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Etiquetas:   Crítica literaria   -   Sección:   Libros

'Blade Runner', una depresiva visión de futuro

Herme Cerezo
Herme Cerezo
miércoles, 2 de noviembre de 2005, 23:07 h (CET)
Ahora que todo el mundo habla del agujero de la capa de ozono, de ecología, de planetas limpios y ciudades sostenibles (el poseedor del copyright de este vocablo se estará forrando, no lo duden), resulta más que recomendable leer, para quienes no lo hicieron en su día, o releer, para los que sí lo hicieron, Blade Runner del escritor Philip K. Dick (Chicago,1928; Santa Ana, California, 1982).

Blade Runner, novela de ciencia ficción, vestida con traje de thriller, dibuja un futuro francamente desalentador para el ser humano. La mayoría de los habitantes de la Tierra han emigrado a Marte, después de que el Sol dejase de brillar y grandes zonas del planeta se viesen cubiertas por inmensas moles de polvo. Los hombres y mujeres que se han quedado – los desafortunados, los especiales, los cabezas de chorlito –, subsisten como pueden, en enormes edificios semidesérticos, que amenazan permanentemente con venirse abajo, consumidos por el kipel (basura), que se reproduce constantemente. Apenas si quedan animales auténticos, sustituidos por conejos, gallinas, cabras, avestruces o caballos eléctricos. Frases tan curiosas como la gallina se ha estropeado o el gato ha sufrido un cortociruito llaman poderosamente la atención. Los colonos de Marte, para combatir le inmensa soledad del planeta rojo, han diseñado un sucedáneo de ser humano, los androides o andrillos, destinados a servirles de entretenimiento. Seis de estos seres artificiales, del modelo Nexus-6, se rebelan y escapan al planeta Tierra cargados de aviesas intenciones. Rick Deckard, cazador de bonificaciones, eufemístico nombre que designa a los policías especializados en despachar a los fugados, ser deshumanizado y egoísta, conseguirá retirarlos, otro eufemismo, uno tras otro.

Blade Runner, que en realidad se titula ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, invita a efectuar algunas reflexiones. La primera de ellas es que la Tierra vive permanentemente de noche, alumbrada únicamente por luces artificiales. La segunda es que el ser humano se ha elevado a una categoría superior y, como un dios cualquiera, ha creado a los andrillos, especímenes carentes de sentimientos (empatía), a los que ha condenado a una corta vida (cuatro años). En su vertiente divina, el ser humano, por tanto, se revela como un ingeniero genético universal especialmente cruel. En tercer lugar, el hombre ha alcanzado un alto grado de perfección técnica, que le permite dominar sus estados de ánimo, depresión o ansiedad, a través de un aparato, el llamado órgano de sensaciones Penfield. Hay otras reflexiones, pero ésas debe descubrirlas el lector.

Aunque Dick, como en su día le ocurriese a Arthur C. Clark en su famosa 2001, una odisea del espacio, incurrió en el error de creer que el hombre avanzaría demasiado rápido en su desarrollo, la acción de Blade Runner se sitúa en 1992, su novela de prosa rápida nos sumerge en su personal concepción del mundo y del hombre. Consumidor habitual de anfetaminas y atacado de esquizofrenia, el escritor norteamericano conservó la suficiente lucidez para construir esta brillante obra y ello me lleva a pensar si, para calibrar el devenir que nos aguarda, hace falta estar medio loco o simplemente tener una aguda capacidad de observación.

Un último apunte: Blade Runner alcanzó en su día una gran difusión, gracias a la espléndida versión cinematográfica del director Ridley Scott. Él éxito fue tan grande que hoy en las librerías se vende (edición de bolsillo, buen precio, tamaño de letra aceptable) con el mismo título que el film, habiendo condenado al olvido a los androides y sus sueños sobre las ovejas eléctricas. Por eso no me explico cómo todavía no existe una versión de la película en deuvedé, teniéndonos que conformar con las viejas (¿viejas?) cintas de vídeo. Razones ignotas, que escapan a mi entendimiento, tendrá la industria cinematográfica para ello.

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