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Opinión
Etiquetas:   Sálvese quien pueda  

Un asco

Joan Torres

sábado, 27 de agosto de 2005, 00:30 h (CET)
Hola, madre. Hola, lectores. He estado quince días de vacaciones y me río del estrés posvacacional que tan de moda se ha puesto en las revistillas huecas tipo Cosmopolitan y demás. Yo lo que tengo es una depresión hípica elevada al cubo. Es como el síndrome del lunes, pero a lo bestia. Y eso que hago horario de tarde, porque no quiero ni pensar en qué pasaría en el caso de levantarme antes de las once de la mañana. ¿Ha salido el sol a esas horas? ¿Hay comercios abiertos? ¿O vida en el exterior (del sueño profundo)? Seguro que los que madrugan ahora mismo me odian. Haber elegido muerte.

Volver a trabajar ha sido como una sodomía no deseada siendo yo el sujeto paciente y Nacho Vidal el taladro que va y viene. Las mismas caras, la misma rutina y el mismo horario. El único aliciente: final de mes. No crean tampoco que me apetece escribir esta columnilla ya que no me sirve de desahogo o de expresión artística, para eso utilizo las drogas duras, blandas, legales o ilegales. Las que sean pero siempre en cantidades industriales, hasta que los ojos se me ponen blancos y llego a la desconexión total.

Pues eso, que esta depresión caballuna me conduce a escribir un diario
adolescente de un niño que sólo quiere berrear en lugar de una columna. Les cuento. Y es que en una empresa informativa o mandas o te mandan. No hay término medio. Y como yo soy de los mandaos, que sólo estoy por encima de la grapadora y los post-its, pues tengo que tragar. Tragar con jefes impuestos por el nombre que llevan la bandera de la incompetencia, con compañeros secos, bordes y expertos en lameculerismo avanzado, tragar también con un ambiente autocensurado dónde uno ni siquiera puede hacer un comentario chistoso y, sobretodo, tragar con una línea editorial más que discutible.

Pues ya lo he dicho. Me quedo mucho más tranquilo. Ahora sólo falta que mis superiores encuentren esta web, lean la columna, vean mi nombre, me despidan, me desnuden y me deporten a Siberia donde compartiré iglú con dos pingüinos alcohólicos, un oso polar esquizofrénico que se cree ser un canario y un esquimal caníbal pero sin dientes, al ser nonagenario. Por esta razón, si se sucede este cúmulo de leyes de Murphy me despido de ustedes. De ustedes dos, mis únicos lectores: mi madre y el director de este periódico. Adiós, mamá, adiós, Guillermo. Si no pasa nada, procuraré medicarme a tutiplén (mamá: te cojo Prozac y Tranquimacín) y prometo volver con mejores ánimos.

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