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Gasoducto noreuropeo: respuesta rusa a los revoltosos de la CEI

Alexei Makarkin
Redacción
viernes, 2 de septiembre de 2005, 00:30 h (CET)
La competencia que arrecia en el espacio postsoviético, se manifiesta, ante todo, en las sensacionales acciones políticas. A este respecto, un lugar prominente corresponde, indudablemente, al proyecto de la Unión del Báltico, el Caspio y el Mar Negro, hecho público en el reciente encuentro Cumbre realizado en Crimea con participación de los presidentes de Ucrania, Georgia, Polonia y Lituania. Es evidente que se trata de crear un centro de influencia alternativo a Rusia en el territorio de la ex URSS, alternativo a Rusia, apuntalado con las ambiciones de Polonia que desde hace mucho pretende el papel de líder informal de nuevos miembros de la Europa Unida. Los participantes de ese bloque que se está formando de entre los países de la Comunidad de Estados Independientes, la CEI, ante todo, Ucrania, cifran esperanzas en estructurar relaciones positivas con la UE que, sea en una perspectiva alejada, les ayudarían a realizar el sueño recóndito de integrarse en Europa.

En la cresta de las revoluciones "de color" los promotores de este proyecto irradian optimismo. Pero no todo es tan fácil como puede parecer: a la par con el factor político existe también el poderoso factor económico. A saber: el papel especial que desempeña Rusia como exportadora de gas al Viejo Mundo.

Este papel no está expuesto a la coyuntura política, porque el gas se extraía en la época soviética, en los impetuosos años 90 y se extrae también ahora. Mientras los líderes de cuatro Estados efectuaban negociaciones en Crimea, sin haber invitado a su colega de Rusia, fue anunciado el comienzo de las obras del gasoducto Noreuropeo (GNE). Durante medio año serán tendidos los primeros cien kilómetros por el territorio de la Provincia de Leningrado. En el segundo trimestre de 2006 el "Gazprom" planea poner en explotación el primer sector del nuevo gasoducto de 140 km de largo que pasará por el territorio de las Provincias de Vólogda y de Leningrado. En el futuro, se proyecta tender el gasoducto por el fondo del mar Báltico hasta la ciudad alemana de Greifswald. Según los planes, todo el gasoducto entrará en explotación en 2010.

La componente política del proyecto está a la vista: Rusia transporta gas a Europa eludiendo los Estados de tránsito, lo que puede crear grandes problemas económicos para Ucrania y Polonia. Procede recordar que entre Ucrania y Rusia surgen conflictos sistemáticos en torno al transporte de gas, sin embargo las ventajas obvias relacionadas con la situación de Estado de tránsito permiten a la parte ucraniana eludir problemas desagradables. Pues, ahora la situación podrá cambiar en principio: ya en perspectiva a plazo medio para Rusia podrá aparecer una atractiva alternativa a la ruta ucraniana.

El proyecto del gasoducto sería irrealizable sin el interés revelado por las importantísimas compañías alemanas. En abril se logró acordar la participación en éste de la compañía "Wingas", estructura filial del "Gasprom", y del consorcio alemán BASF. También se discute en serio la posibilidad de incorporar al proyecto el consorcio Rhurgas", partenaire tradicional del "Gasprom". Importantísimos bancos internacionales mostraron interés por conceder créditos para las obras del gasoducto.

Está claro que la opinión pública europea simpatiza con la revolución color naranja de Ucrania y apoya las contradicciones de Polonia con Rusia. Pero los intereses de negocio de las compañías alemanas (y no sólo alemanas) les dictan una opción pragmática a favor de optimizar la cooperación con Rusia en materia de gas. En estos momentos, Polonia cifra grandes esperanzas en el cambio del gobierno en Berlín: si Gerhard Schroeder tiene fama de partidarios de la aproximación activa con Rusia, pues Angela Merkel, sucesora más probable de éste, tiende más bien hacia Washington y Varsovia (visitó precisamente la capital polaca durante su campaña electoral).

Bien se sabe que los consorcios alemanes prestan atento oído a la postura del gobierno: a juzgar por todo, este hecho desempeñó su papel también en el caso del Gasoducto Noreuropeo, cuyas obras Schroeder comenta muy positivamente. Pero no hemos de olvidar que en Alemania, como en el resto del mundo, se observa también una tendencia contraria: el gobierno no puede dejar de tener en cuenta la opinión de los círculos de negocios, con la particularidad de que la UDC se considera tradicionalmente como partido más allegado al gran negocio que el PSDA. De tal modo, en caso de la victoria electoral de los centroderechistas, el proyecto del gasoducto podrá seguir realizándose.

¿Cuál será la respuesta de los Estados de tránsito (todavía) al proyecto ruso-alemán? De los archivos fue sacado urgentemente el viejo plan de tender un gasoducto de Turkmenia eludiendo Rusia, presentado hace cinco años por Yulia Timoschenko (entonces en su calidad de vicepremier). Ahora Timoshenko logró ponerse de acuerdo con la compañía "Gaz de France" de aunar esfuerzos en la realización de ese proyecto. Procede señalar que se planea recibir gas tanto de Turkmenia como de Irán. Pero si el proyecto ruso ya comenzó a realizarse, la alternativa de Kíev se encuentra hasta hoy a nivel de protocolos de intenciones sumamente vagos. Además, la cooperación en materia de gas entre Ucrania y Turkmenia atraviesa un período nada bueno (Turkmenbashi acusó en público de abusos a sus partenaires de Kíev). Difícilmente se podría hablar de ciertos proyectos con participación simultánea de europeos y de Irán en la presente situación tirante. Por esta razón, hoy por hoy parece sumamente dudosa la posibilidad de realizar la alternativa "meridional" al gasoducto Noreuropeo. Esto quiere decir que Rusia adquiere un esencial argumento de "gasoducto" en el gran juego que tiene por escenario el espacio euroasiático.

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