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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

¿Para cuándo la corrupción social en el banquillo?

José Francisco Sánchez (Valencia)
Redacción
domingo, 18 de septiembre de 2005, 23:35 h (CET)
Entre las distintas respuestas que el anestesista Maeso ha ido pronunciando para librarse de las imputaciones de haber transmitido a sabiendas, y como daño colateral a su toxicomanía personal, hepatitis a centenares de pacientes de clínicas y hospitales de toda Valencia, día tras día y durante diez años seguidos, destaca su lacónica y contundente descalificación del conjunto del procedimiento judicial que se sigue contra él, farfullando sin embarazo alguno ante el micrófono que la causa “está mal instruida”. Con esas mismas pocas palabras, pero con un sentido totalmente distinto y mucho más profundo, esta vez de cariz eminentemente político y social, si no filosófico, se expresa también una amplia percepción popular que en nada pretende exculparle para que termine saliéndose de rositas sino que, a la vista de la envergadura de los hechos, enuncia la conveniencia perentoria de ampliar drásticamente de oficio y hasta donde fuese necesario el número de los individuos acusados por la mencionada causa.

Debiera pedirse, ahora, hasta la última de las cuentas, no sólo al interfecto sino a una escalofriante por larga serie de anodinos sujetos que estuvo, con toda seguridad, implicada en el encubrimiento continuado del dantesco contagio: comenzando por algunos celadores y enfermeras, siguiendo por determinados médicos y llegando justamente hasta aquellas altas instancias, por ejemplo sanitarias, que siendo ciertamente conocedoras de los hechos en su momento y andando escasas de agallas no intervinieron drásticamente para impedirlo por todos los medios. A nadie se le oculta que una barbarie como la presente difícilmente pudo consolidarse por la actividad rocambolesca de un solo individuo sin la anuencia, culpable, de quienes se encontraban a su alrededor y estando al corriente de tan abominables actividades no lo denunciaron inmediatamente llevando el corporativismo hasta el terreno del mismo crimen.

Pero mientras, la tupida marabunta de quienes a conciencia lo permitieron, y que debe rondar, sin exageración alguna, el centenar cumplido de personas, se libra no sin miedo de todo el marrón y puede permitirse seguir morbosamente las reseñas del juicio por televisión, la Justicia tendrá posiblemente que contentarse, una vez más, con roer exclusivamente el solo hueso del anestesista sin afeitar, y no por falta de ganas o de recursos intelectuales sino por la eterna y recurrente imposibilidad de siempre para poder disponer de testimonios y pruebas como es debido. Así nos va, y así nos seguirá yendo en todas las hecatombes médicas que laceran sistemática y masivamente la salud social de forma recurrente: desde las reducciones de estomago para señoras gordas que terminan inevitablemente en el tanatorio, hasta la eutanasia general por falta de camas, pasando por las circuncisiones rituales de recién nacidos a mansalva...El linchamiento mediático del monstruo de turno no podrá expiar nunca la responsabilidad de todos sus invisibles protectores. Para lo cobardes que somos todos, aun deberíamos celebrar que no nos sobrevengan desgracias mucho peores.

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