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Una herencia pesada de las nuevas autoridades de Kirguizia

Piotr Goncharov
Redacción
viernes, 19 de agosto de 2005, 22:30 h (CET)
Kirguizia emprende un intento más de evolucionar hacia un Estado democrático, con economía de mercado y laico a modo occidental, conservando al propio tiempo su natural color local de país asiático. Además, quiere transitar ese camino sin provocar conmociones sociales ni actos extremos por parte de la población, como ello sucedió recientemente.

El futuro de la república lo vinculan hoy día con la alianza Kurmanbek Bakiev (presidente) - Felix Kulov (primer ministro), quienes ganaron las elecciones presidenciales en julio último. En opinión de la mayoría de los políticos y empresarios locales, tal alianza - mejor que cualquier otra - permite hoy día recuperar la estabilidad en la república e impedir su deslizamiento hacia la escalada de las tensiones sociales y entre clanes y el agravamiento de la confrontación Norte - Sur, la que pone en peligro la integridad territorial de Kirguizia.

Pero la tarea más importante que tendrán que cumplir Bakiev y Kulov consiste en reanimar la economía nacional, que está a punto de fallecer, y sacar del período de estagnación económica a la república. De la solución que se dé a los problemas económicos depende en mucho grado el logro de la estabilidad y la seguridad nacional. O sea que el frente de trabajo es muy amplio.

En todo el país hay desempleo, el promedio salarial es de 200 a 250 rublos, o de 7 a 9 dólares. La pensión que se paga a los médicos, juristas, profesores de los centros docentes superiores e ingenieros jubilados (élite de la sociedad kirguiza en la época soviética) no excede 20 dólares, de los que la parte leonina la traga el alquiler. Más de la mitad de la población de la república vive por debajo del nivel de la pobreza. Según diversas fuentes, el crecimiento del PIB no excede el 4 por ciento.

Además, existen varios factores de política exterior que pueden afectar sustancialmente la situación interna.

Kirguizia de hecho es insolvente, su deuda externa ha alcanzado el 70 por ciento del PIB. En tal situación, pocos dirigentes pueden permitirse el lujo de aplicar una política nacional sin tomar en consideración los intereses de los principales jugadores de la región y los países limítrofes. En opinión de expertos, en la región centroasiática tales jugadores hoy día son China, Rusia y EE UU, que han emprendido un "gran juego" por proteger sus propios intereses. De hecho como un igual a ellos empieza a imponerse también Kazajstán.

Cada uno de los participantes de ese "cuarteto" tiene tanto sus intereses en Kirguizia como argumentos para defenderlos. China y Kazajstán, gozando del derecho del vecino más cercano, aplican con respecto a Kirguizia la política de una "subrepticia expansión económica". Es una política proyectada hacia el futuro, que se realiza, como regla, basándose en el interés comercial y económico mutuo.

La situación de EE UU es distinta. Washington actualmente se ve ante la necesidad de hacer una jugada llamada "zugzwang" en el ajedrez. El desarrollo de la situación tanto en Afganistán como en Irán exige la presencia de EE UU en la región. Pero precisamente ello fue puesto en tela de juicio hace poco por Uzbekistán, que exigió retirar la base militar estadounidense de su territorio, y también por una declaración que emitieron los países integrantes de la Organización de Cooperación de Shanghai, en la cual se pidió que EE UU concretara los plazos de estancia de sus bases militares en Asia Central. Siendo el principal acreedor del servicio de la deuda externa de Kirguzia, EE UU no tardó en aprovechar esa circunstancia, duplicando el dinero que paga por el mantenimiento de su base militar en territorio de la república. Además, el jefe del Pentágono, Donald Rumsfeld, prometió asignarle al nuevo Gobierno kirguiz 10 millones de dólares para la lucha contra los extremistas islámicos, a los que supuestamente "temen mucho en Bishkek".

Rusia está muy aparte. Sin desarrollar de hecho muchos esfuerzos, Moscú todavía mantiene su posición de líder en Kirguizia. Lo logra en mucho grado gracias a los factores históricos, subrayan políticos y expertos locales. Pero tal situación no puede durar infinitamente. Según se dice, a rey muerto, rey puesto. De una ilustración a este dicho puede servir Turquía, que ya abrió en Bishkek dos universidades turcas (una se ubica en el mismo edificio que el Instituto de la Lengua y Cultura Rusas), una red de liceos, en los que a los niños se les enseña el Islam y la Historia de los pueblos túrquicos, sin hablar ya de los hoteles turcos, un colosal centro de comercio y esparcimiento y pequeñas y acogedoras cafeterías. En Bishkek se extrañan: ¿dónde están el famoso carácter emprendedor de los rusos y el Centro Comercial Ruso, que prometió abrir el alcalde de Moscú, Yuri Luzhkov? Da la impresión de que en Moscú están demasiado seguros de que en Kirguizia a Rusia la quieren y aprecian mucho y que ello es suficiente para poder regresar allá en cualquier momento. Mas en realidad no sucede así.

El primer intento de Kirguizia de democratizarse y pasar a la economía de mercado tuvo un resultado deplorable: esa república que, formando parte de la URSS en la década del 80 era capaz de autoabastecerse, en los últimos 15 años que duró el experimento se deslizó de hecho hacia la quiebra. Una de las causas de ello consistió en que en aquel período todas las repúblicas centroasiáticas no vivían el mejor período de su Historia. Actualmente, la situación se ha normalizado, pero no en un grado que permita rechazar la presencia norteamericana, por la que EE UU paga bien.

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Piotr Goncharov es analista de RIA "Novosti".

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