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Más sobre el ombligo, y el 'canuto'

Pascual Falces de Binéfar
Pascual Falces
viernes, 2 de septiembre de 2005, 00:30 h (CET)
Dos cosas nos llevan a mal traer en esta España de nuestros días: el excesivo deleite en la observación del propio ombligo, y la contemplación del entorno a través de un canuto (tubo de longitud y grosor no muy grandes). Si estas condiciones se hubieran dado como dominantes en la Historia del país, sin duda que no hubiera discurrido por los cauces que se conocen.

¿Adónde están los votos de quienes, abiertos al mundo y sin actuar como si fueran el centro del mismo, permiten que pacatos nacionalismos ocupen suficientes escaños como para resultar definitivo su punto de vista en los hemiciclos regionales... y su consecuencia en el cautiverio del inquilino actual de la Moncloa? Con tales puntos de vista localistas prevaleciendo sobre la gobernabilidad del resto del país, se corre el riesgo de ir de bruces hacia el porrazo del miope lanzado a la carrera sin gafas ni frenos.

El ser humano, cuando adquirió la condición de tal, se distinguió de sus antecesores por la bipedestación estable. Así, pudo mirar al frente y descubrir el horizonte. Levantar el dorso de pecho y abdomen, hasta llegar a una línea recta superpuesta a las extremidades inferiores, exige la contracción de los músculos glúteos, ya se sabe... los que de manera redondeada están al final de la espalda, o, donde ésta misma pierde su honesto nombre. Así, en pie, sintió la atracción de la lejanía, y encaminó sus pasos a descubrirla.

Los ojos están orientados hacia el frente, y para alcanzar otras perspectivas se ayudan con movimientos complementarios del resto del cuerpo. Ningún obstáculo existe, anatómicamente, que impida una visión global. Tan sólo, que, por comodidad, inventó un “canuto” artificial como consecuencia de una actitud voluntaria y perezosa para contemplar lo que tiene delante. Así es como consigue reducir la amplitud del horizonte a un pequeño círculo de subjetividades ajenas a la extensión del objeto de contemplación en sí mismo.

Si el programa Google Earth, por ejemplo, parecía ayer, en esta misma barrida columna, una buena herramienta de ayuda para dejar de considerar la ojeada desde el balcón doméstico como centro del globo, la necesidad de “des-encanutecerse” no parece tarea tan asequible. La comodidad de la apreciación particular es indiscutible; resulta muy ventajosa para imponerse y dominar el pequeño diámetro de percepción que proporciona. Para algunos, ya se sabe, lo que no ven, no existe.

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