Quantcast
Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto. Noticias y opinión
Viajes y Lugares Display Tienda Diseño Grupo Versión móvil

Opinión

Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

Diamantes funerarios

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
domingo, 11 de septiembre de 2005, 22:42 h (CET)
En este mundo dominado por el capitalismo global todo puede convertirse en negocio. Hasta la muerte. Estos días estamos viendo como al bajar el nivel de las aguas en Nueva Orleáns comienzan a aparecer centenares, quizás miles, de cadáveres, y mientras sus deudos les lloran los fabricantes de ataúdes y de esas bolsas negras, que lo mismo sirven para trasladar los caídos en combate en las lejanas tierras de Irak que los ahogados por la incompetencia de la administración Bush, se frotan las manos viendo cómo sube la gráfica de su cuenta de resultados. Se dice del cerdo que es un animal del que se aprovecha todo, quizás los humanos estemos más cerca de los gorrinos- con perdón- que triscan por las dehesas o se amontonan en las granjas que de los chimpancés. De nosotros también se aprovecha todo, hasta la muerte.

Los ritos funerarios se han acompañado a lo largo de la historia de un cierto boato. A los faraones les gustaba ser enterrados en grandes construcciones que ahora sirven para atraer el turismo de masas y el interés de los arqueólogos. Se hacían enterrar con sus riquezas y en más de una ocasión con la compañía del arquitecto director de la construcción piramidal para así evitar que revelase los secretos de cómo llegar a ella. Los chinos enterraban a sus poderosos en ataúdes colgantes para que estuvieran más cerca del cielo y así les protegieran. En Filipinas, en la cueva de Sagada, todavía se deja a los muertos dentro de troncos debidamente ahuecados para que allí acompañados de la humedad se vayan descomponiendo. En la civilización occidental los poderosos se hacían y se hacen construir grandes mausoleos coronados por esculturas alegóricas de su pasado y poder y la aristocracia del finado se medía en el número de caballos que arrastrasen su carruaje mortuorio. Hay cementerios donde la zona de panteones se parece más a una urbanización de adosados que a un campo santo. El destino del común de los mortales es ir a pudrirnos a un nicho donde una lápida con nuestro nombre, quizás el escudo de nuestro equipo futbolístico y las fechas que han marcado nuestro paso por este valle de lágrimas nos recuerden mientras nuestros deudos vendrán a ponernos flores cada uno de Noviembre.

Pero el espacio es pequeño, las ciudades cada día se hacen más grandes y los cementerios más pequeños. Ello ha llevado a que muchos queramos ser incinerados. Yo personalmente no quiero darles a mis hijos más trabajo una vez esté en el descanso eterno que el que les he dado y les doy en vida, no quiero ponerles como obligación que cada noviembre cuando el invierno empieza a asomar tengan que venir a limpiar la lapida y poner flores donde ya nada quedará de mí. Prefiero arder y así si voy al infierno ya habré tenido un adelanto del fuego eterno. “Nunca morirás del todo mientras aún quede alguien que recuerde tu nombre”. Eso dicen los chinos y yo quiero ser recordado así.

El problema es qué hacer con las cenizas. A mí me gustaría que mis descendientes y amigos las lanzasen al mar Mediterráneo ya que en sus riberas he sido y pienso seguir siendo feliz por muchos años y después se fueran de comilona y brindaran a mi salud. Se que contaminaré, un poco menos que los petroleros, el mar pero si me esparcen por la montaña tampoco harán ningún bien al medio ambiente. Si las entierran en cualquier chalet a los pies de aquel pino que planté de joven para que me dé sombra el día que quieran vender el chalet no podrán obtener un buen precio ya que mi silenciosa presencia no será bien vista por los nuevos propietarios. Tampoco les aconsejo dejar la urna del finado encima de la chimenea, es de mal gusto podría caer romperse y mezclarse con las cenizas de las brasas donde hemos asado las chuletas. Por eso ahora en algunos tanatorios de pago, por supuesto, han comenzado a instalar urnarios, es decir un lugar donde dejar esas cenizas que no podemos ir paseando de arriba abajo.

La solución la ha encontrado una empresa suiza radicada en Barcelona. Con las cenizas del finado y mediante un elaborado proceso hacen un diamante. Y ya se sabe que un diamante es para siempre. Así además de llevar al difunto en el corazón y el recuerdo lo podrán llevar en un reluciente anillo. Y si un día la necesidad aprieta siempre podrán venderlo o acudir a cualquier casa de empeño. Será el último y en algunos casos el mejor servicio que el difunto les habrá dado. Ya lo ven, como de los cerdos todo en nosotros, los humanos, es aprovechable. De todas maneras espero que esto tarde no tengo ninguna prisa en que me canten el “Dies irae”. Este mundo es feo, inhóspito y cruel pero no tenemos otro.

Noticias relacionadas

Gobernantes y gobernados

De la adicción a los sobornos, a la adhesión de los enfrentamientos: ¡Váyanse al destierro ya los guerrilleros!

Borrell en retirada o táctica del PSOE

Pátina de sensatez capaz de equilibrar unos nombramientos en su momento tomados como extravagancias

Plagscan desmiente a la Moncloa y R.Mª.Mateo censura la TV1

Un gobierno enfocado únicamente a conseguir mantenerse en el poder

Inexorable Fin de la Farsa del “Sahara Occidental”

En 1975 un pueblo desarmado derrotó al último aliado de Hitler y Mussolini que seguía delirando tres décadas después de la disolución del Eje

Respeto a la Presidencia del Gobierno

'Avanzamos' como eslogan de bienvenida
 
Quiénes somos  |   Sobre nosotros  |   Contacto  |   Aviso legal  |   Suscríbete a nuestra RSS Síguenos en Linkedin Síguenos en Facebook Síguenos en Twitter Síguenos en Google Plus    |  
© Diario Siglo XXI. Periódico digital independiente, plural y abierto | Director: Guillermo Peris Peris