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Etiquetas:   Cesta de Dulcinea   -   Sección:   Opinión

Desfiles

Nieves Fernández
Nieves Fernández
sábado, 13 de agosto de 2005, 22:04 h (CET)
Hacía calor, una multitud pegajosa y asfixiante aumentaba más si cabe la sensación térmica, mi corta estatura hacía que me sintiera rodeada de adultos que me robaban el escaso aire que circulaba.

La tarde era divertida y diferente. Mis pocos años junto a mi timidez me hacían sorprenderme en cada esquina, aquella era mi primera visita a la capital, había que abrir los ojos como soles para no perderse ni un solo ripio de sonidos y emociones.

Presenciaba uno de mis primeros desfiles no procesionales. Había que retener los nombres de los pueblos, guardar imágenes, grabar en la retina esas carrozas blancas con señoritas guapas vestidas de blanco en lo más alto, guapas entre guapas con sonrisas blancas y amplias, desfilando con una luminosidad tan blanca como sus conciencias y las nuestras.

Sin embargo, de pronto para mí todo se mudó en negro en aquel soleado corrillo de acera festiva, al sol pero no a solas, sufrí un desfallecimiento y caí al suelo, de tal forma que los mismos adultos que antes parecían robarme el oxígeno, ahora me lo prestaban y regalaban en grandes cantidades con abanicos, sombreros y cartones.

Tras los años rememoro hoy mis primeras carrozas, aquellas que dejaron de celebrarse por no sé qué motivos, uno podría ser porque no siempre se saben respetar las tradiciones sin correr el riesgo de que se nos tache de pueblo rancio y displicente. En sucesivas ediciones del desfile, también siendo niños, aprendimos geografía rural y provincial, esa que ahora aprenden nuestros chicos a golpe de calzador escolar obligado y autonómico. Tal vez modas pueblerinas, cíclicas y de progreso.

Valdepeñas, Daimiel, Guadalmez, Pedro Muñoz, Bolaños, Almadén, Mestanza, ... de aquella forma resonaban en mi memoria los nombres de los pueblos grandes y pequeños que después, el tiempo, con mejores medios, coches y carreteras a través de los viajes, se encargó de reafirmar.

Hoy el Día de la Provincia se ha hecho viajero y azaroso, es más, se ha disfrazado en el calendario, se ha colocado una máscara invernal, cambiando la caminata en esas horas de excesivo calor que a veces nos mareaban, cuando niños por una marcha ahora nacional, las más de las veces gélida, por supuesto de una gran vistosidad, pero de tintes americanos que por otra parte ya hemos adoptado como nuestros y que en verdad son nuestros, como un hijo acogido por derecho.

Hay intereses contrapuestos entre la Ciudad Real -ciudad y la Ciudad Real-capital de provincia; así nunca nos entenderemos para celebrar una cita anual por el bien común sin perjudicar a gobernantes ni al territorio gobernado ni a los ciudadrealeños que lo pueblan.

La capital es también provincia, por encima de todo es provincia, antes lo fue que capital de una centena de pueblos liderados; es tanto o más provincia pues a todos ellos representa y bien se merece una muestra andante ¿les suena andante?, donde sus pueblos sean protagonistas prescindiendo si es necesario de concursos de originalidad y de belleza; quizá un paseo floral sin batallas ilusorias ni reales, puede que a la manera de la ofrenda de flores y frutos de la fiesta de la Pandorga, alguien más debe acordarse de los viejos desfiles de carrozas, cuando comprobamos cada año cómo surgen y se incorporan nuevas localidades deseosas de festejar las fiestas con los capitalinos y honrar a la Patrona el treinta y uno de julio.

Son estas caminatas festivas necesarias, desfiles provincianos en el mejor sentido, sin fines peyorativos que condicionen los caminos o marchas.

Son desfiles para aplaudir o ser aplaudido, para representar o vernos representados en un escaparate callejero soleado, un pasacalles anual que nos identifica sin que por ello perdamos la identidad, aquella que podemos perder en un falso intento de parecer modernos.

Se puede progresar en ideas sin perder de vista la historia, lo cotidiano, lo inmediato. Se puede desfilar por la vida sin perder el legado más próximo de nuestros antepasados, sin remordimientos, sin territorios castigados, libremente andando, con toda naturalidad desfilando.

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