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El futuro de Gaza será parecido al de las favelas

Evgeni Satanovsky
Redacción
miércoles, 24 de agosto de 2005, 22:26 h (CET)
Los israelíes se están retirando de Gaza para dejar esta franja en manos de los palestinos, tal y como está previsto en el plan del primer ministro Ariel Sharon que cuenta con el visto bueno de Washington. Aunque la población de Gaza odiaba a los israelíes, éstos representaban una fuerza real, capaz de personificar el orden y la Ley. A partir de ahora, esa fuerza ya no existe, y la pregunta es qué será de Gaza en el futuro.

Israel ocupó la franja de Gaza hace treinta y ocho años, a raíz de la guerra con Egipto que había dominado este territorio durante casi dos décadas anteriores. A lo largo de este último decenio fue la Autoridad Nacional Palestina la que ejerció el poder administrativo en Gaza, al margen de los asentamientos judíos. Fue un período en que el nivel de vida de la población local disminuyó varias veces, la infraestructura social acabó por desintegrarse, y los empresarios palestinos, en particular, prácticamente todos aquellos que practicaban la religión cristiana, abandonaron Gaza cediendo el terreno a los grupos paramilitares. En Gaza no existe hoy un poder centralizado, y es la ley del fuerte lo que manda. Más de 700 grupos armados obedecen únicamente a los respectivos cabecillas o al dictado de colegas más fuertes. La autoridad de Mahmud Abbas, presidente de la ANP conocido también bajo el nombre de Abu Mazen, es tan efímera en el territorio de Gaza como la influencia de sus rivales, los veteranos del movimiento Al Fatah.

La Gaza palestina ahora es un feudo de la anarquía y la arbitrariedad. Egipto se ha declarado dispuesto a controlar la frontera de la franja para que los islamistas, quienes dominan Gaza en plano ideológico, no puedan prestar apoyo a los terroristas que se están movilizando en Sinai con vistas a las elecciones presidenciales egipcias. Con todo, Egipto evitará inmiscuirse en los asuntos internos de este territorio.

Muy pocos cuestionan hoy el hecho de que las nuevas subvenciones por valor de miles de millones de dólares, asignadas por la comunidad internacional para el desarrollo de Gaza, tengan la misma suerte que las anteriores inyecciones en la ANP. Simplemente se harán humo, sin solucionar un solo problema de Gaza. Lo mismo pasará con los bienes que hayan dejado los israelíes. Los asentamientos judíos de Gaza generaban hasta un 15% de la producción agrícola de Israel, aportando al fisco decenas de millones de dólares cada año. Lo único que no está claro, ahora que hay una parálisis del poder, es si el reparto del patrimonio israelí derivará en la habitual masacre entre los clanes palestinos o en una contienda civil a gran escala. Los israelíes, quienes han funcionado aquí como una válvula de escape, ya no lo son. En caso de que los palestinos tuvieran a un líder constructivo y firme, no a un revolucionario, podrían mirar hacia el futuro con confianza, pero no hay tales. A lo largo de décadas, la élite local ha estado luchando por una Palestina que pudiese surgir después de eliminado el Estado hebreo, pero la retirada de los israelíes priva de sentido esta lucha.

La guerra contra Israel continuará incluso, si los judíos abandonan Cisjordania o la zona este de Jerusalén. Sus adversarios no interpretan el repliegue israelí desde Gaza, al igual que la anterior retirada de Líbano, como un gesto de buena voluntad ni como una base para las negociaciones sino como una debilidad que invita a nuevos ataques. Los jefes de grupos terroristas islámicos se muestran convencidos de que es una victoria suya sobre Israel.

Lo más probable, por tanto, es que Gaza se vaya transformando en una inmensa favela en proceso de degradación. Y las favelas implican un peligro letal para el vecindario, especialmente, si se trata de vecinos prósperos. Todo el dinero que se les asigna para las reformas, desaparece sin dejar huella. Es un atolladero económico y social.

Para que Gaza y Palestina en su conjunto dejen de ser una amenaza para sus vecinos y para el mundo, se requiere en realidad una firme gestión externa y un constante control militar, policíaco y administrativo durante la vida de al menos una generación. Es un imperativo mucho más obvio que en el caso de Afganistán o Irak. No me refiero aquí a la democracia en la versión norteamericana del concepto, esa que EE.UU. se empeña en exportar al Oriente Próximo con la misma perseverancia y de la misma manera absurda que en el caso de la URSS con la doctrina del marxismo, sino a un orden elemental. La situación de Gaza hace recordar la de Afganistán en vísperas de la invasión soviética. Hubo un período de tregua corta allí previamente a una guerra de todos contra todos y dictadura islámica que allanó el camino a los terroristas y a la ocupación occidental, que acabó por transformar la Afganistán "democratizada" en un Estado del narcotráfico.

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Evgeni Satanovsky es director del Instituto ruso de Oriente Próximo, para RIA "Novosti".

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