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Tags: Cine · Crítica de cine · Gonzalo G. Velasco
'Amor en juego': Nick Hornby edulcorado


Gonzalo G. Velasco


Gonzalo G. Velasco Gonzalo G. Velasco
lunes, 24 de octubre de 2005, 02:40
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No sé si esto es algo bueno o malo, pero los hermanos Farrely parecen haberse desprendido del estigma gamberro y escatológico que desde los tiempos de Dos Tontos Muy Tontos y Algo Pasa Con Mary les caracterizaba. En su última obra, Amor en Juego, se pasan de manera radical a la comedia romántica más amable, simplona y convencional, aunque con una particularidad: basada en una obra del escritor Nick Hornby, responsable de las versiones literarias de películas tan entretenidas como Alta Fidelidad o Un Niño Grande.

El secreto del éxito de los textos de Nick Hornby (secreto potenciado en sus adaptaciones cinematográficas anteriores a Amor en Juego), radica en su falta de pretensiones. Hornby tan sólo se propone hacer pasar al lector un buen rato mediante divertidas tramas cotidianas protagonizadas por personajes cercanos en contextos también próximos. Y sin embargo, y he aquí donde su prosa trasciende la ramplonería, las historias de Hornby terminan, contra todo pronóstico y casi sin querer, sentando cátedra sobre la vida, como ocurría con la ya mencionada película de culto Alta Fidelidad.

En Amor en Juego, los hermanos Farrelly se encargan de que esto no suceda. A tal fin, edulcoran la función con su infantiloide sentido de la puesta en escena para luego contrachaparla de todos los tópicos de la comedia romántica norteamericana contemporánea. Ese afán por contentar a todo el mundo, juega bastante en su contra por cuanto les obliga a romper el tono del film mediante la incoherente inclusión de gags escatológicos gratuitos y, a erosionar por descontextualización, los mejores momentos de la película, casi siempre made in Hornby.

Evidentemente, el vicio de fragmentar el tono es ya una plaga endémica en la comedia actual e incluso en el resto de géneros (si es que existen todavía los géneros). Muchas veces, es la taquilla quien obliga a ello, pero como bien ha demostrado Tarantino con su marrullero fresco Kill Bill, a veces basta con un poco de posmodernismo autocomplaciente. En Amor en Juego, las cosas no llegan tan lejos. Claro que no quiero saber lo que el bueno de Nick Hornby piensa de que, además de haber cambiado el deporte de base del relato (baseball por fútbol), el país donde sucede la trama (Estados Unidos por Reino Unido), los Farrelly hayan minimizado su huella en pantalla hasta límites prácticamente inapreciables por el ojo humano.

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