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La carga sanitaria

Pascual Falces de Binéfar
Pascual Falces
miércoles, 7 de septiembre de 2005, 22:52 h (CET)
No es posible saber si el pistoletazo de salida del curso político que ha supuesto la llamada de atención hacia el déficit sanitario en nuestro país, ha sido orquestada desde el Gobierno cual tinta que el pulpo arroja cuando quiere escabullirse, o, que, realmente es tan enorme, que no puede mantenerse oculto por más tiempo. A los tres o cuatro días de ponerse de actualidad se ha dejado hablar de él, aunque la envergadura del problema es de esperar que lo traerá de nuevo a primer plano. La simplificación, ofrecida por el Gobierno, de que gravando el consumo de alcohol y tabaco puede paliarse, aparte de ser un burdo parche, resulta una torpe manera de afrontar un problema de primera magnitud, -el primordial-, en una sociedad con el nivel de desarrollo y acomodo de la actual de España.

La sanidad, como conjunto de servicios para preservar la salud de los habitantes de una nación, es un término que ha alcanzado con el estado del bienestar su máxima expresión, o, al menos, su más ambicioso propósito: la atención médica gratuita y para todos los ciudadanos. Algo, que, contemplado desde muchos puntos de vista, por deseable, no resulta menos difícil de alcanzar. La salud es la mayor pretensión a que cualquier aldeano –como sus antepasados- aspira, y el mejor deseo de unos para otros. Un Estado previsor que asuma la obligación de preservarla sin coste para el usuario, es algo que quienes lo disponen han de felicitarse por disfrutar de tal privilegio. Es también motivo de envidia del resto del mundo, probablemente sin exageración.

El país más poderoso del globo, hasta sufrir la humillación de la furia desatada de la naturaleza en Nueva Orleans, carece de un sistema comparable al que en España se ha logrado. La antigua Beneficencia Pública que afrontaba como podía los quiebros de salud antes de instaurarse el SOE (Seguro Obligatorio de Enfermedad), en 1945, era más barata, no porque fuera de inferior calidad, que lo era, sino porque se pagaba en buena parte, con el trabajo altruista de médicos, practicantes, y ¡monjas!... No es lo mismo que sostener un funcionariado, a la escala que se quiera, pero nacional, de “profesionales sanitarios y auxiliares cualificados”, además de sostener en funcionamiento, magníficos establecimientos hospitalarios. Asimismo, la atención comprende, también, el gasto farmacéutico de la población en su mayor parte. Carísimo, bajo cualquier modo de verlo, excepto bajo el de que la Salud es un bien primordial.

La “caja” de la Seguridad Social, montada con el dinero de todos los que han sido elementos productores en este país en los últimos cincuenta o sesenta años, ha de hacer frente no sólo a las clases pasivas, cada día mayores, sino al sostenimiento de la salud colectiva. Ocurre, que, puestos a tener déficit por algo, es preferible que sea por otorgar este derecho, que, sin ir más lejos, mantener lujos como televisiones públicas al servicio de gobernantes, o, el, también carísimo, estado de las autonomías. (Continuará).

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