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Etiquetas:   El espectador   -   Sección:   Opinión

Ibarreche el delincuente

Jorge Hernández

domingo, 4 de septiembre de 2005, 06:16 h (CET)
Un Estado solvente, respetuoso de sí mismo, no puede tolerar que sus dirigentes invoquen la ilegalidad y el terrorismo. Ibarretxe es, antes que un notable del PNV, la máxima autoridad del estado en el País Vasco y lo que no puede hacer es incumplir la ley, aunque se le ponga en la entrepierna al del entrecejo.

El líder de la derecha soberanista vasca, siempre seducido por la contemplación de la izquierda terrorista e independentista, quiere iniciar una ronda de conversaciones (discretas, por supuesto, dice el interfecto) con los partidos de su ámbito de actuación y, según sus propias declaraciones, estará entre ellos la ilegalizada Batasuna porque es necesario «superar la cultura del enfrentamiento para abrazar la del entendimiento». La provocación del lendakari no es nueva, surge cada vez que se le acaba el repertorio democrático de su corto catálogo político. En esta ocasión, por razones de oportunidad, resulta totalmente intolerable y merece la reprobación de los próximos, la repulsa de sus vecinos parlamentarios en Vitoria e, incluso, con los trámites que son de reglamento, la actuación del fiscal. Porque sino, habría que calificar al presidente de la comunidad autónoma de delincuente

En función de nuestro ordenamiento constitucional, bien matizado por el estatutario, el País Vasco es una parte notable de España, y el presidente de su Ejecutivo es el máximo representante en el territorio del mismísimo Estado. ¿Cabe en la razón que, en una torpe pirueta, el Estado se disponga a conversar, con cuanta discreción se quiera, con una fuerza política ilegalizada por ser, precisamente, la expresión política del terrorismo de ETA?

Por españoles, tenemos el ánimo muy hecho al despropósito. Aún así lo de Ibarretxe resulta ya tremendamente fatigoso. Se le puede llegar a comprender cuando, en los procesos electorales, trata de buscar notas diferenciales y, víctima de su propia formación -lo de Sabino Arana es un esperpento, no una doctrina-, hable de Euskadi como si se tratara de Dinamarca y de España, de la que contento o disgustado forma parte, como algo distinto y próximo al África central; pero ahora, en el arranque de un curso nuevo, es ya la provocación como sistema. Un Estado solvente, respetuoso de sí mismo, no puede tolerar que sus dirigentes invoquen la ilegalidad y el terrorismo. Eso lo hace magistralmente Josep Lluís Carod-Rovira, pero tiene la habilidad de haber dejado para otros la función institucional y haber quedado, libre como un pájaro, para la excentricidad provocadora y la formulación ligera de las extorsiones que remedian la escasez de su partido. Que se ande con ojo el perillán.

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