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Etiquetas:   Bromas aparte   -   Sección:   Opinión

De cine

Ezequiel Estebo
Redacción
miércoles, 17 de agosto de 2005, 01:31 h (CET)
Me reí con esa película hasta la sonrisa. Porque desde su viaje en el camión para salir a la ciudad hasta la escena deliciosamente humana, hilarantemente cómica, de la barcaza, toda la película destilaba una profunda humanidad. Cada gesto de sus protagonistas era creíble y natural. No hubo ni un solo momento de la cinta en la que me pudiera parar a pensar que realmente era una película. Se trataba más bien, y no sólo para mi retira, de una historia que se estaba desarrollando ante mí, en el intemporal, casi eterno blanco y negro de la pantalla.

Audrey Hepburn estaba preciosa, un ángel hecho carne para el recreo del ensueño humano. No cabe imaginar una mujer más deliciosa. Gregory Peck estaba perfecto. Rebosaba seguridad y hombría. Es galante, caballero, conquistador, pero en modo alguno machista. Es la perfecta historia de amor. Uno comprende que los protagonistas se enamoren, que se rían juntos y que disfruten de su mutua compañía. Uno comprende las reacciones de ella, por una vez una mujer es comprensible; y comprende las reacciones de él; principalmente, tanto lo uno como lo otro, porque es una historia que habla de las personas, hecha por personas.

La película se llamó Vacaciones en Roma y no en vano es Roma ciudad de amor y enamorados. En cambio, lo cierto es que podría haber sido Vacaciones en París, en Madrid o La Coruña. Tanto hubiera dado, porque la película no está hecha sobre los decorados o la música o los efectos especiales. La película, y es lo que la hace grande, está hecha sobre dos personas. Ella, él. Tan simple como eso. Quizá por eso la vi hasta siete veces en una sola semana.

En una de sus últimas entrevistas antes de morir, Gregory Peck afirmaba que ya no había actores como antes. El que se pegara durante horas con Charlton Heston o persiguiera a Moby Dick allende los mares; afirmaba que el carisma, la personalidad y el saber hacer de los actores de antaño habían desaparecido en las nuevas estrellas de Hollywood.

No cabe duda que actores como Clark Gable, capaz de conquistar a cuatro reinas; el inigualable Gary Grant, quien fue nada menos que capaz de conquistar a Ingrid Bergman en Indiscreta, o a la más bella Deborah Kehr en Tu y Yo; o el duro Humpry Bogart que dio vida al duro más humano del cine en Casablanca, al capitán más despiadado en El Motín del Kain, o al galán que habría de conquistar a Audrey Hepburn sólo por negocios, son irrepetibles, pero ¿lo son sólo por ellos mismos o es que el cine se ha quedado sin elegancia o la menosprecia y cuando esta intenta resurgir se escatiman medios?

Las grandes historias de amor, las comedias de enredos, los hombres heroicos y nobles han desaparecido. Pertenecen ya casi en exclusiva a las películas de antes. Historias como Lo Que El viento Se Llevó, Casablanca, La Condesa Descalza, Cuando Llegue Septiembre, La Reina de Africa, Vacaciones en Roma (que me hizo llorar y todo), Siete Novias Para Siete Hermanos, ya han desaparecido. El mundo sórdido en que vivimos las ha engullido. O el mundo ha brotado disforme y más crudo que nunca al faltarle la nobleza de las historias. Sea como fuere, se han perdido las historias bellas en el cine, como si pobladores de la Tierra Media fueran; destinados a extinguirse y dejar paso al Hombre.

La historia de amor es un algo tan extraño en el siglo XXI que tiene que disfrazarse. De cursilería cómica: El Soltero. De historia de cómic de superhéroes: Spiderman. O de alegoría sobre los valores tradicionales, aunque los mismos guionistas los hagan sonar a topicazos. A veces con "estilo": El Diario de Bridget Jones; a veces con humor: Amor Ciego.

Por eso, cuando llega a las pantallas una película como "Ninette", de la mano de un director consagrado como Jose Luis Garci, con buenos actores y no peores técnicos detrás de la pantalla para sacar lo mejor de la fotografía, de la puesta en escena, de la iluminación, del sonido, etc. Uno no puede por menos que dedicarle unas líneas de esperanza en favor del buen cine. Y eso he hecho.
No tenemos una gran industria cinematográfica en España y con tanto subproducto caza-subvenciones como los que hay parece hasta un milagro que sigamos teniendo algo parecido a una industria del cine. Pero para los pocos actores que tenemos y la lamentablemente baja calidad de la mayoría de los mismos, tenemos en cambio una suerte de directores como Amenábar, Trueba o Garci, que de vez en cuando nos sorprenden elevando el nivel del cine español y dando claras muestras de que cuando se quiere se pueden hacer buenos productos.

No voy a entrar en cuestiones políticas, aunque por supuesto me resulta muy triste ver en las cintas de Amenábar o Trueba "datos históricos" de dudosa historicidad; y me da igual si Garci es rojo, azul o gris. Me es completamente indiferente. Pero lo que sí sé es que mientras otros directores necesitan publicitar sus productos a golpe de salidas del armario o diciendo mamarrachadas de golpes de estado y otras; Garci, sin entrar ni salir de ningún armario, sin salir en la prensa del corazón ni hacer declaraciones políticas que no vienen a cuento, dando un tratamiento historiográfico en sus películas impecable y con sólo su trabajo y el de los que forman su equipo, ha conseguido una vez más acaparar toda la atención. Como decía aquella sensual y picarona vocecilla: "¿Por qué será?".

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