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Etiquetas:   A sangre fría   -   Sección:   Opinión

El rapto de España

Jesús Nieto Jurado

lunes, 26 de septiembre de 2005, 02:06 h (CET)
No ha muchas fechas, que me refería sin no poco amargor en mi escribir, a los execrables tópicos parlamentarios que de forma despreciable, andan capitalizando de un tiempo a esta parte, los designios de nuestra vida política. Una moda en los usos partidistas, que sintoniza de manera diáfana con la ineptitud de la gran mayoría de las señorías que se dedican a perder las jornadas en San Jerónimo, a vociferar sandeces, a descalificar al oponente, y a ejercer la maestría en el noble arte del ladrillazo.

Tales tópicos, que como un mal inherente a la inmadura clase política patria, se extienden de Génova a Ferraz y de Moncloa al Palacio de la Generalitat, reflejan como espejos diáfanos cuál es la consideración que el político tiene de la ciudadanía, una impresión de la sociedad como una masa informe de comportamientos pasionales y borreguiles, fácilmente manipulable bajo las mas o menos acertadas campañas publicitarias en los diferentes medios vendidos al mejor postor ideológico.

Sin embargo, y una vez enunciado el dramatismo que como veneno letal y lento esconden los tópicos parlamentarios nacionales, resurge un ideario de concepciones macropolíticas y pseudo-históricas, que de una forma u otra sumen al atento consumidor de consignas publicitarias del PPSOE en un estado prácticamente cataléptico, mediante una amnesia alarmante que la población sufre respecto al tema de España, aquel interrogante cuyas raíces se encuentran en el 98, pero que hoy en día, gobernados por los amateurs de la política, vuelve a instalalarse en el panorama social como una duda metódica, que sin punto de partida y de llegada, amenaza o dulcifica las sobremesas, según se mire desde Cataluña o Castilla la Vieja.

En relación al debate sobre el futuro de España, independientemente de programas nacionalistas en sus diversos grados, es de recibo señalar que su apología o su detracción, lejos de formular un debate serio entre iguales, no sirve más que para llenar las vacías arcas ideológicas de los dos grandes partidos nacionales: uno conservador en el que la defensa de la Patria Eterna, se revela en cruzada contra los elementos progresistas, y un partido falsamente de izquierdas, que asfixiado por las formaciones periféricas debe rendir continuamente pleitesía electoral a bloques nacionalistas cuyo fragor independentista es proporcional a los beneficios monetarios que puedan obtener de la necesidad del gobierno de Madrid de mantener un equilibrio, entre las sevillanas y la sardana, entre la Moreneta y la Virgen de Atocha.

Desde numerosos sectores de esa izquierda errónea y secuestrada por banderas, se me ha malinterpretado que en mis escritos defienda la para mí, necesaria reivindicación de lo español, puesto que mi visión cosmogónica de esta nación de naciones, es la de un conglomerado de pueblos, que con radical y legítimo derecho a la independencia, puedan optar por formar parte de este país añejo en el entorno europeo, esta Mater España que como canta Sabina en su nuevo disco, es un solar común que amparado bajo milenios de historia común, de desamor y amor, de traiciones y fidelidades, ha visto florecer la música de Falla y Turina, los versos de Quevedo o las andanzas hidalgas del Quijote.

Es esa España cultural, pasional y sentimental la que defiendo, esa nación que atrajo en el siglo pasado a las élites intelectuales que vieron en la piel de toro un pueblo anciano cuya sabiduría milenaria no ha sabido aún encontrar la clave para caminar juntos en un futuro de prosperidad.

Por tanto, suscribo las palabras de Marañón según las cuáles, España es un concepto difícil de explicar con la nomenclatura racional, lógica: un invento añejo que se ama o se detesta, pero que en ningún caso puede ser cortapisa al establecimiento de políticas que mejoren de manera virulenta las profundas contradicciones económicas que esconde esta España mía, nuestra, a la que amo, más que como español, como hispanista.

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