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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

El Nacional de Tarantas: un concurso con identidad propia

Víctor Corcoba Herrero
Víctor Corcoba
lunes, 22 de agosto de 2005, 23:28 h (CET)
Hay ciudades a las que uno llega con cierta predisposición, dispuesto a tomar vida en la vida de sus moradores. No importa el momento, siempre resulta saludable volver a beber en las raíces. Esto me sucede con Linares, un pueblo al que llegué en la adolescencia a través del verso y las tarantas, de la mano de uno de sus ilustres vecinos; un poeta que hubo de emigrar a Barcelona, José Jurado Morales, pero que siempre tuvo a su tierra en el corazón. Con justicia y razón, le nombraron en su tiempo hijo predilecto. La radiografía poética que hizo a esta villa de campiña y sierra, es de una belleza descriptiva tan honda que cualquier lector se pone en camino y, doquier caminante, toma posada. Andar por estas vías lácteas de aires taranteros, regenera el espíritu y genera una fortaleza interior de libertad, que se agradece infinito, en medio de tantas esclavitudes.

El paso de los años ha servido para vincularme todavía más al lugar que ya es patria de mis sueños. Si el ferrocarril fue vía de comunicación y puerta de entrada a inmigrantes de los más diversos lugares, atmósfera que revitalizó la vida social en aquella época, lo que espigó en culturas de convivencia y cultivos vanguardistas, también la sufrida voz, de los valerosos mineros, se convirtió en estela armónica, donde llenar soledades y vaciar silencios, con la emoción de una taranta. Fueron productores de un arte que sólo se da en estado linarense, un estilo de cante flamenco único y singular, difícil de ejecutar fuera de este aire, porque hasta el aire lo purifica. El objetivo del concurso nacional no admite dudas, nace con unas ideas de autenticidad e ingenio sin precedentes, rechazándose todo cante modernizado, recitales intercalados en el mismo, así como el floreo abusivo de la voz, puesto que todas estas innovaciones –según los cronistas de la época- atentan contra lo genuino de las tarantas mineras.

Vengo advirtiendo año tras año, un notabilísimo éxito en el Concurso Nacional de Tarantas Ciudad de Linares, en cuanto a participantes, organización y respuesta del público. A juzgar por las últimas críticas flamencológicas de las revistas más especializadas y la opinión de los propios cantaores, alzarse con un galardón en Linares, tiene su mérito y abre muchas puertas. No viene al caso citar nombres recientes que han recordado su paso por estas tierras taranteras, podría omitir alguno de la larga lista. En cualquier caso, se ha puesto el listón tan alto que, por coherencia a la trayectoria, este año el Jurado ha creído conveniente declarar desierto uno de los premios más emblemáticos, el primer premio de tarantas. No así otros cantes libres que aglutinaron a sensacionales voces, melodías y estéticas del más vivo y puro flamenco que se hace hoy. En consecuencia, me llena de satisfacción que el evento realizado alrededor del concurso, crezca en prestigio y trascienda en popularidad, sin perder el renacimiento y la conservación de homenaje a la mina y de honor al minero.

A mi juicio, el crear una comisión asesora de apertura y estudio a un cante inconfundible de Linares, típico de un pueblo que ama el flamenco como pocos, trabajando duro y persistente desde febrero, ha sido positivo y enriquecedor. De igual modo, incluir en el programa de actos, un pregón y premiar la mejor letra a una taranta inédita, homenajear a dos cantaores mayores, añadir un día más con la actuación estelar de algún célebre flamenco, o tener previsto el incremento de guitarristas disponibles, considero que es todo un acierto de una gestión regeneradora, donde se han implicado muchos colectivos, realizando una incondicional labor que merece los mayores elogios.

Me consta que esta comisión va a seguir en la línea de consensuar posturas y de escuchar todas las voces. No ha lugar, pues, a las disidencias, ni a los portazos mezquinos. La reputación de un concurso no admite otras imitaciones. Tampoco la aureola se consigue únicamente a base de aumentar el peculio de los premios. Lo de menos deben ser las cuestiones monetarias. Suele viciarse el verdadero arte. Al final, lo importante es el alma que se ponga en la realización. El dinero siempre se ha conjugado mal con la poesía. Como quiera que la taranta es eso, un grito desesperado de un poeta que se pone a escribir en las entretelas de un campo vestido de negro manto, reflexiono que, el Nacional de Tarantas Ciudad de Linares, lo que más necesita es ese avance en reencontrar la identidad que ya tiene por si mismo, sin complejo alguno, con la pujanza del tarantero. Lo contrario es echar veneno en algo que se tiene y que todos debemos apoyar incondicionalmente.

La querida ciudad de Linares, de la que yo me enamoré hace años por los motivos antes reseñados, cuida, mima y protege, la historia de un concurso que nace con el resurgir de un pueblo. Y eso me alegra. Ya solo cabe trabajar con vistas al nuevo año. Estoy convencido de que así será, y que esta comisión naciente, salvaguardará como así lo viene haciendo, el concurso nacional de Tarantas en todo su esplendor, desde una visión de entidad cultural en recuerdo a tantos taranteros que se hicieron a pie de mina y como identidad distintiva de un arte que tiene su denominación de origen en una urbe donde se mezclan las rutas del modernismo con las del siglo XVII, el camino de Linarejos con las rutas verdes, el Linares minero con el industrial, el buen comer con el mejor mirar y ver, tanto monumental como museístico. Tras el buen hacer de diversas actividades culturales, un culto que los linarenses celebran con estilo, el flamenco tiene su parcela de honor con todos los honores. Es de agradecer y aplaudir a todo aquel que pone empeño en sembrar sentimientos, que nos elevan a vidas vividas, con el deseo de una vida mejor cultivada.

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