponer su voluntad a los socios occidentales?

Para responder a estas preguntas, lo mejor es analizar los pasos concretos de Rusia. El país lleva medio siglo exportando activamente el petróleo y en todo este período no ha querido adherirse a la OPEP, estructura que muchas veces se opone de forma bastante drástica a las naciones consumidoras del crudo. Ni siquiera en los momentos más tensos de la crisis iraquí Moscú ha intentado explotar los síntomas de "hambre petrolera" inflando los precios. En 2004, poco antes de la cumbre del G-8 en Sea Island, Vladímir Putin calificó como "equitativo" un precio de US$20-25 por barril. A día de hoy, el Gobierno de Rusia tampoco quiere aprovecharse de la situación y ha construido el proyecto del presupuesto 2006 a partir de un precio de exportación de $40 por barril.

Tanta modestia, que muchas naciones petroleras del mundo árabe no logran explicarse, se debe a que Rusia, tal y como ha proclamado, realmente aspira a ser parte inalienable de un Occidente industrializado y se empeña ahora en elaborar y demostrar ciertos principios de asociación que sean aceptables a largo plazo tanto para ella como para las mayores potencias occidentales.

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Yuri Filippov es comentarista de RIA "Novosti".

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