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Etiquetas:   Algo más que palabras  

Palabras que quieren ser vida para la vida de Olga Ramos

Víctor Corcoba Herrero
Víctor Corcoba
sábado, 27 de agosto de 2005, 00:30 h (CET)
Ella fue el alma del verbo y el verso de un violín que hizo del cuplé un viento de castizas sensaciones y un arte, entre pícaro y popular, que invita al diálogo o a la conquista del sueño. Se nos ha ido la gran señora Olga Ramos, la historia viva de los café conciertos de Madrid a los que tuve la dicha de acudir para crecerme en la poesía o recrearme en la finura, como antaño lo hicieron literatos de cátedra o políticos de postín. Por siempre su nombre quedará grabado al casticismo madrileño, una forma de ver y de vivir la vida, y a esos salones noctámbulos cupletistas de señorial atmósfera y socarrones divertimentos. Tuvo el don de conquistar todos los públicos y de reconquistar profundas pasiones. Tenía una elegancia innata, exquisita en el decir, una mirada escénica y un aire de cercanía que hacia grande lo que empezó a llamarse género ínfimo, tal vez por sus atrevidas letras, aunque salidas de los labios de esta reina cupletista todo quedaba purificado, porque la forma de cantar y sentir marchaban juntas, al unísono de un universo entregado al encanto de vivir.

La ingeniosa Olga Ramos tenía la virtud de provocar una alegría entre inocente y pura. Consigo iba la inspiración que daba vida a unas letras para llegar al corazón. Son muchos los que han querido imitarle, pero el talento es inimitable. Su vida ha sido una vida vivida de crónicas cantadas, mediante la destreza de un bellísimo género de tactos, gestos sugerentes y sentimientos hondos. Lo mismo hacía soltar una lágrima en un silencioso auditorio que una carcajada en un vivo teatro. Al compás de un violín estremecedor la historia nos enternece de recuerdos. Son aquellos años efervescentes al cuplé, a la reunión de buenas y dulces costumbres, que unía personas variopintas y fomentaba conversaciones de estima y autoestima de la mente a nobles aspiraciones. El respetable bullicio generado entorno a esta colosal manifestación artística, con lluvia de pensamientos y palabras, músicas y cantares, hacía de las noches una noche irrepetible, casi siempre ensortijadas de luna y estrellas o de algodonales mecedoras con encandiladas emociones siderales. Gracias a esta dama de buen cantar y mejor hacer, el encanto y la pasión por este arte, sienta cátedra entre el honorable gentío y, en consecuencia, se rescata del destierro tan sublime despertar de melodías.

Ciertamente, Olga Ramos, puso voz al cuplé y pedestal a un paisaje de sonidos armónicos. Sí, como se ha escrito, la música es la ley natural relatada para el sentido del oído, la maestría de esta cupletista de vocación robusta ha sellado para siempre un afectivo y efectivo canto, el mejor alivio para ahuyentar penas. Ha sido creativa hasta llegar a lo más grande y convertirse en la auténtica representación de la elegancia a una canción corta y ligera, que no cortante ni hiriente, porque las cosas hechas con gracia tienen ese estado de belleza que cautiva y enamora. Ella lo tenía porque era mucho el amor que ponía en el arte para el que se había formado (y mamado, con perdón), en un Madrid entre cuplés y canciones, en las tablas de la vida y en el escenario de un recinto, donde la música es un eco que reconforta y renueva.

La cupletista que supo alegrarse con cada amanecer y alegrarnos con su timbre de semánticas, nos ha dicho adiós en esta estación de paso que es la vida. Estamos seguros que, desde su nueva morada de la eternidad del tiempo, nos entonará, con todo el vigor que le caracterizaba, el último cuplé de una vida que se nos da y la merecemos dándola. Ella la dio (y la donó) continuamente, con su arte y con su vida. Ahí están los derechos de la canción “Di que no” para el Plan Municipal contra la Droga y tantas otras obras que se fueron con ella, en silencio, como los verdaderos artistas de corazón y vida.

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