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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

El 600, vuelve un mito

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
viernes, 16 de septiembre de 2005, 00:01 h (CET)
Ahora que D. Mariano se empeña en intentar llevar hacía el futuro- imperfecto bajo la sombra de D. José María- a los militantes de la gaviota y en particular a su dúo privado de la risa, Acebes y Zaplana, mi corrector ortográfico que debe ser muy inteligente me indica que Zaplana no es correcto pero yo sigo insistiendo. Ahora, repito, en este inicio del nuevo curso cuando las huestes peperas miran hacía ese futuro de “patria, justicia y paz” como cantaban sus padres y abuelos embutidos en el azul mahón de la camisa falangista mientras les hacía los coros el padre del Ministro de Defensa, el inefable Pepe Bono, los fabricantes de automóviles, que no son tontos, vuelven la vista atrás y comienzan a fabricar los viejos modelos de coches que rodearon nuestra infancia y juventud. Los alemanes de la BMW lanzan al mercado un “mini”, aquel legendario auto de la inglesa Morris que se balanceaba por las carreteras al ritmo de los Beatles. Y la conjunción italo-americana esta vez se une no para crear una nueva mafia pero si para volver al ya remoto pasado poniendo en el mercado un nuevo modelo de coche utilitario como es el viejo 600 donde, entre sus asientos traseros, muchos tuvimos nuestros primeros escarceos sexuales. Ford y Fiat fabricaran el nuevo 600 aprovechando las plataformas de fabricación del PANDA, eso sí en Polonia, que allí los obreros y los sindicatos son más dóciles y baratos.

En aquella España de finales de los años 50 del pasado siglo sólo unos pocos disfrutaban del privilegio de andar sobre las cuatro ruedas de un coche. Eran tiempos de sombras y oscuridad en todos los aspectos, las heridas de la guerra todavía estaban abiertas, aún era reciente la desaparición de las cartillas de racionacimiento para la adquisición de víveres y tabaco y las restricciones de luz que nos hacían ir a la cama antes de la hora prevista, los maquís estaban ya huidos en Francia, enterrados en silencio o cumpliendo prisión aunque todavía el legendario “Quico” Sabatés llevaba de cabeza a la Guardia Civil y la Policía por Cataluña, los mineros y los estudiantes ensayaban sus primeras revueltas contra la dictadura franquista mientras los especuladores y estraperlistas conducían grandes coches de importación, los llamados “haigas” y la burguesía emergente de los oscuros negocios que toda posguerra lleva consigo se conformaba con tener entre sus manos el volante de un SEAT 1400 de producción nacional. El resto del parque motorizado estaba formado, principalmente, por velomotores y motos “Vespa”.

Pero con el final de la autarquía comenzó a emerger una clase media-alta, o al menos aspirante a ella, que necesitaba dejar la “Vespa” pero no podía llegar al 1.400. Y así fue como en 1957 la SEAT, con patente italiana de la FIAT, comenzó a fabricar el mítico 600. Por cierto que el primero que fabricaron le fue regalado a un hijo del General Muñoz Grandes, aquel viejo y mal encarado héroe que mandó la División Azul que fue a la estepa rusa a morir defendiendo los ideales del nazismo. Con la llegada del 600, que se siguió fabricando hasta 1973, alguien dijo que las “cuatro ruedas” se habían popularizado y que el coche, como el “NODO”, estaba al alcance de todos los españoles. No era así ya que no todos los españoles podían aspirar a su propiedad y los que podían hacerlo tenían que sufrir largas listas de espera, como los que ahora tiene que ser intervenidos en la sanidad pública. Se ve que esto de las listas de espera va incluido en nuestra idiosincrasia.

El auge de los seiscientos supuso una revolución social. Los domingos las familias con la baca del coche a rebosar de trastos salían a pasar el día en el campo. Los jóvenes que tenían la suerte de ser propietarios de uno de estos cochecillos convertían sus asientos en tálamos de amor y sexo a pesar de la incomidad de la palanca de cambio que siempre se clavaba en el sitio menos apropiado. Eran coches duros y en más de una ocasión nos sirvieron para pasar la frontera y acudir a Perpiñán para ver buen cine o simplemente películas con tetas y pubis que aquí todavía era pecado ver. Algunos incluso peregrinarían a Lourdes o Fátima para pedir por esos hijos descarriados que se empeñaban en no acatar las ordenes paternas. Para todo sirvieron los 600, pero por encima de todas las cosas hicieron que mucha gente por primera vez se creyera poseedora de un bien y cayera en la fantasía de creer que así se acercaba un poco al nivel de vida de los poderosos que entonces ya andaban al volante de un ostentoso Dodge Dart.

Ahora, en la época de la velocidad, de los coches “tuneados”, cuando muchos creen que su vehículo es una prolongación de su pene, vuelve el coche pequeño y utilitario. Esperemos que con él no vuelvan todas aquellas cosas que marcaron la era de los viejos 600 aunque algunos en el día a día de su quehacer político los añoren. Esperemos que nunca vuelvan las viejas banderas victoriosas que canta ese viejo y rancio himno fascista llamado “Cara al Sol” y que cada mañana me hacían cantar, brazo en alto, en la escuela. Bienvenido y larga vida al viejo amigo SEAT 600.

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