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Etiquetas:   Disyuntivas   -   Sección:   Opinión

Montañas heridas

Rafael Pérez Ortolá
Rafael Pérez Ortolá
lunes, 15 de agosto de 2005, 08:49 h (CET)
La tersura de los montes es imprescindible para la vida humana. Comporta características insustituibles para la Naturaleza en general. Sin menospreciar la belleza de esas panorámicas habituales en muchas zonas españolas, aportan otras cualidades esenciales. Cuando conservan un cierto arbolado son un verdadero pulmón oxigenador. Entre recovecos y raíces se acumulan tierras con materias orgánicas. Por ahí comenzarían las posibilidades para mejorar las reservas de agua, retenida entre esas retículas agrestes. La riqueza de la fauna no es menester reiterarla demasiado, es evidente de por sí.

No parece una actitud sensata echar por la borda ese cargamento natural, menospreciar todas esas cualidades y riqueza vital implícita en esos conjuntos bellos y naturales representados por las montañas. Sin embargo, al otear mínimamente los entornos saca uno conclusiones chocantes o contradictorias, y frecuentemente deprimentes. No se trata de una opinión personal. ¿Qué es lo que detectará cada cuál? La pregunta y la observación está al alcance de cualquiera.

Son muchos los lugares que ofrecen panorámicas desgarradoras, frecuentes en el área mediterránea, masivas diría mejor. Tampoco son exclusivas, son comportamientos extendidos a toda la península. Esos panoramas ofrecen unas montañas y sus entornos con múltiples HERIDAS SANGRANTES. Con el agravante de presentar una causa humana de las mismas, el hombre se convierte en agresor, una alimaña que ataca estos núcleos naturales.

Destaca el descuido y la desfachatez de conseguir INSÓLITAS ESCOMBRERAS. Son inútiles los servicios municipales de recogida para eliminar los trastos en desuso, muchos se esfuerzan por acarrear todos los desechos hasta zonas montañosas. Aparecen restos de colchones, electrodomésticos, cochecitos de bebé, en sitios donde pudiera parecer increíble encontrarlos; el esfuerzo de llevar hasta allí estos adminículos y chatarras no está justificado. Tampoco faltan plásticos de todos los colores, vidrios y hasta ropa. Semejante muestrario representa un primer despropósito hiriente.

Citaremos las invasiones DEPORTIVO-URBANÍSTICAS. ¿Quién puede afirmar que se práctica poco deporte en nuestro país? Baste con mirar en los alrededores el número de campos de golf activos y añadir los proyectados. Los indicadores evidencian una dedicación casi permanente de los ciudadanos a meter la bola al agujerito. Esa supuesta actividad deportiva lleva un aditamento, la construcción de miles de viviendas. Así, quizá se acerque a los ciudadanos hacia la práctica deportiva. Con esa excusa se asola todo aquello que pueda recordar la imagen inicial de los montes circundantes.

No dejemos de lado los INCENDIOS FORESTALES, por la proliferación, por la provocación, por las trágicas consecuencias y por el abandono previo.
Existen demasiadas indolencias culturales hacia estos aspectos. Están en plena actualidad y no es menester insistir demasiado.

Resulta notorio el DESDÉN hacia el ARBOLADO. Ya no se trata de las agresiones, descuidos o suciedad; no se distingue por ningún lado la sensibilidad creativa dirigida a la promoción de nuevos grupos de pinos, palmera, carrascales o alamedas. Podrían haberse adaptado en cada zona según sus características. Bien ensamblados, las construcciones o vías de comunicación no deben contraponerse a la vegetación. Pueden complementarse, pero la exigencia supone una ineludible valoración de la flora y fauna de cada comarca. En ello nos va la conservación de un medio ambiente propicio para mantener esa Naturaleza necesaria y de la cual todos formamos parte.

Seguramente son más las heridas posibles. Habrá nuevas maneras de crueldad ambiental. Y todo parece indicar esa fruición de experimentar todas las formas posibles, como una suerte de investigación a fondo de todos los factores destructivos.

Estos enfoques nocivos de las prácticas humanas exigirían un cambio de orientación radical, su urgencia es notoria. Mas la consistencia de ese cambio no consiste en decretos o labores policiales; la educación y talante cultural debe estar en cada persona, en sus comportamientos.

Es decir, estamos ante las tendencias actuantes de los ciudadanos, campañas, declaraciones, manifiestos y exigencias a la autoridad. Mientras se observa de forma paradójica conductas displicentes de cada cual cuando se trata que uno mismo ponga la suficiente atención, se ponga sus propios límites, evitando aquello de hacer lo que le da la gana sin obstáculos. Supone un cambio cultural por parte de cada individuo. Parafraseando a Kennedy, no preguntemos quién debe solucionar estos entuertos, sino qué podemos hacer en particular, cada uno, para mejorar la situación.

Confiemos en las reservas naturales, aunque los ejemplos nos inclinen más al pesimismo. Esa mal entendida libertad del individuo no quiere saber de cuidados y precauciones; y las inversiones económicas de los grandes capitales son insaciables. Se desbocan las posibilidades de actuación, ya nadie se acuerda del significado de aquelos montes iniciales, sus cualidades, su belleza... Nos convertimos en apisonadoras.

Ese vacío cultural ante el daño provocado sobre la Naturaleza tiene por lo tanto indudables repercusiones bioclimáticas, pero también lleva aparejada la condición de indolencia ante las heridas, sufrimientos y despropósitos.
No perdamos de vista que quién sea capaz de comportarse con esas deficiencias comentadas, probablemente se va creando una sensibilidad atrofiada y esta es necesaria para otras muchas cuestiones, emigrantes, ancianos, hambrunas, terrorismos, y un largo etcétera.

Hay pues una doble orientación, las distorsiones ambientales provocadas y la contribución a unas sensibilidades muy poco cuidadas.

Esto suena más a las aventuras de piratas. ¡Al abordaje! Todos a por el botín. ¿Cómo lo ven Vds.?

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