En algunas religiones de este mundo orientadas al exterior, es decir más a
ritos que a una fe vivida internamente, se escucha a menudo hablar de los
santos, especialmente en la religión católica, la que se autodenomina
cristiana a pesar de que Jesús de Nazaret nunca habló de santos, ni
instruyó a las personas sobre eso. Es más, en una ocasión en la que fue
llamado buen maestro, Él respondió: “¿Por qué Me llamas bueno? Nadie es
bueno, salvo Dios, el Uno”. De esta declaración se deduce que bueno,
incluso santo, solo hay Uno en todo el Reino de Dios, el Uno universal, a
quien Jesús llama de forma sencilla Padre.
En la Biblia, considerada por la Iglesia católica un libro infalible en el
que todo su contenido es palabra de Dios de principio a fin, se puede leer
en el Antiguo Testamento lo siguiente: “Nadie es santo, sólo el Señor;
pues fuera de Ti no hay ningún Dios; ninguno es una roca como nuestro Dios”
(Sam 2.2) En una sola cita de un verdadero profeta de Dios se desbarata
completamente el teatro montado en torno a la santidad*, *además si Jesús
de Nazaret no llamó “santo” a ningún ser humano, ni tampoco declaró “santo”
a difunto alguno, ¿por qué lo hace la Iglesia? En numerosas ocasiones el
sentido común es anulado por el trajín institucional de dogmas, ritos y
liturgias de la iglesia católica, nublando la verdadera y sencilla
enseñanza de Jesús de Nazaret, quien ha quedado relegado por dicha
institución a una mera figura simbólica.
En contraposición los profetas de Dios son los auténticos portadores de la
palabra del Reino de Dios. Ellos vinieron y vienen enviados por El para
traer a los hombres la palabra luminosa de los Cielos, la palabra del
Eterno y traducirla para las personas. Así también Jesús de Nazaret, el
Hijo del Uno Universal, fue enviado por Dios como todos los verdaderos
profetas. De esta forma los mensajeros de Dios son los trasmisores de la
Verdad eterna, no intermediarios entre Dios y los hombres. El mediar como
tal es una forma de culto clerical, puro culto pagano.
A los enviados de Dios como lo fueron Abrahán, Moisés, Isaías, Jeremías,
Daniel, Ezequiel y especialmente Jesús, el profeta de Dios más grande de
todos los tiempos, y también a todos los profetas de Dios hasta el día de
hoy, se les llama simplemente por su nombre y no con el calificativo de
“santo”. Pero a los santificados por la Iglesia, no. ¿Son ellos quizás la
élite, la flor y nata, personas entre sus filas escogidas
institucionalmente por una religión jerárquica de culto? La respuesta es sí.
Ni un sólo profeta de Dios ha sido declarado santo por la Iglesia católica.
¿Por qué? Porque la casta sacerdotal institucional vio y ve un peligro en
los profetas de Dios, pues ellos hablan la palabra del Eterno proveniente
del Espíritu libre, y enseñan a los hombres la libertad y la comunicación
directa con Dios, pero los sacerdotes por el contrario se han auto-situado
entre Dios y los hombres con sus cultos y ritos externos y con su mediación
sacerdotal, lo que les otorga un poder inmenso que quieren mantener a toda
costa.
Todos los grandes profetas de Dios, por su misión de traer a los seres
humanos la palabra de Dios, han sido desde siempre burlados y perseguidos,
principalmente por la casta sacerdotal. De esto habló Jesús de Nazaret en
Su Sermón de la Montaña: “Bienaventurados sois si los hombres os odian y
os expulsan de su comunidad y hablan mal de vosotros y desprecian vuestro
nombre a causa del Hijo del hombre pues lo mismo hicieron sus padres con
los profetas”.
Los santos de la Iglesia, por lo tanto, no son enviados de Dios ni fueron
autorizados por el Eterno para traer Su palabra, es decir Su mensaje a los
hombres. Ellos son elevados a la santidad y llamados “santos” por seres
humanos, para que actúen exclusivamente por y para la Iglesia y sus fieles,
sin importar que entre ellos hayan existido criminales, sin importar los
millones de personas de otras religiones a quienes se les excluye sin
compasión del cielo, sin importar las excelsas Enseñanzas de Jesús de
Nazaret quien nos acercó el Dios del amor, nuestro Padre eterno, que no
condena ni castiga y que nos tiende la mano en cada situación, en cada
momento y por toda la eternidad.
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