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Kirguiziaa está a la espera del cambio

Pyotr Goncharov
Redacción
lunes, 15 de agosto de 2005, 08:49 h (CET)
Se supone que la ceremonia de investidura del nuevo presidente de Kirguizia Kurmanbek Bakiev, prevista para hoy, el 14 de agosto, será un acontecimiento emblemático, un símbolo de que la época de Akaev es reemplazada por otra, la de la victoriosa revolución "popular".

Tanto en la capital kirguiza como en otras ciudades grandes del país, tales como Osh y Jalal-Abad, en el sur de esta república, se ve que la gente espera cambios para mejor y cifra esas expectativas en la renovación del Gobierno. Otra cosa es si el equipo de Bakiev podrá sacar a Kirguizia del atolladero en que se ha visto por culpa del anterior régimen.

A juzgar por la reacción del ciudadano de a pie, quien se esfuerza por llegar al final del mes, el equipo de Bakiev todavía no puede hacer alarde de algunos logros especiales. El cambio largamente esperado no ha pasado de ser una promesa en boca de los líderes de la reciente revolución "popular". Y eso a pesar de que los kirguices han vivido de expectativas a lo largo de los últimos siete meses. Primero estaban pendientes de los comicios parlamentarios; luego, de la confrontación entre el viejo régimen y la oposición; más tarde, una vez derrocado Akaev, depositaron sus esperanzas en las elecciones presidenciales; y ahora están a la espera de la investidura. Esperan no tanto la ceremonia en sí como la designación del nuevo Gabinete, vinculando a esta medida anunciada por Bakiev algunas acciones reales del nuevo régimen para mejorar la situación en el país.

En su primera rueda de prensa a raíz de la victoria electoral, Bakiev prometió lograr una mejora considerable en cuestión de tres años. No es un plazo largo para la reforma de un Estado pero sí parece una eternidad para el pueblo llano que, como regla, quiere apreciar enseguida el sabor de los cambios reales sin preguntarse siquiera qué es lo que ha heredado del régimen anterior el equipo del nuevo presidente.

Las nuevas autoridades de Kirguizia han de solucionar una serie de problemas urgentes. La interrogante que se va a plantear de forma inevitable ante la sociedad kirguiza es si el nuevo Gobierno será capaz de garantizarle al país un modelo aceptable y seguro del desarrollo, preservando la precaria estabilidad y el consenso que se mantiene hoy dentro de la elite política. Varios sucesos del período posrevolucionario, tales como la ocupación ilícita de terrenos, los piquetes instalados en torno a la residencia del Tribunal Supremo o el sitio de la sede gubernamental el pasado 17 de junio, lógicamente hacen a los ciudadanos preguntarse si las autoridades actuales tienen fuerza suficiente como para oponerse a estas acciones ilegales. Uno de los problemas clave a día de hoy, en opinión de los analistas locales, es restablecer la confianza de la población hacia las instituciones del poder. También será necesario en este contexto resolver el problema de la corrupción.

Igual de complicada parece la situación de la economía kirguiza, siendo el problema básico la demanda increíblemente baja en el mercado interno que obstruye el crecimiento del PIB. A lo cual se suma la extrema cautela por parte de los inversores potenciales, bastante desconfiados con respecto a la posibilidad de incrementar esta demanda. Las fuentes internas de financiamiento son muy escasas, por lo cual será imposible para Kirguizia prescindir de la asistencia extranjera que no siempre suele ser desinteresada, según demuestra la práctica.

La situación no es nada fácil realmente y es lógico que Bakiev se haya tomado tres años para empezar. Período que, probablemente, no le va a alcanzar. De momento, lo que se espera de Bakiev es la formación del nuevo Gabinete y, en primer término, el nombramiento del primer ministro. Todo indica que este cargo será ofrecido a Felix Kulov.

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