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El islamismo radical es la amenaza número uno para Asia Central

Arseny Oganesian
Redacción
sábado, 13 de agosto de 2005, 22:06 h (CET)
La expulsión de la base militar norteamericana desde Uzbekistán - una medida desesperada que el mandatario uzbeco Islam Karimov jamás habría tomado sin apoyo de Rusia y China, en opinión de Occidente - ha provocado una oleada de invectivas contra Moscú y, en parte, contra Pekín en los medios de comunicación occidentales.

El hecho de que Estados Unidos ha perdido un puesto avanzado en el terreno militar llama, evidentemente, mucha atención pero sería incorrecto interpretar este suceso fuera de un contexto más amplio, que es el gran juego geopolítico por las zonas de influencia en el Asia Central.

Los tres jugadores principales son China, Rusia y Estados Unidos. Aunque cada cual tiene intereses propios, todos quieren que haya paz y prosperidad en esta región paupérrima. Dicho objetivo es inalcanzable hasta que se obtenga una victoria convincente sobre el islamismo radical, y la única manera de conseguirlo es entre todos. Asumiéndolo, los tres países mencionados tendrán un amplio margen para lograr la solución de compromiso que es necesaria para todas las partes. En eso radica el interés común de Washington, Moscú y Pekín.

Parecen forzosas las acusaciones de que el Kremlin, con su actuación intencionada en la zona centroasiática, lleva la contraria a Occidente y, en primer término, a EE.UU. Las necesitan únicamente aquellos sectores de la elite gobernante en EE.UU. que son responsables por la democratización irreflexiva y vertiginosa del Asia Central, política tonta que le ha costado a la Casa Blanca la pérdida de un aliado leal en persona de Karimov. Lo que se intenta ahora es camuflar el fracaso reprochando a Rusia y China, por boca de los medios, el haber tramado supuestamente una conspiración contra Washington. El régimen de Karimov resultó ser, de la noche a la mañana, dictatorial, antidemocrático y criminal, a pesar de que EE.UU. había preferido durante largos años guardar mutismo a este respecto porque el aeródromo militar importaba más.

No hay duda de que Moscú persigue en esta zona sus propios intereses geopolíticos pero su actual línea no es contraria a los intereses de Occidente ni a los de China. El mayor objetivo de Rusia es preservar la estabilidad en el Asia Central.

Organizados por los islamistas radicales, los disturbios en Uzbekistán amenazaban con transformar la región entera en un foco de tensión. Es por eso por lo que Moscú y Pekín manifestaron su apoyo a Karimov. De lo contrario, en Uzbekistán se habría producido, probablemente, una revolución. No una revolución democrática, de terciopelo, sino otra, de carácter radical islámico. Semejante evolución de los acontecimientos no le conviene nada a Occidente.

Tras una multitud de atentados brutales que los fanáticos islamistas han perpetrado a lo largo del mundo, nadie debería hacerse ilusiones al respecto. El fundamentalismo islámico es a día de hoy una amenaza seria para la humanidad civilizada. Por consiguiente, la política de Moscú responde a los intereses de Occidente mejor que los presurosos y poco sopesados esquemas de la democratización regional.

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Arseny Oganesian es comentarista de RIA 'Novosti'.

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