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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

Mi Ítaca particular

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
jueves, 18 de agosto de 2005, 21:51 h (CET)
Cuando llega esta época de calores sofocantes la vida parece pararse en estos largos días estivales y a todas las gentes nos entra un ansia por abandonar nuestro lugar habitual y correr en pos de la quimera del descanso. Los políticos aparcan por unos días sus desavenencias y manías personales y hasta los periódicos llegan a nuestras manos enflaquecidos y con páginas dedicadas al verano con noticias superfluas y refrescantes para leer rebozados en la arena de las playas o tumbados a la sombra de un pino, si es que todavía manos asesinas no lo han quemado. Es el momento en que cada uno debe ir en busca de su Ítaca particular. Aunque este verano se nos está llenando de noticias tristes que orlan con el negro luto las páginas de los noticieros. Hace un mes once personas dedicadas a cuidar los montes perecían mientras trataban de apagar las llamas voraces de un incendio en Guadalajara y ahora, mientras escribo, los forenses están intentando descifrar quién es quién entre diecisiete cadáveres de soldados españoles muertos en la lejanía de Afganistán.

Para alejarme por unos días del “careto” de ese bronceado Zaplana que no ha tenido ninguna clase de vergüenza para dejar su veraneo y salir a la palestra diciendo que ellos no van a culpar al Gobierno del accidente de Afganistán- el que se pica ajos come- he decidido ir más lejos, siempre más lejos, en busca de mi Ítaca particular pidiendo a los dioses que mi camino sea largo y me llene de sabiduría. Las Ítacas de cada uno están situadas allá donde uno quiere y la mía, en esta ocasión, me lleva hacía el sur dejando atrás todos los árboles caídos que ahora me aprisionan. El primer periplo me ha llevado hasta Alicante para hablar de ese magnifico poeta que es Mario Benedetti aprovechando el viaje para ver la representación de “El Misteri” en Elx, visitar la isla de Tabarca y comer unos sabrosos langostinos en Santa Pola.

Mi Ítaca particular está acercándose a mí cada vez más. Ahora voy camino de Tánger en una travesía que espero llena de aventuras y conocimientos, de muchos amaneceres llegando a puertos hasta ahora desconocidos y paseando por pueblos y ciudades para llenarme de conocimiento de aquellos que saben. Nunca hay que forzar la travesía hacia el mito, es preferible que ésta dure muchos años, llegar viejo al final de la misma enriquecido por todo aquello que se ha ganado durante el camino. Hemos de ir siempre más lejos y cuando, al final del camino seamos plenamente libres volver a comenzar sabiendo encontrar nuevas sendas.

Así que, gracias a las maravillas de la técnica, mi próxima columna la escribiré desde Tánger, una ciudad donde se mezclan la modernidad occidental con las viejas tradiciones árabes, me permitiré el lujo de ver cómo sale el Sol cada mañana por el viejo Mediterráneo y admiraré a la bola de fuego ocultándose en los atardeceres por las bravas aguas del Atlántico desde la privilegiada atalaya del viejo café Hafa, el mismo donde se sentaron Jagger, Truman Capote y Paul Bowles entre otros, mientras, sin prisas, voy aspirando el humo perfumado de una narguila. Estoy convencido que mi Ítaca particular me servirá para cargar las pilas y así poder afrontar ese otoño caliente que hace unos días nos auguraba monseñor Rouco Varela. Mis agradecimientos a Kavafis y Lluis Llach que me acompañan en este viaje y a quienes les he robado algunas palabras para esta columna. Y a todos los lectores un feliz verano y un consejo: busquen cada uno su Ítaca particular, a veces la tenemos justo al lado y no sabemos verla.

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