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Memoria histórica (y II)

Pascual Falces de Binéfar
Pascual Falces
miércoles, 14 de septiembre de 2005, 01:03 h (CET)
La guerra civil a ras del suelo

Un modo de acercarse, y aprender algo muy serio de la última Guerra Civil española, es tomar como protagonista a la muerte. Los muchos que sufrieron las consecuencias en su carne, comprenderán lo que sigue, y los que no, asimilarán el hecho histórico de que en este país, los asuntos de política, y religiosos o sociológicos, hubo un tiempo en que se lavaron con sangre a raudales. Las palabras y letras, en siglos sucesivos, han de sustituir las manos y las armas, para que nunca más se repita ( unánime afirmación en casi toda la bibliografía sobre el tema, sea del signo que sea), la necesidad de ese modo de arreglar las cosas entre españoles. Han habido suficientes caínes y abeles en la Historia; suceda que su estirpe -con la quijada de burro-, de una vez y para siempre, pueda seguir enterrada en este solar.

Existen numerosos “retazos” escritos por quienes vivieron la Guerra; sus protagonistas. Estos testimonios de lo “qué pasó”, son fuentes veraces acerca de los hechos que presenciaron. Deben ser reproducidos tal y como fueron escritos. Importa más lo que dicen, que “quién” o “cómo” lo hace. Algunos tienen calidad literaria y otros se leen con benevolencia, más por lo que cuentan, que por su expresión. Nadie ha podido levantar –ni nunca ya se podrá- un acta notarial de cada una de las defunciones y consecuencias funestas de esta guerra desbocada y cuajada de razones y sinrazones.

Son muertes a las que ha de acudirse en el respetuoso silencio que merece todo cuerpo privado de vida. La Muerte se movió a su antojo como dueña y señora de un país del que era bien conocedora. Buscó a los españoles en su propia casa, a la hora del reposo nocturno, o “sacados” del seguro recinto carcelario, o en la calle víctimas de un bombardeo o de una bala perdida. En los frentes de batalla fue donde con mayor facilidad pudo recoger víctimas la Parca. A veces, desde el aire surgían las bombas o balas que con puntería afanosa, segaban las vidas. También en el mar, a su orilla o en acantilados, la muerte enviaba cuerpos yertos hacia el abismo.

Muchas heridas abiertas durante aquella guerra, se han cerrado por el paso del tiempo, otras todavía no, lo que impide en el momento actual, históricamente, hacer la autopsia científica que esta mortandad exige. ¿Por qué, prácticamente, media España quiso matar a la otra mitad? La bibliografía directa y “cerrada” ya, deja una sensación nauseabunda sobre aquel conflicto, que no debió haber existido. Entre 1936 y 1939 - treinta y dos largos meses-, España acudió a su dramática cita con la muerte. La sangre derramada violentamente, y la fragmentación del cuerpo humano por la explosión de los sistemas de matar, fue la causa de defunción y mutilación de miles de españoles. Lo que distingue la Guerra Civil española de otras carnicerías bélicas, no es el número de bajas, ni el modo de proceder más o menos salvaje, masivo, o refinado, sino el protagonismo fratricida al unísono de los habitantes de un país. El juicio “a posteriori” de aquella contienda debe ser considerado -no de olvido, porque inscrita está ya en la Historia de España-. La Guerra Civil surgió del pueblo contra el pueblo, los cabecillas desempeñaron un papel secundario, lo contrario resulta una injusta simplificación. La naturaleza humana es capaz de grandes hitos positivos y de las más bajas miserias. Al fin y al cabo, Caín no era español y es el inicuo comienzo... Si aquella generación pudo sentirse “culpable”, la siguiente fue “víctima” del conflicto, y las que sucedan, serán “lectores”; gran responsabilidad de todo lo que se escriba. Los que fueron “niños de la guerra”, formaron parte fundamental de ella, por eso, todavía, están autorizados para emitir su punto de vista.

Una forma sesgada de ver la Guerra Civil, es desde la altura que levanta un muerto sobre el suelo. Goya con sus imágenes de la montaña del Príncipe Pío; Gisbert y sus fusilados junto a Torrijos; y el “Guernica”, recogen modelos para el ojo del pintor, o para el objetivo de la cámara, de cuerpos que yacen, y que se repiten en la historia de esta sufrida piel de toro. Cada día más lejana -los años pasan-, se sumerge en la Historia, y, por ello, es objeto del trabajo de historiadores. Con su subjetividad, quedará finalmente fija en la Historia de España y Universal.

Afortunadamente las “cosas” de aquella guerra se van olvidando y muchas son desconocidas para las nuevas descendencias. Sobre esta guerra se ha escrito profusamente, y solo la investigación historiográfica podrá añadir detalles del trasfondo de la tragedia, pero, todavía la curiosidad por el "qué pasó" promueve nuevas apreciaciones “distantes” que también ayudan a conocer lo incomprensible de aquel memorable fratricidio.

El olor a chamusquina fue tan notorio, que numerosos extranjeros, corresponsales, escritores, historiadores, y políticos, han metido su nariz con mayor o menor acierto e incierta intención. Los “trapos sucios” no se lavaron en casa, como aconseja el refrán. Los españoles forman un pueblo como los demás, con su peculiar sobrevenir histórico y su idiosincrasia, lo suficientemente originales como para no ser fácilmente “comprendido” por extraños.

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