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Etiquetas:   La Cosa Pública   -   Sección:   Opinión

Vergüenzas y tricornios

Ekain Rico
Álvaro Peña
jueves, 11 de agosto de 2005, 00:09 h (CET)
Si ya el bochorno veraniego se veía suficientemente alimentado por la tan temida ola de calor venida de África, lo sucedido en Roquetas asegura la permanencia de esta sensación, aunque se ponga a nevar en nuestro país.

El cúmulo de despropósitos aunados en aquella localidad, no dejan otra opción que la de plantearnos qué ha fallado en nuestro Estado de Derecho, para llegar al escenario en el que, hoy, se escenifican las miserias de una España de castañuela y pandereta. Y es que, si bien los usos desmesurados y abusivos -por no resumirlo todo en ilegales- de las Fuerzas de Seguridad del Estado, nos hacen rememorar la etapa más gris de un régimen que llevamos treinta años intentando superar, las turbas callejeras no son menos inaceptables en el contexto democrático. Y para turba, la de ayer, que entre sus estampas nos ofreció la de un ultraderechista patético que, pistola en mano, trataba de defender lo indefendible a fuerza de balas de fogueo.

Pero, para más vergüenza de propios y ajenos, las declaraciones de los portavoces de las diferentes asociaciones que aglutinan a los miembros de la Benemérita, no tienen desperdicio. Por lo que parece, a estos señores les preocupa más las hipotéticas responsabilidades políticas derivadas de la actuación ilegítima de sus compañeros, que la reprobación de quienes, saltándose a la torera normas, códigos y leyes, han provocado el reproche y la indignación ciudadana. ¿Pero de qué responsabilidades están hablando? ¿Acaso va a ser culpable algún ministro de los daños causados por los que se creyeron legitimados para actuar como les vino en gana? El corporativismo, hasta cierto punto es entendible pero, más allá del límite de lo lógico, se vuelve claramente inaceptable.

Con autocrítica o sin ella, estas asociaciones no pueden negar lo que incluso han admitido los propios encausados. La utilización de medios desproporcionados y no reglamentarios para reducir a la víctima, no ha sido negada por ninguno de ellos, y eso es lo que importa. ¿Qué hacen ese tipo de armas en un cuartel de la Guardia Civil? ¿Por qué nadie denunció a sus superiores que en aquellas dependencias había armas no reglamentarias?

Sinceramente, yo no creo justa la criminalización de todo el cuerpo de la Guardia Civil por estos hechos, pero me preocupa que, desde dentro, se quiera mirar hacia otro lado en busca de responsabilidades que sólo quedan circunscritas a sus miembros.

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Banalización

Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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