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Etiquetas:   Las plumas y los tinteros   -   Sección:   Opinión

Gente de cultura, la prensa

Daniel Tercero García
Daniel Tercero
miércoles, 7 de septiembre de 2005, 00:04 h (CET)
Ya no quedan más de tres, máxime cuatro, eruditos en España, me decía este pasado fin de semana un devorador de la cultura en general, y el arte y la historia en particular. Y, lamentablemente, no le falte razón.

Paralelamente al crecimiento económico y social de España, desde los años 60, se ha ido produciendo un declive cultural y educativo, que lo más probable es que sea uno consecuencia de lo otro. Esto, que me recordaba Alejandro –el ya citado devorador de humanidades-, no tiene su inicio, según mi parecer, en los años 60 del siglo XX. Viene de antes. Si se ojease la prensa de principios del siglo XX veríamos como grandes figuras intelectuales firman artículos de gran calado y resonancia en el mundo cultural y político. Así, Ramiro de Maeztu, Pío Baroja, Azorín, Antonio Machado, Valle-Inclán, Blasco Ibáñez, Pérez de Ayala, Unamuno, Ortega y Gasset, Guillén, García Lorca, Zambrano… y tantos otros protagonizan la escena periodística, literaria y cultural del país durante las primeras décadas del siglo.

De esta manera la fatídica Guerra Civil (1936-1939) marcó un antes y un después en el mundo cultural nacional (además de las penurias, sufrimientos y muertes que cualquier guerra puede causar), pero sobre todo lo que la incivil guerra dejó encima de la mesa fue un declive global de la cultura, que subsistió hasta los años 60 y 70 pero que entró en barrena a partir de estas décadas para llegar a la situación actual. Es decir, para llegar a la mediocridad del más fuerte.

Que el nivel de la educación, y con esta la cultura, ha descendido nadie lo pone en duda. Es más, nadie se escandaliza cuando se oye decir que la educación está muy mal. El más claro ejemplo de la calidad de la cultura que poseemos es la representación que año tras año realizan los políticos sobre los temas educativos y culturales. Estamos abocados a tener nuevos planes educativos –y grandes proyectos culturales irrealizables- a la vez que cambie el partido que gobierne el país. La cultura, el arte, la historia, son pasto de políticos que su único objetivo es mantenerse en un sillón oficial el máximo tiempo posible, a costa de lo que sea.

En la prensa, sobre todo la escrita, la tradicional, el panorama no es mucho más alentador. ¿Qué opinarían los arriba ilustres citados si levantasen cabeza y comprobasen que el diario que más se vende en España es de contenido exclusivamente deportivo? ¿Dónde están los articulistas, opinadores, gentes de la cultura, en la prensa actual? A principios del siglo XXI los protagonistas de los periódicos ya no son las plumas preclaras de principios del siglo XX, sino que son, qué duda cabe, las empresas que mantienen las cabeceras y, en menor medida, los directores de los diarios. Estos últimos son, en la mayoría de los casos, las plumas más influyentes de nuestra actualidad pero nunca podrán contar con la independencia que sí puede tener el articulista.

Alejandro, que ha pasado unos días en Barcelona, me explicaba muy gráficamente la sensación y explicación que él tenía de la actual situación de la cultura en general y de la prensa en particular. Lo primero que objetaba era que nada que no saliese impreso en las páginas de un diario sería admitido como cultura por el grueso de la ciudadanía. Y, para salir en la prensa diaria se tenía que estar a bien con el poder político. Lo cual hace perder toda la esencia básica del periodista, del buen periodista, y del intelectual. Lo segundo, y este motivo era el causante de que ya no leyese la prensa, era que la decisión de lo que se debe publicar y lo que no la toman gente que no tiene ni idea de lo que es la cultura. Y por último argumentaba que tras llenarnos el estómago de comida, ahora nos llenaban la cabeza de idioteces que no tenían nada que ver con la cultura. Pena le daba ver los quioscos llenos de libros y comprobar cómo han ido cerrando las librerías que él, allá por los años setenta de la bohemia Barcelona, frecuentaba con regularidad.

Así pues, tras ir a la estación a despedir a Alejandro, me acerqué al quiosco más cercano que encontré. Compré tanta prensa como me fue posible y me dediqué durante todo el día a intentar demostrar que mi buen amigo no tenía razón. Y, en efecto, no tiene razón, ni tan siquiera encontré a esos tres o cuatro eruditos de los que me habló.

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