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Etiquetas:   El espectador   -   Sección:   Opinión

El patetismo de Cataluña

Jorge Hernández

domingo, 18 de septiembre de 2005, 08:20 h (CET)
Maracay aseguró en la Diada que su gobierno tripartito ha «dignificado» la fiesta nacional catalana, decaída bajo el mandato de Pujol. Ésta es la realidad política de Cataluña. Un presidente que es a su vez el líder del socialismo catalán cree que los nacionalistas de CiU no exaltaban lo suficiente los símbolos de su «nación». Lamentable.

El tripartito y la clase política catalana celebraron la Diada con una serie de actos caracterizados todos ellos por un denominador común: la exaltación de Cataluña como país, nación y patria. Homenaje solemne y emotivo a La Senyera, adaptación del himno nacional Els Segadors, poemas leídos en los cinco acentos de la lengua catalana y como colofón final, una recepción ofrecida por Maragall en la que la reivindicación fue casi unánime por parte de las fuerzas políticas: «Volem un nou Estatut». Un eufórico Maragall aseguró que ésta ha sido la última Diada sin nuevo Estatuto y que el tripartito formado por el PSC-ERC e IC ha «dignificado» la fiesta nacional catalana, decaída bajo el mandato de Pujol. El ex presidente de la Generalitat no asistió a la recepción en protesta por esta acusación de su sucesor.

Esta es la realidad política de Cataluña. Un presidente que es a su vez el líder del socialismo catalán cree que los nacionalistas de CiU no exaltaban lo suficiente los símbolos de su «nación». Los actos de la Diada pusieron de manifiesto con claridad que Maragall y su Gobierno están redoblando esfuerzos y presión en la ofensiva final para la reforma del Estatuto. Y, de acuerdo con las declaraciones de unos y de otros, parece que el tripartito no se va a conformar con un texto que pudiera ser aceptado por el Gobierno de Zapatero y por las Cortes Generales, sino que aspiran a más.

Coincidiendo con la Diada, Maragall dijo ayer en La Vanguardia que las Cortes «reconocerán una nación catalana con una dimensión, una complejidad y una estructura que es la típica de los Estados», al tiempo que defendió el establecimiento de relaciones bilaterales de Cataluña con el Estado español, al margen del resto de las comunidades. A ver si el presidente del Gobierno cae en la cuenta de una vez que cuando se empieza a jugar con términos como «nación», pronto se acaba fantaseando con las ilusiones de ser un Estado.

Esto es, precisamente, lo que ya le advirtió Alfonso Guerra hace unos meses.

Al restar trascendencia al hecho de que Cataluña se defina como una «nación» en el texto del nuevo Estatuto y considerar que tal circunstancia casa con la Constitución, Zapatero dio la mano y ahora le quieren coger el brazo.

Maragall, el PSC y los líderes de ERC proclamaron que la de ayer fue «la Diada del Estatut» y que en la celebración del próximo año Cataluña contará con otro marco legal. Aunque este clima de optimismo fue algo enturbiado por las declaraciones de los dirigentes de CiU, quienes señalaron que sin el blindaje del sistema de financiación no respaldarán el nuevo Estatuto. Algo que el Gobierno central considera inasumible.

Hay que preguntarse en este punto qué fue de la voluntad de Zapatero de liderar el debate sobre la reforma del Estatuto en su partido, tal y como anunció el PSOE al comienzo de este curso político. Es posible que el silencio, la tolerancia y la complicidad con los que el presidente del Gobierno se conduce con Maragall mantengan su popularidad en Cataluña, pero es seguro que son profundamente perjudiciales para la España constitucional, que el tripartito quiere desbordar.

Todo ello, además, sin que exista una demanda en la sociedad catalana, sino casi todo lo contrario. Según una encuesta de El Periódico, al 64% de los catalanes, el debate de la reforma del Estatuto les produce «cansancio», «indiferencia», «decepción» o «indignación». Tal vez por ello, alguien tan nacionalista como el presidente del Barça colocó la pancarta reivindicando un «nou Estatut» en un lugar poco visible del Camp Nou. Todo muy patético.

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