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Etiquetas:   Crítica de cine   -   Sección:   Cine

Princesas: prostitución en almíbar

Gonzalo G. Velasco
Gonzalo G. Velasco
lunes, 24 de octubre de 2005, 00:40 h (CET)
Fernando León de Aranoa, el cineasta social con nombre de aristócrata y aspecto de clon macilento del cantante de Los Suaves, vuelve por sus fueros a las pantallas de nuestros cines para aleccionarnos una vez más sobre la realidad que nos rodea. Después de haber glosado las excelencias de las familias disfuncionales (Familia), los jóvenes de extrarradio (Barrio), y los parados (Los Lunes al Sol), el joven director nos acerca, en su habitual tono panfletero, maniqueo y tramposo, al sórdido mundo de las prostitutas madrileñas. Lo próximo, digo yo, serán los locos, los ancianos, los objetores de conciencia o cualquiera de esos temas “de rabiosa actualidad” con los que nos solían dar la barrila aquellos profesores con olor a alcanfor en las clases de ética del instituto.

La protagonista de la función es Caye (el nombre ha debido parecerle al director y guionista el colmo del subtexto metafórico), una prostituta majísima y de corazón más amplio que un punto de venta de Ikea, cuyos delirantes arranques filosóficos (¡no se pierdan ese pringoso monologo sobreactuado y pseudotrascendente acerca de la nostalgia de las cosas que no han pasado) y espasmos poéticos (¡memoricen su perorata sobre el amor y utilícenla para ligar en un alter-hours!) la convierten en un híbrido inestable entre Santa Teresa de Jesús y la Cabiria de Fellini, salvando las distancias, por supuesto.

La tipa en cuestión conoce a otra prostituta dominicana con la que al principio tiene sus rifi-rafes debido a asuntos de competencia laboral y xenofobia, pero como bien nos enseña Fernando León, tan sutil como siempre, la xenofobia es muy, muy, muy mala, y a la postre, Zulema, que así se llama la prostituta foránea, se revela como otra ramera majísima de gran corazón. El efecto se reproduce ad-infinitum con el resto de los personajes suburbanos del film, y es entonces cuando uno se pregunta si en este mundo de Dios no hay ninguna puta o persona de baja extracción social que muestre siquiera un atisbo de ambigüedad moral, pues en Princesas queda bien claro que las prostitutas y los yonkies son gente superguay mientras que el resto somos todos una panda de sinvergüenzas crueles y manipuladores.

Vamos, que seguro que a Zapatero la película le encantará. Más buenrollista no puede ser. ¡Incluso parte de la banda sonora la firma Manu Chao, que no pierde comba para afianzar su imagen de artista comprometido junto al gran gurú! La pirotecnia demagógica de Princesas es de tal magnitud que muy pocos reflexionarán acerca de la enorme previsibilidad del film (siempre pasa lo peor o lo más triste), su inverosimilitud galopante (entre otras cosas, una prostituta sin papeles es contratada sin mayor problema para dar clases de educación sexual en un instituto y un alto cargo del gobierno pone a disposición de otra meretriz una enorme limusina que pasea sin complejos por la zonas más deprimidas de la ciudad) o, mensajes adoctrinantes aparte, la ciclópea vacuidad de su contenido, (en más de una ocasión León de Aranoa se ve obligado a disimular lo insulso de su soflama con larguísimas secuencias de montaje absolutamente fuera de lugar). Eso por no hablar de la pomposidad de los diálogos, el tonillo declamatorio de muchos de los intérpretes, o lo absurdo que resulta ver a un tipo como Antonio Durán “Morris” ejerciendo de policía maltratador malo-malísimo.
Les hablo en un tono tan expeditivo porque desde otros medios de comunicación con intereses económicos en el éxito de la película, ya se encargaran de lavarles el cerebro para que, por inercia isomórfica, piensen en Princesas como en una grandísima y personalísima película de autor, igual que ocurrió con la execrable Mar Adentro. Por mi parte, con sembrarles la duda tengo bastante. Si de verdad quieren comprender mejor el mundo de la prostitución, cojan esos ocho euros que les pueda costar la entrada y experimenten la realidad en primera persona. Les aseguro que no se parece en nada a lo que Fernando León de Aranoa propone en su película, por mucho que el muy inocente, tal vez víctima de su propio cine, piense lo contrario…

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