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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

Tolerar el mal

Víctor Corcoba Herrero
Víctor Corcoba
miércoles, 17 de agosto de 2005, 01:31 h (CET)
La fanfarronería me causa espanto. Lo confieso. Por desgracia, es una plaga muy del momento actual. Sentir vergüenza es malo, pero no sentirla es peor. Hay desafíos que te dejan sin aire, son tan incendiarios como provocativos. Los sembradores del terror se mueven en esa actitud altanera que no se puede tolerar. Coartan libertades ciudadanas e imponen yugos que atan. Cualquier complicidad con este tipo de maldades, que se alzan y desafían poderes democráticos, manifiesta debilidad e impotencia. Si se busca el remedio de aprender a ser tolerantes, búsquese en el restablecimiento de los sanos principios, primero para entendernos a nosotros mismos y luego para comprendernos los unos con los otros. La ética de la tolerancia hay que pensarla en primera persona. Sólo así, es posible acercar comprensiones. No cabe tolerancia alguna en lo que es intolerable para la convivencia. Lo más saludable cuando se daña un bien, en coherencia con el sentido común, es declarar su ilicitud de manera firme y contundente, sin titubeos.

Es cierto que la historia de la humanidad es una interminable sucesión de contradicciones. Ahora mismo resulta una paradoja el clima de desasosiego que vive el mundo en todas sus áreas, en las de conflicto y en las de paz. La violencia y el mal es una sombra monstruosa que nos acompaña. Quizás sea en el arte donde más se puede apreciar ese análisis y reflexionar sobre ello, no se aminora ante los dolores, se eleva para llamarnos la atención de conductas absurdas y de estilos sin señorío alguno. Algunos artistas contemporáneos ya lo hacen a través de sus obras, acercándonos las heridas del mal que toman cuerpo en el mundo, planteándonos nuevos argumentos artísticos de reencuentro espiritual, aspirando a jugar un papel vitalista en la formación de la persona, en el encuentro con su identidad y en la construcción de la autonomía ciudadana.

También los antropólogos, a través de la historia vivida, han hablado de culturas de la vergüenza y culturas de la culpabilidad. Los salvajes altercados que se producen a diario es por esa ausencia de aradas formativas. El arte digamos que nos sirve para despertarnos del letargo de lo insustancial e insípido, ofreciéndonos infinitos mundos e infinitas maneras de verlo y experimentarlo. No voy a caer en la fácil conclusión de que si tuviésemos un buen cultivo artístico, lo que conlleva saber mirar y ver interioridades, seríamos los mejores ciudadanos de un paisaje edénico; pero si pienso, en cambio, que un ser cultivado en la observación artística desarrolla un sentido de autocrítica y de autocreación muy saludable para la vida. Tiene otros horizontes, los de la autenticidad de la belleza que, al menos, limpia la banalidad del mal. Que es cuestión de química, biología, cabeza o paciencia... hay miles de teorías para explicar qué es lo que causa las maripositas en el estómago. Ahora, el estudio de un científico de la Universidad de Oxford añade un factor más: la física. Pero, ¿qué es la física sino una ciencia que se ocupa de los componentes artísticos del universo, de las fibras del color que éstos ejercen entre sí y de los efectos (y afectos) de dichas energías? Sin duda, el arte cuando es verdadero e ingenioso, nos hace ver el desorden de nuestro mundo habitual, es como un despertador de los sentidos.

La ciencia crece que es una barbaridad. Un sistema GPS (posicionamiento global por satélite) puede controlar todos nuestros pasos. Sin embargo, eso de vivir bajo un estado de control, no hace mermar los hechos delictivos. Los males tienen otro tipo de curación, más de conciencia que de ciencia; o si prefieren, más de arte que de imposición. Además, los espirituales, son más destructores que los físicos, requieren otro cauce de trazados, si cabe más purificador de rencores, dudas, incertidumbres propiciadas por la difusión de falsas esperanzas y promesas ilusorias. Sin embargo, la hermosura, en su espíritu de verdad, hace crítica del mal hasta penetrarlo de bien, sondea hasta las profundidades últimas del alma. Esta rectitud y sensibilidad se encuentra profundamente unida a la acción íntima del arte con la esencia. El ser que vive en la belleza y de la belleza vive, desea lo espiritual y se vuelve caminante de un camino de madurez interior. Leo que un director artístico, y otras voces en la misma línea, han hablado de la necesidad de que haya un revulsivo en las artes. Yo también así lo pienso. Precisamos menos retoques de imagen y más toques de fondo, de miga desprendida, para que el nuevo pulso de la humanidad sea más humano y menos mercantilista.

Desde hace varios años los encuentros de jóvenes promovidos por diversas religiones reúnen un número significativo de participantes, pero raramente se habla de estos jóvenes que buscan lo espiritual. Desean huir de tantos males que les acorralan, confiesan hacerlo por necesidad, para estar en paz consigo mismo; una paz interior que buscan (y rebuscan) en la intimidad de su ser. Una paz que pide la humanidad y no lo consigue, la familia humana y no la encuentra. El escándalo del mal nos despierta cada mañana con su galope de dolores en un camino de imperfecciones. Sólo el arte es lo que se aproxima a esa finura última de gozos y luces que nos asombran. Nuestra perfección y nuestra definitiva felicidad no tienen porque ser proporcionales a los éxitos que tengamos, más bien será consonante y consecuencia de la capacidad que tengamos para cooperar al bien. Al final todo se reduce al verso, a esa fuerza positiva de un don generoso y desinteresado, el del amor al supremo cuadro pictórico, la vida que merece ser vivida en la poesía, en su belleza y plenitud. Al fin y al cabo, es la mejor manera de vencer el mal. Y que se mueran los feos de corazón, por la indiferencia de los guapos de alma. Buena noticia.

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