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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

Llanto por Nueva Orleáns

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
domingo, 4 de septiembre de 2005, 22:20 h (CET)
Si hasta hora había alguna persona en el mundo que nunca hubiera oído el nombre de la bella ciudad de Nueva Orleáns a partir de ahora ya no podrá decir lo mismo. Durante esta semana todos los telediarios empiezan y terminan con imágenes de la ciudad “créole” pero son imágenes que no se parecen en nada a la urbe que era hasta hace tan sólo unos días. Sus habitantes, hasta ahora, tenían como divisa la frase “Laissez les bons temps rouler”, dejar rodar los buenos tiempos, ahora, por culpa de los vientos del Katrina y la incompetencia de las autoridades federales ya nunca más podrán dejar andar a los buenos tiempos. Hoy es tiempo de llanto, desgracia y muerte en la ciudad díscola de Estados Unidos. Ya nadie pasea por Bourbon Street admirando los bellos balcones de hierro forjado que jalonan, tal vez hay que decir que jalonaban, esta mítica calle llena de pubs, bares y locales donde siempre, a cualquier hora del día o la noche, era posible escuchar el mejor jazz, tomar un buen “bourbon” o adentrarse en el culto del vudú. Las aguas del delta del viejo Misisipí han anegado la ciudad llenándola de pena, putrefacción y cadáveres. Y todo lo hemos podido ver en directo sentados cómodamente en el sillón del saloncito casero.

Viendo las imágenes de esos miles de personas refugiadas en lugares como el “Superdome”, el estadio de la ciudad, nos creíamos trasladados a cualquier zona catastrófica del Tercer Mundo. Pero no, la realidad es que estábamos presenciando una catástrofe inenarrable y llena de crudeza, como todas las catástrofes, en pleno corazón del país más rico del mundo. El corazón del imperio se ha anegado no sólo de agua, también de pena, tristeza y rabia. Y, como pasa siempre, han sido los desheredados de la fortuna los más perjudicados. Los que no tenían nada que perder lo han perdido todo, algunos incluso la vida. Ancianos, negros, blancos pobres, es decir, todos aquellos que no tuvieron un medio para evacuar la ciudad han sido los mayores perjudicados por la llegada de Katrina. A estas alturas del siglo XXI tenemos la capacidad técnica para predecir las catástrofes de la naturaleza pero somos incapaces de remediarlas, y para muestra basta observar las reacciones del gobierno de Bush ante esta demostración de fuerza de las aguas desatadas.

El orgullo tejano y la prepotencia del presidente vaquero le hizo decir, después de sobrevolar la zona a bordo del “Air Force One”, el avión presidencial, que a los USA no les hacía falta la ayuda exterior. Cinco días después y al tiempo que el Ejercito comenzaba a llegar con medicinas y alimentos para los sitiados por las aguas del temporal su equipo de “spin doctors” (asesores de imagen) lo llevaron a la zona cero de la catástrofe para televisar en directo a todo el país su llegada junto con la de los auxilios y su reconocimiento de que alguna cosa no se había hecho bien. Antes había tenido que escuchar a Ray Nagin, alcalde de nueva Orleáns, decirle que moviera el culo y leer en los más prestigiosos periódicos estadounidenses duras críticas a su gestión. Pero ya se sabe que todos estos políticos que acostumbran a poner los pies sobre la mesa y hablar español con acento tejano son tardíos en reaccionar ante lo imprevisto. ¿Recuerdan al Aznar del Prestige?.

Lo malo es que todo esto se podía haber evitado. En el año 2002 el “New Orleáns Picayune” publicó un largo y detallado informe donde se predijo la rotura de los diques que ahora se ha producido así como el número de victimas que el senador republicano David Vitter ya cifra en más de 10.000 muertos. Si una mínima parte de los gastos guerreros enterrados en Irak en defensa de las grandes petroleras se hubiera destinado a reforzar los diques que protegían a la ciudad de las aguas ahora no estaríamos ante semejante catástrofe que además de las vidas humanas tendrá un coste aproximado de 100.000 millones de dólares.

El presidente Bush, que ha ido a esconder la cabeza detrás de su padre y del expresidente Clinton, presume de buen cristiano. Tal vez se tome lo ocurrido como un aviso de ese Dios vengativo que no permite a los humanos que le enmienden la plana ni le destrocen lo que tan sólo le costó seis días de crear y no desprecie ya el tratado de Kioto firmado por aquellos países que todavía creen que es posible la salvación del planeta, ni continúe recortando de manera drástica las prestaciones sociales pues si de algo ha servido el paso de Katrina ha sido para quitarle la careta a la imagen de prosperidad y riqueza de los EE.UU. Allí también hay pobres y, como siempre pasa, estos días han sido los más perjudicados. Estos días los entierros en Nueva Orleáns no son alegres, no siguen al ataúd del finado los deudos bailando al ritmo de una banda de jazz, los sequitos que siguen al cadáver llevan los ojos impregnados de lágrimas de rabia, dolor y odio hacia esas autoridades que durante cinco días les han tenido abandonados.

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