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Felicidades Mafalda

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
lunes, 26 de septiembre de 2005, 02:06 h (CET)
Tal vez a los más jóvenes el nombre de Mafalda no les diga nada pero para las gentes de mi generación la aparición en España el año 1970 de aquellos primeros libros apaisados de la pequeña contestataria fue todo un soplo de aire fresco y libre. En aquella niña que hablaba con el globo terráqueo y en sus pequeños amiguitos vimos reflejadas todas nuestras inquietudes cuando, idiotas que éramos, queríamos cambiar el mundo. Y ahora, tantos años después nos damos cuenta que el mundo sigue necesitando de muchas Mafalditas que nos recuerden a los adultos tantas y tantas cosas como seguimos haciendo erróneamente.

El padre de Mafalda es Joaquín Salvador Lavado “Quino” quien realizó el primer dibujo de esta eterna niña de seis años en 1962. Fue para una campaña publicitaria de las lavadoras Mansfield que nunca vio la luz. Posteriormente, en 1964, publicó una tira de las aventuras de Mafalda en “Gregorio” suplemento de humor de la revista “Leoplán”. Pero fue a partir del 29 de Septiembre de ese mismo años cuando la niña, y meses más tarde sus amigos, comienza a aparecer de manera continua en tiras publicadas en “Primera Plana” y posteriormente en otras publicaciones argentinas. Así hasta el año 1973 en que Mafalda desaparece de manera habitual de las publicaciones periódicas.

A lo largo de casi una década una Mafalda, enemiga acérrima de la sopa, inconformista con el mundo y la sociedad en la que le toca vivir nos va mostrando su particular visión de un mundo de adultos que no comprende y que le gustaría más solidario. Pero las historias de esta niña argentina, hija de padres de clase media, “mediaestupida” dice ella, con un padre eternamente dedicado al trabajo y una madre que dejó de estudiar para casarse y fundar una familia, continuaran acompañándonos a través de diversas apariciones. Como la tira que ilustra para la UNICEF la publicación de “Los derechos del niño”, o su aparición en la campaña, en 1986, de las primeras elecciones a Consejos Escolares celebradas en España o en 1992 en la exposición que se celebró con motivo del Quinto Centenario.

Sus amigos reflejaban todo un universo adulto visto por los inocentes ojos de los niños. Felipe, el mayor del grupo, siempre enamorado, tímido preso de sus angustias vitales y con deseos de que cualquier mañana la escuela hubiera desaparecido. Manolito, hijo de “gallegos”, brutote, con un cerebro que tan sólo sabe de cuentas mercantiles y un profundo odio a los Beatles y Susanita. Ésta es la “eterna maruja”, egocéntrica y con un solo deseo en la vida: casarse y tener hijos. Miguelito, pequeño, inocente y lleno de absurdos infantiles. Libertad, quizás la más simpática y radical, izquierdosa, hija de madre intelectual que traduce libros del francés y que era todo un referente político por su nombre y su pequeño tamaño. Guille, el hermano pequeño, inocente, siempre con su eterno chupete y al que, como a Manolito, le gusta la sopa odiada por los demás. Sin olvidarnos de la lenta tortuga a la que Quino, con todo tino, llamó Burocracia. Todo un mundo adulto envuelto en un ropaje infantil.

Cuando en 1970 se editó en España, lo hizo Lumen, el primer libro de tiras de Mafalda la censura franquista ya se dio cuenta que aquello no era un simple libro de humor y que, como todo por aquel entonces, tenía una doble lectura. Así que hizo colocar en la portada una banda con la leyenda “sólo para adultos”. En la misma librería que nos surtía a escondidas de los libros editados por Ruedo Ibérico compramos nuestros primeros ejemplares de Mafalda. Hoy de aquellos diez libritos apaisados que se llegaron a editar no me queda ninguno. Unos los dejé y nunca volvieron a mi biblioteca, otros se perdieron en cada mudanza y algún otro se los quedó en prenda alguno de mis amores en la hora del reparto de libros y discos cuando el amor se acaba. Hoy ando por las librerías de viejo buscándolos como un maniático desesperado.

Hay que felicitar a Mafalda porque dentro de unos días cumplirá cuarenta y un años y a pesar de ser ya una mujer en plena madurez todavía le sigue haciendo falta hablar cada día con ese globo terráqueo a punto de explotar entre guerras absurdas y tifones incontrolables. Si algún día visitan Buenos Aires acérquense al barrio de Colegiales. Allá encontraran una placita donde las madres toman el Sol con sus bebés mientras los niños de la edad de Mafaddita, como siempre la llamo Guille, y sus amigos siguen jugando ajenos a ese mundo absurdo que los mayores les vamos legando. Es la plaza que lleva el nombre de Mafalda, con juegos, murales y fragmentos de las tiras que la hicieron famosas escritos en los bancos donde algunos de sus primeros lectores, ya al borde de la ancianidad, toman el plausible Sol de la jubilación.

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