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Extrañas coincidencias: poscine y filosofía
Gonzalo G. Velasco
David O´Russell es un cineasta peculiar. El tipo ya ha había dado muestras de su pensamiento tangencial en Flirteando con el Desastre y, sobre todo, en Tres Reyes, esa incorrecta visión de la primera Guerra del Golfo que haría las delicias del Clint Eastwood de Los Violentos de Kelly y que, hoy por hoy, ya no podría filmarse. En Extrañas Coincidencias, su cosmogonía fílmica se fractura todavía más hasta componer, por momentos en sentido literal, una película caleidoscópica a la postre coherente.
Al igual que el insufrible Charlie Kauffman y sus acólitos protovanguardistas, O´Russell busca la originalidad con la misma determinación que Gollum su tesoro. Sin embargo, a diferencia del guionista de cabecera de las nuevas hornadas de cineastas de escuela, el afán por relumbrar de O´Russell no asfixia la vida de la trama y sus personajes. Dicho de otro modo, Extrañas Coincidencias es un producto de naturaleza extravagante, pero su extravagancia, en líneas generales, no constituye en fin, sino el medio… el medio para hablar de filosofía, de religión, de sexo, de racismo, de hipocresía, de capitalismo, y de todos esos tabúes que aún colean en las cinematografías modernas.
En este sentido, O´Russell enfila el camino contrario del cine Europeo. Aquí, para diseccionar las podridas aristas de la sociedad, suele recurrirse a un grupo de personajes muy preclaros y soporíferos divagando sobre todos esos temas alrededor de una mesa. No hay más que ver las películas de Chabrol, Guediguian o Fernando León de Aranoa para constatarlo. Extrañas Coincidencias pasa del atajo comodón por autopista y toma la carretera comarcal más sinuosa. A través de la imaginación, de unas cuantas ideas impepinablemente geniales, de diálogos tan brillantes como absurdos, y de un sentido entre lisérgico y deconstructivista de la puesta en escena, O´Russell logra con su película actualizar el esperpento sin posmodernizarlo, de tal manera que a nada que uno preste un mínimo de atención al (en apariencia) deslavazado tejido del film, puede descubrir entre sus pliegues retazos de su propia y miserable existencia e incluso darles forma para sacar algo en claro.
Al final, y no cabe duda de que aquí radica el punto fuerte de la película, el espectador termina por darse cuenta de que todas las pamplinas acerca de la manta existencial que Dustin Hoffman le soltaba a Jason Schwartzman y compañía a lo largo del metraje, tienen en el fondo su sentido, y lo más difícil todavía, que la excentricidad, el delirio, el absurdo y la inconexión, no son más que la vaselina que O´Russell nos aplica para hablarnos de asuntos mucho más “de auteur”… Casi nada.
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