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El soldado desconocido pasa a la Historia

Pascual Falces de Binéfar
Pascual Falces
lunes, 22 de agosto de 2005, 05:56 h (CET)
Lo que fue el símbolo del héroe anónimo; el que representaba a tantos millones de caídos en la áspera realidad de la línea de combate defendiendo siempre, ama en mano, a los intereses de cada nación, es, ya, parte de la Historia, al menos para países como España. La cruda realidad de soldados cuyo cadáver era imposible de identificar, a la hora de celebrar la victoria, dio lugar en Europa a la figura del “soldado desconocido”. Sirvió, tanto para rendir honor a los héroes anónimos, como para consuelo de las familias que nunca llegaron a recuperar el cadáver de un familiar. Desgraciadamente representó a miles de fallecidos en dispares combates y circunstancias. Para todos, el Soldado Desconocido, era algo propio que se sentía en el corazón.

Los tiempos cambian, y desde que la síntesis del ADN llegó a ser rutina de laboratorio, cualquier resto de tejido orgánico permite identificarlo y establecer comparaciones de homogeneidad familiar. “Ante Dios nunca serás héroe anónimo”, rezaban las estampitas y recordatorios de la Comunión tradicionalista en los años cuarenta de nuestro país. Se hace natural en una sociedad a la que, desde los estrados políticos, se intenta hacer agnóstica, que esta frase carezca de sentido, y sean, en su lugar, las hélices del ácido ribonucléico las que aseguren, que, el anonimato “científicamente” sea imposible. El Gobierno actual -por accidente, guste o no, así pasará a la Historia-, se caracteriza por su descreimiento en lo sobrenatural, y por manipular lo indecible para que este “progreso” llegue a los ciudadanos. Preocupación, por otra parte, ya antigua, y derrotada estrepitosamente por la propia esencia de la naturaleza humana durante el siglo recién pasado.

Si la ciencia permite, hoy día, distinguir una piltrafa humana de otra, es para sentirse orgulloso del avance a que se viene asistiendo, e incorporable a la espectacular tecnología que caracteriza nuestro tiempo en todos los campos del conocimiento. Cada vez el hombre sabe más del mundo y de sí mismo. Pero, entronizar el “conocimiento” es elaborar un ídolo, que, como todos, es obra de hombres, no de su Creador. Forma parte de nuestra civilización el culto a los muertos, que, como primer requisito, exige garantías de identidad. Cualquier soldado que muera en su lugar de servicio es digno de honores. Lo cual, conduce a prevenirse ante la actual revisión de “soldado”, cuya progresiva profesionalización permite la equiparación de un Ejército con las ONG que realizan la función de solidaridad entre todos los hombres, y que los Estados no cumplen, creando, además, la confusión que se contempla entre distintos tiempos y pugna de ideas. El optimismo, pese a ello, se impone, porque nadie es capaz de modificar el ADN constitutivo de la naturaleza humana, tan exquisito, que, como bien se sabe, representa la unión substancial de cuerpo (materia) y espíritu (memoria, inteligencia y voluntad... las potencias del alma).

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