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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

Pagar por reciclar

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
lunes, 15 de agosto de 2005, 08:49 h (CET)
Cuando yo era pequeño en el barrio donde vivía, situado en medio de la huerta de Valencia, no había recogida de basuras así que cada día íbamos con un cubo de zinc a depositar los desperdicios a una alquería cercana. Allá el agricultor había habilitado un pequeño solar, justo al lado de su vivienda, para que los vecinos depositáramos nuestra basura casera. Los vecinos apartaban desperdicios y malos olores de la cercanía de sus casas- aunque según soplara el viento nos solían llegar efluvios nada aromáticos- y el labrador conseguía un buen surtido de abonos para sus campos. Cuando llegaban las fiestas navideñas aquella familia que cultivaba la tierra abonándola con nuestros desperdicios tenía el buen detalle de obsequiarnos con algunos de los productos que había conseguido gracias a aquel abono natural que día tras día depositábamos en aquel montón llamado “el femer”. Visto desde la perspectiva actual el sistema era insano para los humanos aunque, al parecer, bueno para la naturaleza. Fuimos ecologistas y recicladores “avant la page”.

Con el paso de los años los Ayuntamientos fueron estableciendo, como un servicio más a los ciudadanos, la recogida de basuras y comenzaron a aparecer esos ruidosos camiones que a altas horas de la madrugada perturban nuestro sueño con sus rugidos de fiera constipada. Naturalmente se estableció un sistema de tasas para que los ciudadanos pagásemos aquel servicio. Era el viejo aforismo romano del “do ut des”, te doy un servicio y tú me das unas pesetas, desde entonces nada ha vuelto a ser gratuito. Con el tiempo aparecieron nuevos elementos residuales como esos plásticos que tardan siglos en descomponerse y desparecer de la tierra o las latas y botellas de millares de refrescos. Fuimos haciéndonos conscientes que alguna cosa comenzaba a funcionar mal en la naturaleza y se acrecentó nuestra conciencia ecológica apareciendo en las calles de las ciudades diversos contenedores donde lanzar los residuos caseros de forma seleccionada. Aquí el vidrio, allá el papel y cartón y acullá los plásticos. Pero la pena es que a pesar de la buena voluntad de muchos ciudadanos cuando se acude al contenedor especifico éste no está o hay que caminar algunas manzanas para encontrarlo. Al final todos los deshechos van a parar al mismo contenedor. Yo, por ejemplo, no encuentro nunca un sitio donde deshacerme de las pilas usadas, y no digamos nada del aceite que ya no sirve para las fritangas diarias que, finalmente, va a parar, como en la mayoría de los casos, al desagüe.

En los alrededores de las ciudades siempre aparecen vertederos incontrolados donde un primer día alguien deja un montoncito de escombros fruto de la chapuza casera, al día siguiente otro lanza allá el colchón con manchas de humedad y de otra índole que ya no le sirve y unos días más tarde aquello es un montón de cachivaches y electrodomésticos jubilados por el paso del tiempo que van desparramando poco a poco las substancias tóxicas que suelen contener envenenando el suelo y los acuíferos que por allá puedan haber. Hasta ahora y para evitar estos vertederos salvajes los distribuidores de electrodomésticos como un valor añadido venían ofreciendo la retirada de la vieja nevera o la obsoleta lavadora a la compra de una nueva. Ahora ya no sé si esto continuará igual ya que tal vez cuando compremos un electrodoméstico tengamos que pagar entre un 1% ó un 4% más por el servicio de recogida.

Una ley que entra en vigor hoy mismo obliga a la recogida de esos aparatos que tanto nos facilitan la vida cotidiana. Lavadoras, neveras, ordenadores, tubos de neón, maquinillas de afeitar, rasuradoras de vello femenino y un sinfín más de grandes y pequeños aparatos que tendrán que ser entregados al vendedor al comprar uno nuevo. Las estadísticas dicen que producimos entre 17 y 20 kilos de este tipo de residuos por persona y año pero nadie se ha preocupado de nuestra educación medio ambiental y ahora en plena canícula agosteña nos coge desprevenidos e ignorantes esta disposición. Fabricantes y distribuidores ya están viendo la forma de resarcirse de este nuevo gasto que se les avecina, los distribuidores piden que la industria aplique un coste unitario por el total de ventas, pero la industria dice que el sobrecoste se aplicará por aparato eléctrico. Así que ya saben, si a la vuelta de las vacaciones su televisor no retransmite los partidos de fútbol, su nevera no enfría o su lavadora no lava más limpio la substitución le va a resultar un poco más cara. Pero como dicen desde Bruselas los sabios de la Unión Europea todo sea por el bien común, por los beneficios para nuestra salud y por el ahorro de casi tres toneladas de petróleo al año, que eso si que no lo entiendo que ahorremos petróleo pagando por electrodoméstico retirado. Al final, como siempre, pagaremos los de siempre.

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