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Etiquetas:   Las plumas y los tinteros   -   Sección:   Opinión

La universidad sin lo universal

Daniel Tercero García
Daniel Tercero
martes, 23 de agosto de 2005, 22:52 h (CET)
Julián Marías, en una entrevista para la revista El Cultural publicada hace ya un año, decía que en la universidad española no se toleraba la verdad entera, tan sólo medias verdades. No soy yo quien contradiga o dé la razón al maestro Marías, pero en este caso no puedo estar más de acuerdo con él.

Ahora, que nos acercamos inexorablemente a los inicios de un nuevo curso universitario, es bueno recordar que la independencia de la universidad, tanto de sus profesores como de sus alumnos ante los poderes públicos, es un tema que ha dejado escrito muchas hojas y dedicado muchas horas de debates. Es, sin duda, el tema predilecto de los profesores universitarios, especialmente los de filosofía y letras, en cuando se les presta la ocasión. Pero la carencia de independencia actual no es de los poderes públicos establecidos, es decir, de las comunidades autónomas correspondientes, sino que hoy día se carece de profesores universitarios independientes de las corrientes intelectuales bien vistas. Y, un inciso antes de seguir, cabe recordar que las generalizaciones no son nunca acertadas, pero pueden aproximar a la realidad.

¿Qué pasa en las universidades que fomentan el estudio de la historia? Cuesta encontrar, hoy día, profesores que disientan de las tendencias historiográficas generalizadas en los medios y políticamente correctas. No hablo sólo de ideas políticas. Tanto da que una universidad se escore hacia una tendencia o hacia otra, difícilmente se encontrará pluralidad en el abanico de profesores que ejercen en ella. La universidad, destinada a lo universal, a la universalidad, se está encerrando cada vez más en lo particular, lo comarcal. Se pretende controlar, siempre desde dentro y con toda sutileza posible, lo que surge de los centros de pensamiento, de intercambio de culturas. Y, sobre todo, se controla a los posibles candidatos a ejercer en las facultades y academias. No existe la libertad de cátedra real. Se ha desmoronado el mito de la reflexión educada y culta en los centros universitarios. No existe el debate.

De esta manera la calidad de los universitarios es cada vez menor. El campo del saber no permite crear grandes humanistas y la especialización provoca la aparición de auténticos analfabetos, eso sí, con título universitario bajo el brazo. ¿Cuántas veces hemos oído hablar a un profesor de universidad decir que sus alumnos llegan a sus clases con faltas de ortografía? ¿Se puede ser licenciado en Historia, por ejemplo, sin saber si existió un rey español que reinó con el nombre de Luis I? ¿No es un síntoma de anormalidad aceptar con naturalidad que la guerra de sucesión al trono español de principios del siglo XVIII fue una guerra contra Cataluña? ¿Creen realmente que los licenciados en Geografía se saben todas las capitales de Europa? ¿Y los ríos? Como estas preguntas las que quieran. Y, sí. No se necesita saber la respuesta a estas cuestiones para poder ser un buen ciudadano en el siglo XXI, pero no hace mucho los licenciados hacían honor al título académico.

El discípulo de Ortega y Gasset, Marías, se refería a las medias verdades. Pero la calidad de la enseñanza –desde la básica a la superior- va íntimamente ligada al poder discernir las verdades, las mentiras y las medias verdades. Si desde pequeños se nos enseña en la ignorancia, más fácil será cuando seamos mayores que aceptemos como verdades las medias verdades.

Nos queda un consuelo amargo. Todo es siempre susceptible de empeorar, hasta la situación más extrema. La universidad podía estar peor. Así pues, dejemos que los actuales alumnos suban a la tarima y empecemos a añorar los años que vivimos.

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