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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   Cataluña   -   Sección:   Opinión

República democrática, sí; sucedáneos totalitarios o secesionistas, no

“La República es la forma necesaria de gobierno en los pueblos que son ingobernables.” Donoso Cortés
Miguel Massanet
martes, 14 de noviembre de 2017, 01:39 h (CET)
Podemos definir el sistema de gobierno republicano como “una forma de organización del Estado. En la república, la máxima autoridad cumple funciones por un tiempo determinado y es elegida por los ciudadanos, ya sea de manera directa o a través del Parlamento (cuyos integrantes también son elegidos por la población)”. En España, debido a la mala experiencia, especialmente de la II República de 1931 y a la subsiguiente Guerra Civil, provocada por los excesos cometidos por los partidos de izquierdas, que acabaron por situar al país en un ambiente insostenible que tuvo su culminación en la Revolución de Octubre ( de Asturias) en la que, las Juventudes socialistas de Santiago Carrillo, intentaron atentar contra la legítima República en 1934 y, más tarde, en febrero de 1936, aprovechándose de unas elecciones amañadas se hizo con el poder el Frente Popular, bajo cuyos auspicios los asesinatos políticos, la destrucción y quema de iglesias, los asesinatos de sacerdotes, clérigos y católicos proliferaron de tal manera que se hizo preciso que, para evitar que aquello llegase al hundimiento total del país, una parte del Ejército, bajo el mando del general Franco, se levantase en armas en contra, no de la República, si no de aquellos políticos que fueron incapaces de mantener el orden y de evitar los excesos de grupos de asesinos, que se dedicaron a convertir las calles en peligrosas e intransitables y a asaltar los domicilios de aquellos ciudadanos católicos o de derechas, por el simple hecho de no comulgar con sus ideas anarquistas y, de paso, aprovechar la ocasión para saquear todo lo que de valor podían mangar.

El hecho es que, el sistema republicano, quedó tan desacreditado que hizo que, pasados los años de gobierno de Franco, se añorara el arcaico sistema monárquico, aquel que fue incapaz de mantenerse en el poder, por la mojigatería del rey Alfonso XIII que, mal aconsejado por sus asesores, huyó antes de que se conociera que las elecciones las habían ganado los monárquicos aunque, usando las malas artes de los republicanos de izquierdas, declararan en las grandes ciudades de la nación, donde habían vencido, el advenimiento de la república, antes de que se supieran los resultados del resto de los pueblos de España; cometiendo así el primer pucherazo que descalificó, desde su origen, la legitimidad que luego se le ha pretendido atribuir a aquel régimen republicano, en manos de personajes que no supieron mantener la autoridad del Estado por encima de las pasiones desbordadas de grupos de asesinos que se acabaran haciendo dueños de las calles. Franco creyó que, restaurando la monarquía, evitaría el vacío 7de poder que se produciría a su muerte, convencido de que el régimen instaurado por él no podría sostenerse después de su fallecimiento.

Desde entonces, cuando se habla de sistema político en España, parece como si el único posible fuera el de monarquía parlamentaria, sin tener en cuenta que, en el resto de Europa, el sistema monárquico se considera arcaico y condenado a desaparecer, aunque sigan persistiendo algunas dinastías, como en el caso de66 la monarquía inglesa, que han sabido evolucionar, en parte por necesidad de mantener el vínculo con las antiguas colonias, ya emancipadas, de la Commonwealth con las que siguen manteniendo un provechoso comercio y, en parte, por haberse constituido en un reclamo para el turismo inglés. En el resto de Europa las monarquías supervivientes se han convertido en meras reminiscencias de otras épocas esplendorosas, manteniéndose como simples atractivos turísticos y alimento del morbo popular, que sigue interesado en todo el inagotable fisgoneo de las intrigas palaciegas.

Es obvio que, nadie, ni un republicano de derechas, puede llegar a tomar en consideración este tipo castrado de república, como la que intentan crear en España todos estos partidos de izquierdas que, ni tan siquiera, aceptan la democracia y que lo que intentan es adornar con el título de “república” lo que, en puridad, no es más que un sistema totalitario, a lo Unión Soviética, donde cualquier atisbo de democracia brilla por su ausencia y, lo único que yace bajo la falsa piel cordero de la defensa de los derechos de los oprimidos, los pobres, los “esclavos del capitalismo” o los parias de la sociedad, no es más que el deseo de implantar en nuestra nación un régimen como el venezolano, dónde han desaparecido las libertades y derechos de los ciudadanos, la democracia, la posibilidad de que la voluntad mayoritaria del pueblo pueda expresarse libremente y, a cambio, no se ha conseguido más que instaurar la pobreza, la miseria, la falta de alimentos y de medicinas, de modo que, en estos momentos, Venezuela se encuentra al borde del crack, si sus acreedores le exigen que cumpla con sus compromisos.

Para que una república pueda garantizar, como lo hacen la alemana o la francesa, que la Constitución del país sea observada por todos, que el orden y la legalidad se mantengan y sean respetados los derechos de la población y la obligación de que todos los ciudadanos respeten las leyes que, ellos mismos, a través de sus representantes en las instituciones, se hayan dado para garantizar la convivencia entre ellos. Es evidente que lo que pretenden los comunistas, los de ERC, los de grupos de anarquistas como la CUP, o los comunistas bolivarianos de Podemos; grupos que son incapaces de reconocerles un espacio político a los de las derechas españolas o los centristas, cuando nos hablan de república no se refieren a ningún tipo de república democrática, donde están contempladas todas las sensibilidades políticas, tanto de derechas, de izquierdas o centristas. En realidad, todos sabemos que, incluso entre los socialistas que ahora defienden la Constitución contra los independentistas, existe una especie de pacto tácito de que, cuando exista la oportunidad para ello, se vuelva a restablecer un pacto, al estilo del Tinell, por el que se imponga de nuevo aquel “cinturón sanitario” en torno a los partidos de derecha, en concreto el PP, para que sistemáticamente, sin concesiones y por unanimidad, se impida que cualquier propuesta de dicha formación política pueda tener el menor protagonismo tanto en el Parlamento como en el Senado.

En estas condiciones, cualquier intento de restablecer la república en España deja de tener viabilidad porque, si se pretendiera restablecerla en las condiciones con las que, estos partidos de ideas revolucionarias y totalitarias pretenden hacerlo; adolecería de la falta de la principal garantía que precisa cualquier organización política que pretenda representar a los ciudadanos: la democracia, el respeto por las opiniones ajenas, los derechos, la libertad y la seguridad jurídica de todos los miembros de la sociedad de que se trate. Basta fijarse en este verdadero maremágnum que se ha desatado en Cataluña, donde no se entienden entre ellos, los separatistas, los comunistas los anarquistas ni los del PSC del señor Iceta, un sujeto capaz de vender su alma al diablo por conseguir reeditar un tripartito, con los socios que se prestaran a ello, aunque ello significara traicionar la Constitución o a su propio partido hermano, el PSOE.

Sí, somos de ideas republicanas pero no queremos una república a cualquier precio, sin garantías democráticas ni obtenida a costa de la mayoría de españoles, cualesquiera que sean sus ideas políticas, si ello supone violar sus derechos fundamentales o a costa de convertir España en un país tercermundista, en un reino de Taifas a expensa del resto de naciones poderosas; algo que parece que estarían dispuestos a aceptar todos estos que ahora se dedican a atacar al actual Gobierno sin contemplación alguna aunque, para hacerlo, no les importe mentir, engañar, inventarse argumentos o negar la misma realidad, como hacen cuando pretenden presentar a nuestra nación como un país de pobres, arruinado económicamente o, incluso, que tenemos presos políticos, cuando todo el mundo sabe que, los que han ido a parar a las cárceles, ha sido por haber cometido delitos contemplados en el Código Penal español y por haber infringido, gravemente, preceptos de nuestra Carta Máxima. Estos comunistas importados, universitarios a los que no les importa hacer daño a su país, que han llegado con la idea fija de conseguir acabar con la democracia en nuestro país, sin que les importe acabar por hundirlo económicamente y convertirlo en un satélite más de este nuevo comunismo bolivariano, que ha establecido en uno de sus arranques de cretinez, este camionero venezolano conocido como N. Maduro.

O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, aunque contrario al sistema monárquico por considerarlo obsoleto y poco democrático, por el hecho evidente de que la Constitución no permite elegir al Rey, como sí se hace en el caso de un presidente de la república; deberemos reconocer que, en la situación en que se encuentra este país, no es momento oportuno para emprender aventuras que se ignora cómo acabarán y, mucho menos, dar alas a aquellos desarraigados y traidores a la nación española, que siguen empeñados en conseguir la independencia de Cataluña, aunque no exista razón alguna ni histórica ni social ni económica, que permita avalar tan peregrina petición.
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