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Tánger, puerta de África

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
lunes, 22 de agosto de 2005, 23:28 h (CET)
Hay nombres de ciudades que siempre me han apasionado y despertado el deseo de visitarlas. Mombasa, Marrakech, Bombay, Casablanca o Tánger entre otras. Sus nombres me llevaban a tiempos de aventuras y paisajes extraños y alejados de la habitual monotonía que invade nuestras vidas. Ahora he podido visitar Tánger, y lo he hecho como un simple viajero, el otro día en estas mismas páginas una vecina de columna describía en su viaje a Egipto la diferencia entre el turista y el viajero. El primero suele ir agrupado con “los suyos” y dirigido por un interesado guía que va mostrando monumentos al ritmo endiablado que parodió aquella película llamada “Si hoy es viernes esto es Bélgica” donde un grupo de turistas visitaban apresuradamente y en un tiempo record de una semana toda Europa, o al menos la Europa que les había vendido la agencia de viajes. Viajar es otra cosa, es pasear con calma alejado de los habituales circuitos turísticos, es entrar en los cafés y mercados, es hablar con los habitantes del lugar, intentar conocer sus costumbres, su historia y su gastronomía y no pedir paella como he visto anunciar en un restaurante tangerino.

Tánger, o Tanyia que es su nombre en árabe, es la puerta de África. Por ella han entrado las diversas civilizaciones que han dejado su sustrato aquí. La leyenda dice que la ciudad fue creada por Atlas, hijo de Neptuno y La Tierra, pero los estudios arqueológicos indican que tal vez fueran los fenicios los primeros pobladores. Más tarde llegarían los cartagineses, los romanos, los vándalos y finalmente los árabes. Las ansias colonialistas de los europeos no dejaron tranquilos a los pobladores de Tánger y por allí han desfilado tropas portuguesas, inglesas, el mismo Káiser Guillermo II desembarcó en sus orillas en marzo de 1905 y atravesó la ciudad a caballo para demostrar su superioridad y poderío, los franceses y los españoles que han sido las últimas tropas coloniales que han pisado las calles tangerinas. De todo ello quedan restos a lo largo y ancho de la urbe. Necrópolis fenicias, estatuas romanas o edificios coloniales de la época del Protectorado español dan fe de ello.

Quizás por todo este sustrato Tánger ha sido y sigue siendo una ciudad cosmopolita donde, especialmente, durante su época internacional se han dado cita desde espías a pintores, pasando por famoso escritores o estrellas del cinema. Sus calles han visto los paseos de gentes como Matisse, que quedo enamorado del color de su cielo, Truman Capote que acudía a visitar a su amigo Paul Bowles, André Gide que está enterrado a pocos kilómetros en el cementerio de Larache, el multimillonario norteamericano Forbes cuyas fiestas eran largas y famosas, o más recientemente Mik Jagger líder de los Rolling Stones o nuestro Luis Eduardo Aute que compuso un bella canción para el mítico café Hafa.

El café Hafa es uno de los lugares de visita imprescindible para los viajeros. Está situado sobre unos acantilados, huele a cuero, menta y hasch y el viajero, mientras fuma una narguile aromatizada con sándalo, tiene ante sí un bello panorama. Cercana la punta del cabo Malabar, y más allá a un lado las aguas del Mediterráneo y al otro la inmensidad del Atlántico. Una puesta de Sol desde la terraza del Hafa es un espectáculo inenarrable mientras alguien te cuenta historias que parecen sacadas de “Las mil y una noches” o te desvela los secretos de la música Gwana, esos ritmos trepidantes que son un canto terapéutico de liberación. Esta música se basa en la percusión y repetición, es originaria del África negra, Malí y Sudán, y se compone de tres tipos de melodía, la de ceremonia nocturna(lila), la de trance y posesión(muluk) y la procesional(al ada).

Tampoco debe olvidarse el pasear, sin prisas, por los dos Zocos. En el pequeño todavía se respira ese aire sórdido de las viejas películas de espías ambientadas en el Norte de África, ese temor que hace que las masas de turistas que en él se adentran siguiendo el paraguas o el abanico del guía se abracen fuertemente a sus bolsos y mochilas o las miradas de deseo que hacen que mi acompañante femenina tenga que ir al hotel para cambiar sus pantalones cortos y ajustados por otra vestimenta más adecuada. Aunque ninguna ley lo prohíbe se pueden encontrar cafés donde no sirven alcohol o donde la entrada de mujeres no está bien vista, pero no olvidemos que también aquí, en España, hace no muchos años no era de buen tono que las mujeres acudieran a los bares. Las viejas y estrechas calles de la kasbah huelen a especias y el tiempo parece haberse detenido hace muchos años mientras vestido con una chilaba, como una parte más del paisaje, me encamino al antiguo palacio del sultán Dar el Makhzen construido en el siglo XVII y hoy sede de un interesante museo.

Pero Marruecos es un país de contrates. Las calles se ven llenas de mujeres que ocultan sus cabellos con el chador mientras caminan detrás del marido y por otro lado una mujer, Aziza Bennani, es la embajadora permanente de Marruecos en la UNESCO al tiempo que dirige la Universidad de Verano Al Montamid Ibn Abad con sede en Asilah, bella ciudad a pocos kilómetros de Tánger. Esta ciudad desde donde ahora escribo esta columna ha sido durante años refugio de intelectuales occidentales pero hoy, aquí, todavía se encarcela a periodistas por criticas a la familia real. Y alejados del pintoresquismo de la Tánger vieja o de los modernos núcleos urbanos existen los suburbios donde las parabólicas muestran a los desheredados de la fortuna un occidente de fantasía convirtiéndoles en carne de patera. Todavía falta mucho que hacer en Marruecos donde el 78 % de la población ve con buenos ojos a los españoles mientras que nosotros cuando vamos a cruzarnos con un árabe solemos apretar fuertemente la cartera.

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