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Etiquetas:   Crítica de cine   -   Sección:   Cine

'Sin City': pecado replicante

Gonzalo G. Velasco
Gonzalo G. Velasco
viernes, 23 de septiembre de 2005, 23:56 h (CET)
Películas como la última obra del siempre temible Robert Rodríguez no le hacen lo que se dice un favor al trastabilleante prestigio crítico de los cómics. Que las adaptaciones cinematográficas de Los Cuatro Fantásticos, El Castigador o Blade resulten ser unos pestiños entra dentro de lo predecible, sobre todo en verano, pero que una de las obras maestras del cómic del todos los tiempos termine convertida en un efectista sopicaldo posmoderno, ya es pasarse de la raya. Lo digo, más que nada, porque quienes se acerquen por primera vez a Sin City desde la óptica excesiva de Rodríguez y no desde la mirada turbia del cínico Frank Miller, pensarán al término de la proyección que si eso es lo más elaborado que puede ofrecer un arte tan noble como el cómic, mejor será pasarse a la contemplación de obras de macramé, o lo que es lo mismo, que el cómic para los niños.

Y nada más lejos de la realidad. Por mucho que Robert Rodríguez vaya por ahí predicando que lo suyo no es una adaptación, sino una traducción a imágenes en movimiento de la obra de Miller, su Sin City se queda en un estridente despliegue de estética videoclipera. Vale que la película contiene planos idénticos a las viñetas de la novela gráfica original, y también que la caracterización física de los personajes es fiel (tal vez demasiado fiel), pero de ninguna manera esta ciudad del pecado es una traslación exacta del universo Milleriano.

En primer lugar, Rodríguez peca de ambición al escoger no una, sino tres novelas gráficas de Sin City (El Duro Adiós, La Gran Masacre y Ese Cobarde Bastardo) e intentar narrarlas todas en apenas dos horas. Las consecuencias para el ritmo de la película son devastadoras, sobre todo en lo que a la historia protagonizada por Mickey Rourke se refiere, que parece narrada por un Matias Prats pasado de drogas. Desde luego, el ritmo de lectura de la obra original era mucho más contemplantivo. Pero la cosa no se queda ahí, ya que el director mexicano, al saltarse el segundo y mejor álbum de la serie, titulado Moriría Por Ella, para pasar de inmediato a la Gran Masacre, se carga de un plumazo toda la profundidad dramática de Dwight Mcarthy, el personaje interpretado por Clive Owen protagonista de ambos relatos. Sus acciones, sus decisiones, su mundo, carecen de sentido y, a la postre, de interés.

Con el personaje de Marv ocurre algo parecido. Mientras que en el cómic se erige enseguida en santo de nuestra devoción con momentos como la visita a su madre después de un paroxismo violento o su desesperada fuga de la celda de Kevin a golpe de omoplato (lo cual nos da una idea tanto de su fuerza de voluntad como de su fuerza bruta), en la película se nos omiten estos detalles, así como alguna que otra voz en off reveladora de sus simplote recovecos mentales, y el tipo hasta termina pareciéndonos inteligente y todo.

En segundo lugar, existe también una traición formal en Sin City. No negaré que las imágenes lucen estupendamente en pantalla (sobre todo a ojos del Caligariano público atarantinado al que va dirigida la película), pero si lo que en realidad pretendía Rodríguez era ser fiel a la novela gráfica, y me consta por sus innumerables declaraciones al respecto que así es, el film debería estar rodado en un blanco y negro mucho más contrastado, como el que utiliza, por ejemplo, en la secuencia final de la historia de Hartigan, un abrupto negro sobre blanco genuinamente made in Miller, quién, por otro lado, administraba el color de una manera mucho más comedida, puntual y, en consecuencia expresiva.

Ya por último, el hecho de que el entorno de Sin City haya sido recreado mediante técnicas digitales juega en contra de la película de un modo encarnizado. Y es que cuando llegan los créditos, a uno le queda la sensación de que uno de los castings más vistosos de la historia del cine reciente ha sido desaprovechado frente a una gélida pantalla verde. El resultado final, con un Bruce Willis más perdido que Abbas Kiarostami en una producción de Jerry Bruckheimer, un Clive Owen cargante en sus redundantes muecas de tipo duro, y un reparto femenino en estado de amodorramiento unidimensional, dice muy poco a favor de la labor como director de actores del megalómano Rodríguez.

Todo ello hace de Sin City una película interesante en su concepción (fruto de la mente de Miller), pero frustrada en su ejecución (cortesía de Robert Rodríguez). La estrategia de justificar sus numerosos puntos débiles mediante el falso argumento de ser una adaptación extremadamente fiel de los cómics sólo convencerá a quienes no los hayan leído, pues el film, declaraciones de Rodríguez al margen, es más fiel al estilo agañanado, repetitivo y caricaturesco del mexicano, que al espíritu original de la obra de Miller.

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