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Todavía se ceban con los justos

Víctor Corcoba Herrero
Víctor Corcoba
lunes, 26 de septiembre de 2005, 02:06 h (CET)
Nada se pondera. Se podría editar un diario bien gordo con las injusticias de los justos. Es la epidemia del momento actual. Lo que genera una sociedad enferma que se ceba con los honestos hasta el extremo de la tiranía. José Luis Pinillos ha puesto el acento en ese peligroso y desmedido caos de imprudencias y desequilibrios. Algo que abordó, recientemente, en Segovia. Su deseo fue contundente. La humanidad ha de superar “el siglo de los extremos” en el plano ideológico, político y social; y caminar hacia un acercamiento que permita mejorar la convivencia. Aseguró que la evolución humana en las últimas décadas ha ofrecido avances muy importantes en el campo de la tecnología y de las comunicaciones; pero, por el contrario, “resulta cada vez más evidente el retroceso en las libertades y los derechos de los ciudadanos, que impide el entendimiento entre los hombres”.

Es necesario responder a los crecientes peligros con la ejemplaridad de los cabales puestos a punto y el fuero de la verdad como norma. Las injusticias, que tanto padecemos hoy en día, no obedecen a derecho. Por poner un ejemplo: no es cuestión tanto de ponerse manos a la obra en la construcción de un cuerpo de derecho internacional para respaldar un mundo libre de armas nucleares como de hacer una apuesta en firme que purgue sinrazones. Ya lo decía Platón: la peor forma de injusticia es la justicia simulada. Por el efecto de esa simulación, todo se mueve en esa frontera de lo imprevisible. Claro, esto no da seguridad ninguna, por mucho que se nos llene la boca de solicitar salvaguardias para el cuerpo y amparos para la vida. Desde luego, quien busque ilegalidades, abusos y atropellos, no precisa nada más que salir a la calle. A veces, sobre todo en esos polígonos marginales de las grandes ciudades, me da la sensación que estamos divididos en dos bandos, los que son presa y los que apresan.

Ahora, Zapatero, también parece que quiere llevar hacia el extremo lo de “crecer más y distribuir mejor”, y por ello subrayó que los presupuestos “tienen un alto componente de gasto social en educación, en sanidad y en pensiones”. A primera vista se manifiesta elogiable la actitud de incrementar el gasto social, sobre todo ante tantas necesidades que algunas personas soportan, pero tengamos prudencia en no pasar de un polo de dejadez al otro de proteccionismo total. En el equilibrio casi siempre suele estar el quid de humanidad. Tan importante es tender la mano como incentivar el desarrollo, la inversión, a favor del trabajo como derecho y deber. No caigamos en el limosneo; que, por otra parte, conlleva un cierto aire humillante.

A veces la necesidad es más de comprensión hacia la persona que, por no tener, no tiene ni el descanso necesario. Eso pasa cuando también se lleva el trabajo al extremo de vivir para el trabajo, no trabajar para vivir. Muy propio de los tiempos actuales. Y lo que es más grave, por reiterativas, las asistencias y prestaciones para el desarrollo de la persona, suelen ser muy desiguales. Las voces están ahí. Hay quien habla ya de una sanidad de ricos y otra de pobres, de unos colegios de gente bien y otros de gente marginal, de un sistema de servicios sociales que no atiende a los últimos de los últimos.

Tampoco es cuestión de echarle toda la culpa a los poderes públicos. Debiera ser muy de humanos cultivar la sensibilidad interior hacia las necesidades reales del prójimo, hacia ese vecino que puede vivir en nuestro mismo piso, para saber en qué debemos ayudarle, cómo actuar para no herirle y cómo comportarnos para que lo que damos, lo que aportamos a su vida, sea un don auténtico, un don que no germine por lástima, sino por generosidad desinteresada. Que bueno sería que los ataques injustos respetasen más a los desdichados. En cualquier caso, pienso que hincharse con los justos y cosechar beneficios a su costa, continua siendo el pan nuestro de cada día para dolor de los humanos.

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