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Etiquetas:   Artículo taurino   -   Sección:   Toros

Navalón: una fiera acorralada

Ignacio de Cossío
Ignacio de Cossío
miércoles, 3 de mayo de 2006, 23:25 h (CET)
Hace unos días se perdió en la espesura de la niebla la voz y la palabra de todo un maestro de los toros, Alfonso Navalón. Desapareció para siempre un periodista de raza, de instinto, tan lleno de excesos como de ingenio, que más bien hacía que su pensamiento y pluma acerada viajaran juntas por las páginas de sus artículos.

Atrás quedó la cara amable esculpida en su opera prima Viaje a los toros del Sol, todo un ejemplo de afición y devoción hacia el campo bravo, que más tarde llevaría a la práctica en las lindes charras de su Berrocal del alma. En aquel paisaje de tumbas de piedra y paredes manchadas por el humo de encinas abrasadas, tuve la suerte de conocerle. El mordaz y polémico crítico que un día salió a hombros por el patio de arraste de Las Ventas, se escondía tras una vieja máquina de escribir junto a la chimenea de su casa. Su tono aún lo recuerdo vivo y actual golpeando los tímpanos del silencio. Entonces nadie tras Corrochano, Cañabate y Vidal superaba ese gracejo que le hizo tan famoso más allá de la fiesta. El año que llegamos a compartir juntos la radio en Antena Sevilla hizo que pronto se ganara mi amistad hasta el punto de incluirle en la biografía de mi tío José María con su bello artículo titulado “El Santón de los toros”.

Llegué un poco tarde pero disfruté mucho de sus escritos congelados en las hemerotecas tan llenos de pasión como escasos de medida, que me adelantaron casi sin saberlo la figura del último Navalón que más tarde conocí en Tribuna. Sus palabras de aquellos primeros años nada tuvieron que ver con las más recientes. Aquellas saltaban desveladotas hacia una realidad que muchos pretendieron acallar. Poco o nada ha cambiado desde entonces y hoy más que nunca sus letras nos son tan actuales como las noticias de cualquier revista de hoy. Se sigue afeitando, siguen pagando novilleros y hasta no pocos toreros hacen lo propio para torear en carteles y ferias de relumbrón. El toro ya no es el rey de la fiesta y los ganaderos, que se niegan al chantaje de las figuras y sus veedores, se cuentan con los dedos de una mano. Casi todo el mundo vive de espaldas a la vocación que les inició en esto y ejerce la crítica profesionalizada sin contemplar los pilares de su grandeza basados en el arte y el romanticismo. Aquellas palabras maestras, llenas de ironía e ingenio, llenaron toda una época de España, pese a muchos de los actuales mandamases del toreo han querido volver a callarlas para siempre.

Pero también no es menos cierto que con muchos se equivocó al entrar en el campo de lo personal, de la acusación particular y el insulto inexcusable, propios de una fiera acorralada y cegada a coces. Aquel nuevo hombre no era el Alfonso Navalón que yo conocí en Salamanca, el amigo, el magnífico aficionado y el mejor escritor…era alguien al que todavía hoy no reconozco. Al margen de su última etapa cargada de violentos zarpazos alejados del ruedo y más propios de un púgil noqueado, siempre le recordaremos toreando en Carreros con aquella muletilla de Paula a lo Pepe Luis y escribiendo al compás lento y pausado del cencerro del viejo Gracialiano. Ése fue el único Navalón que busqué sin desmayo anclado en un poso de pureza y de verdad.

Desgraciadamente un hombre que pudo reinar y que no supo o no quiso hacerlo, quizás por sus formas y modos plasmados en aquella sombría y última etapa grajeada de enemistades con casi toda la profesión, desapareció en silencio. De él deberíamos heredar tan sólo aquellos primeros y desinteresados años, cuando vestido de cronista taurino y sin tomar ventajas de palabras burdas y soeces, ejerció como pocos el sano ejercicio de la denuncia de aquellos males que desde siempre han ensombrecido a la fiesta situándola al borde del abismo y de la desaparición.

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